Su primer libro de narrativa se titula ?Velador de noche/ soñador de día?. La primera edición fue bilingüe (francés español) Ediciones del Correcamino (1988). Este año fue reeditado por editorial Óscar de León.
A decir del autor, el libro tuvo como punto de partida su propio diario, pero el mismo se fue transformando con anécdotas y personajes literaturizados hasta crear una mezcla entre realidad y ficción.
A continuación reproducimos para usted las primeras páginas de este libro que, según nos dijo Luis Eduardo Rivera, corresponde a una época en la que gozaba de ?plena libertad, de cultura, era un momento en el que no habían lazos ni obligaciones sociales qué cumplir, tenía un trabajito de velador y eso me daba tiempo para dedicarme a huevonear, me pasaba el tiempo leyendo, hablando con mis amigos, cantinenado traidas…?
Así comienza el libro:
?Pobre gente de París
?7 a. m.
?Todos los días, al salir del trabajo, el mismo camino de vuelta a casa. La misma cola de gente en los andenes de la Gare de Lyon. El mismo recorrido dentro del vagón del metro, repleto de burócratas, obreros, funcionarios menores, empleados que van a su trabajo; para ellos empieza la actividad, para mí termina la mía. El descenso, el cambio de línea.
En la estación Les Halles, el mismo jorobado sentado en la misma banca, leyendo l´Humanité, el portafolio al lado y la cabeza hundida entre las páginas del periódico. La salida, el cruce de calles, el recorrido a pie hasta la casa; a lo largo de la rue Saint Denis, las tres o cuatro putas de turno instaladas en los mismos rincones, sonriendo a los transeúntes con el mismo gesto automático y comercial, el mismo rictus de fastidio, la misma expresión desvelada, los mismos ojos nublados de cansancio.
El cruce en la rue Greneta. Subir los cuatro pisos del edificio, entrar en mi cuarto, encender la calefacción, meterme en la cama, coger un libro y leer hasta que el sueño me venza. La misma rutina de mierda durante años.
?Día repetitivo, descolorido, como la mayor parte de mis días en París, es decir: un día típicamente parisino, dentro del cual la inmovilidad interna y externa (mi emotividad y la del medio ambiente) se adaptan a las mil maravillas, dando como resultado su producto habitual: el aburrimiento consuetudinario.
?Al mediodía, salir de la cama, luego de haber intentado recuperar las horas de sueño que me roba mi trabajo. Llevar a cabo una limitada toilette a la francesa (la célebre fórmula triple c: lavarme la cara, el culo y los cojones). Tomar el metro. Comer en cualquier restaurante universitario del barrio latino.
Luego de matar el hambre, realizar mi cotidiana visita de altares (librería española de la rue Monsieur le Prince, de la rue de Seine, Gibert Jeune, Joseph Gibert, librería de viejo de la rue de l´Odeon, una corta visita a Shakespeare & Company). Vuelta a casa. Tomar un té antes de regresar a mi cárcel laboral, donde pasaré otras doce horas encerrado para luego repetir la misma rutina la noche siguiente.
?Las variantes son pocas y siempre previsibles en estos días monolíticos. Por ejemplo: tomar una cerveza en algún bistrot, ir al cine, encontrarme con alguien conocido, intentar un ligue, ir a Beaubourg a leer, descubrir una nueva librería, vagar por las calles admirando algún par de piernas que me quita el resuello, contemplar ciertos rostros hermosos, como apariciones salidas de una revista de modas, envidiar la despreocupación de los clochards, escuchar el discurso de algún orate que se ha puesto a insultar a los paseantes.
?La vida típica de un extranjero marginado en París: aburrimiento y repetición. París es la ciudad de la perfecta simulación. Se diría que en la calle todo el mundo se divierte. Escuchan a los músicos callejeros, hacen sus compras en los almacenes Boul. Mich., de la Ópera, de los Campos Elíseos, las parejas se pasean tomadas de la mano por las callecitas del barrio latino, los paseantes conversan, hojean revistas y libros en los quioscos y en las librerías, observan los escaparates de las boutiques, discuten civilizadamente en los cafés, beben cerveza, beben vino, toman café al abrigo del frío invernal. Se diría una ciudad donde la alegría de vivir es el pan nuestro de cada día, alimento del espíritu. Se diría que París es la ciudad ideal para el ocioso.
?El perfecto teatro y la perfecta comedia. La ciudad de la más sofisticada y sutil simulación. Un auténtico teatro montado con un armonioso sentido de la decoración y de la minuciosidad. Pero la verdad es que en el alma de toda esta supuesta joie de vivre se esconde una profunda inmovilidad espiritual y un inconfesado aburrimiento. Sólo bastaría con seguir a cualquiera de todos estos solazados transeúntes hasta las intimidades de su habitat para darse cuenta del timo.
?La gula inefabilis”
?Estaba tranquilamente pasando en limpio mis notas, cuando el diablo se introdujo súbitamente en mi cuarto y me tentó. Una hora más tarde, me hallaba cometiendo uno de los siete pecados capitales: la gula.
El demonio en cuestión habla en guatemalteco, tiene barba, se fuma tres cajetillas diarias de Gauloises sin filtro, se bebe seis tazas de café expreso por día, ocupa el gallinero anexo al mío, es un insaciable consumidor de mariscos, se llama Raúl y es mi mejor amigo.
?He aquí la confesión detallada de mi pecado: ?Resulta que este Satanás fumador y cafetero acababa de recibir de golpe una suma considerable, producto de varios meses de salario atrasado, y como no está acostumbrado a ver tanto dinero junto (ni yo tampoco), decidió entonces que se trataba de un acontecimiento único y que había que celebrarlo en grande.?
?Velador de noche/soñador de día?
186 páginas.