Y a Alfonso Reyes, el gran intelectual y filólogo mexicano, quien a su vez tenía una gran admiración por Goethe y le ha dedicado una biografía de gran benevolencia.
En cierta ocasión Alfonso Reyes había dicho: “No leo la lengua de Homero; la descifro apenas”. Más difícil que descifrar una lengua clásica, es ver por dentro a un genio de otro país y otra lengua que la propia y además de una época que no coincide con la contemporánea del biógrafo y del biografiado. He aquí a lo que quiero referirme particularmente al recorrer el camino rumbo a Goethe de Alfonso Reyes, se va perfilando un Goethe “humano, demasiado humano”, al contemplar su trayectoria.
Reyes siente una gran simpatía por Goethe que excluye la vanidad de sentirse repetición del cantor de Margarita. Tampoco le reprocha que no haya seguido el Werther, sino el Fausto, a lo largo de su dilatado existir. Con rumbo a Goethe le sigue desde su periodo juvenil del “Sturm und Drang” hasta su concepción mucho más objetiva y generosa del mundo donde ya su poesía se encamina a la cumbre clásica.
El “Lebensdichter”, (el poeta de la experiencia inmediata) que si pecó por algo fue por querer apreciarlo todo al alcance de los sentidos. Reyes pone de relieve que no describe a un Goethe desde dentro sino “de cerca”, “pues no es frecuente conocer a un autor tan cerca como conocemos a Goethe, gracias a su propio empeño de expresarse”.
Reyes acude a los textos de Goethe y a los testimonios de las personas más cercanas al Consejero, las infaltables “Conversaciones con Goethe” de Eckermann, su secretario, y las menos conocidas “conversaciones con Goethe de Frederic Sorét, las “Charlas con Goethe” del Canciller von Müeller y los diversos epistolarios, como el famoso con Bettina von Arnim entre otros. Me ha impresionado profundamente que Reyes contrapone a la absoluta serenidad que se le adjudica a Goethe, el cuadro desgarrador del poeta anciano, solitario, abrumado por las “riñas domésticas, la ingratitud y la crueldad de su primogénito, “el imbécil Augusto”, como lo llamó el Canciller von Müeller.
Es el Goethe que a los setenta y cinco años confiesa a Eckermann: “¿Habrá habido cuatro semanas de dicha en toda mi existencia?” La intensidad melancólica de esta “vida dolorosa” la traduce traduce Alfonso Reyes a unas estrofas de Rubén Darío: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo/ y más la piedra,/ porque esta ya no siente…”.
El Goethe que en su vida más sufrió que gozó, que tras cada desilusión y penuria amorosa caía enfermo y que sin embargo venció con el espíritu la carne y el destino, que superó “lo fatal”, es el Goethe real, el que ocultan las imágenes tópicas del Consejero olímpico: es el Goethe de quien cabe decir lo que dijo de sí el Rubén en el primer poema de “Cantos de vida y esperanza”: “Se juzgó mármol y era carne viva…”. Con esta cita Reyes rectifica, pero no baja a Goethe de su pedestal.
La obra de Goethe, si en un sentido queda como suma de “fragmentos de una gran confesión” para repetir la famosa frase goethiana -en otro sentido aparece indisolublemente unida al destino histórico de su país y de toda la cultura germánica.
Bien se podría hablar también del destino fáustico de Alemania. “Fausto” es la creación de Goethe que más trasciende su marco personal e histórico, como “El Quijote” de Cervantes, que se ha movido con vitalidad propia a través de los países y de los siglos. Johann Wolfgang Goethe nació el 28 de agosto de 1749, “al sonar las doce de la mañana en Frankfurt-am-Main”. No se puede decir que naciera en Alemania.
Luego Goethe escribió: “Cuando yo tenía dieciocho años, Alemania también tenía dieciocho años”, antes había sido un mosaico de unos trescientos pequeños principados, más o menos unidos por el vago vínculo del “Sacro Imperio”, cuyo Emperador, electivo, se coronaba en la ciudad natal de Goethe, una de la ciudades imperiales.
La vida de Goethe se desarrolla sobre un fondo político muy movido. Ve pasar la guerra de los Siete Años, la Revolución Francesa, Napoleón, la Santa Alianza y al morir, en 1832, tiene un armario de su estudio un modelo del primer ferrocarril del mundo, entre las ciudades inglesas de Stockton y Darlington.