Salud y Familia
Cómo el ejercicio cambia la sangre y puede ayudar al cerebro a conservar la memoria y retrasar el deterioro asociado con el alzhéimer
Una investigación líderada por un neurocientífico de origen guatemalteco, busca entender cómo el ejercicio modifica la sangre y el cerebro para preservar la memoria y retrasar algunos efectos del envejecimiento cerebral y hasta el alzhéimer.
El envejecimiento cerebral podría ser más flexible de lo que se pensaba y la ciencia busca entender cómo modificar ese proceso. (Foto Prensa Libre: Freepik)
Para este momento, en donde las redes sociales nos han bombardeado con tanta información, puede parecer un cliché decir que el ejercicio es una de las claves para evitar enfermedades y cuidar la salud en general.
Sin embargo, la evidencia científica sigue apostando por esa realidad. Para una sociedad como la guatemalteca, ir a un gimnasio, asistir a una clase de ejercicio, nadar o incluso salir a correr es complicado: la jornada laboral, el tráfico y, para muchos, dos o tres trabajos, dejan poco espacio para la actividad física.
Justamente ahí es donde entra la investigación de Saúl Villeda, neurocientífico de la Universidad de California en San Francisco (UCSF), hijo de migrantes guatemaltecos que hoy dirige un laboratorio en Estados Unidos en el que se especializa el estudio del envejecimiento cerebral.
Sus padres llegaron a al país norteamericano a finales de los años setenta. Ambos entraron al país sin documentos y Villeda, el primero de la familia nacido en Estados Unidos, creció en Los Ángeles, moviéndose entre dos mundos: el español de la comunidad migrante en casa y el inglés de la escuela, donde terminó haciendo de traductor de sus propios padres desde niño.
Esa experiencia de crecer entre dos identidades fue, según cuenta, lo que después lo llevó a interesarse por el cerebro: cómo se construye el sentido de quién es uno mismo, y por qué ese sentido se pierde en enfermedades como el alzhéimer.
Villeda estudió con la idea de convertirse en médico, pero un tiempo como voluntario en hospitales lo hizo cambiar de rumbo al notar cuántas enfermedades —cáncer, demencia— seguían sin cura.
Su trabajo ha demostrado que el envejecimiento cerebral no es un proceso completamente irreversible. ¿Qué significa realmente hablar de "rejuvenecer" el cerebro y cuáles son los límites científicos de esa afirmación?
Cuando empecé estos estudios, pensaba en el envejecimiento como algo rígido: a uno le salen canas, se le cae el pelo, se pone más gordito, y parece un proceso fijo. Pero me puse a pensar en el desarrollo: de bebé a niño, a adolescente, esos cambios tan drásticos también están controlados, por los genes, por las hormonas. Entonces, me pregunté por qué no habría también un control genético y molecular al final de la vida. Hay evidencia de mutaciones que hacen que la gente viva más de cien años, o de animales que viven más o menos según ciertas mutaciones. Eso me hizo entender que el envejecimiento tiene algo de plástico, no es completamente rígido.
Para mí, "rejuvenecer" tiene que ver con la memoria y el aprendizaje que se pierden con la edad. Los ancianos muchas veces recuerdan bien su juventud, pero no lo más reciente; ahí empiezan los problemas cognitivos. Pero esas células no se mueren, simplemente dejan de comunicarse como antes. Lo que buscamos no es traer de vuelta una célula muerta, sino restaurar esa comunicación entre las que ya están ahí.
Lo que más me sorprendió es que no hace falta entrar al cerebro para impactarlo: hay cambios que ocurren en la sangre que tienen un efecto cognitivo enorme. Eso viene de experimentos muy viejos, de finales de 1800, cuando un científico cosió juntas a una rata vieja y una joven para que compartieran circulación sanguínea. La rata joven se puso "vieja" y la vieja se puso "joven". Hicimos lo mismo en ratones, mirando el cerebro, y pasó igual: un animal viejo que ya no recordaba cómo salir de una piscina, de repente lo recordó, solo por recibir sangre joven.
Ahora, la sangre en sí no puede ser un tratamiento. Por eso me he dedicado a identificar qué es, específicamente, lo que está en la sangre que causa ese beneficio, para convertirlo en terapia.

En los últimos años han surgido clínicas y empresas que ofrecen terapias con plasma o sangre joven, prometiendo retrasar el envejecimiento. ¿Qué dice realmente la evidencia científica y qué debería saber el público antes de creer en esas ofertas?
Lo primero que digo es que, en humanos, ahorita no hay evidencia de que inyectarse sangre de alguien joven, o de alguien que hace ejercicio, tenga ese beneficio. Ya están haciendo pruebas clínicas con tratamientos de sangre, en Estados Unidos, en España y creo que también en Noruega. Pero hay un problema práctico: no hay suficientes humanos en el mundo que puedan donar la sangre necesaria para tratar a todos los ancianos que la necesitarían. Y hay riesgos.
Lo mejor que se puede hacer es identificar qué hay en esa plasma para poder producirlo directamente y dárselo a los pacientes; por eso nos enfocamos ahí. Y no es solo la sangre de gente joven: también hemos visto que la sangre de quienes hacen ejercicio tiene el mismo efecto. Cualquiera que hace ejercicio sabe que hay un beneficio, se siente.
En el laboratorio nos hemos enfocado en las sustancias que aparecen en la sangre después del ejercicio. En animales, si le damos a un ratón sedentario la sangre de otro que sí hizo ejercicio, su cerebro responde como si él mismo lo hubiera hecho. Eso quiere decir que no hace falta la mecánica del ejercicio en sí, sino administrar esas proteínas que el cuerpo produce después de hacerlo; eso sería una especie de "mimético del ejercicio".
Ya hemos hecho pruebas también en humanos: tomamos sangre de personas mayores de setenta años, sabiendo cuánta actividad física han hecho, y vimos que suben las mismas enzimas —muchas de origen hepático— después de hacer ejercicio. Y en resonancias del cerebro, la gente con más de esas enzimas mostraba un perfil cerebral que parecía más joven. Ya con esa evidencia en humanos, ahora estamos produciendo esas proteínas de forma individual, con financiamiento del Gobierno, para poder probarlas en pruebas clínicas sin necesidad de tomar sangre de nadie.
¿Cómo se conecta, entonces, el ejercicio con esos cambios en la sangre y en el cerebro?
Cuando uno hace ejercicio aeróbico, correr, por ejemplo, el hígado —y también los músculos, aunque nos hemos enfocado en el hígado— empieza a producir unas enzimas que entran a la sangre y llegan hasta las venas que rodean el cerebro. Ahí es donde cambian qué cosas entran o no al cerebro.
Cuando uno envejece, o tiene alzhéimer, esa regulación se abre y entra inflamación al cerebro que normalmente no entraría. El ejercicio, a través de esas proteínas, vuelve a cerrar esa puerta, y las venas se comportan como si fueran jóvenes otra vez. Eso permite que las neuronas se vuelvan a comunicar bien, y de ahí viene el mejor aprendizaje y la mejor memoria. Es como un dominó: ejercicio, hígado, enzimas, sangre, venas, cerebro.
Guatemala enfrenta un aumento sostenido de enfermedades como diabetes, hipertensión y obesidad, condiciones que también afectan la salud cerebral. ¿Hasta qué punto estos factores pueden acelerar el deterioro cognitivo y qué evidencia existe al respecto?
La obesidad es un ejemplo claro: genera mucha inflamación, y esa inflamación no se queda en un solo lugar, es sistémica, entra a la sangre y llega al cerebro, donde causa los mismos problemas cognitivos. Lo mismo pasa con la malnutrición y la diabetes: quien las padece no solo tiene problemas físicos, sino también mentales, porque son básicamente los mismos cambios que vemos naturalmente con el envejecimiento, solo que ocurren más rápido.
Cuando alguien con obesidad empieza a bajar de peso, o usa alguno de los medicamentos que ahora se usan mucho, la inflamación baja y vuelven a producirse las mismas proteínas que aparecen con el ejercicio o en la juventud; ahí se ve el beneficio.
Algo importante para Guatemala: es una población predominantemente joven, mientras que países como Japón o Estados Unidos están envejeciendo más. Lo que le pasa a alguien en su juventud tiene un impacto enorme más adelante. Si una persona tuvo obesidad o prediabetes de joven, los problemas cerebrales que normalmente aparecerían a los 70 años pueden aparecer a los 55 o 60; se adelanta el proceso, aunque las mismas terapias que buscamos deberían funcionar igual, solo que 15 años antes de lo esperado. Por eso es clave cuidar esto desde joven; cuando uno es joven todavía puede cambiar su trayectoria. Cuando ya está viejo, mecánicamente ya no puede. Por eso yo exhorto a los jóvenes a que hagan algo —de ejercicio—, aunque sea mínimo, mientras son jóvenes.

¿Cómo se podría lograr ese balance, en una sociedad que cada vez trabaja más desde casa, pide más a domicilio y se vuelve más sedentaria?
No hace falta que tome tanto tiempo. Caminar 20 minutos, y ni siquiera de una sola vez: pueden ser 10 minutos tres veces al día, usar las gradas en vez del elevador, bajarse del bus una parada antes.
Con lo social pasa igual; no se trata de tener gente alrededor todo el día, eso generaría otro tipo de estrés, sino de tener una rutina, así sea comer con alguien tres veces por semana o ver a la familia con cierta regularidad. No hace falta cambiar la vida radicalmente, sino modificar ciertas acciones hasta que se vuelvan costumbre.
¿Cuál sería el ideal que recomendaría a alguien de 20 años, cuando empieza a trabajar y a alimentarse por sí mismo, para cuidar su salud cerebral y protegerse de enfermedades como el alzhéimer?
Son cosas básicas. Primero, el peso. Hay que vigilarlo, sobre todo cuando empieza el estrés del trabajo y uno tiende a comer más. No digo que no se pueda comer tortillas, tamales o chuchitos, sino que no se puede vivir solo de comida rápida por falta de tiempo. Segundo, la actividad física. Si vive en un tercer piso, subir las gradas; esos pocos minutos al día ayudan. Tercero, la vida social. Mantener planes sociales cada semana, sobre todo porque de joven uno tiende a dejarlos de lado por el trabajo. Con esas tres cosas —qué come, cuánto se mueve y cuánto convive— se hace lo mejor que se puede hacer.
¿Es posible que, a mediano plazo, haya un avance significativo para contrarrestar el alzhéimer? ¿Existe algún tratamiento en desarrollo?
Ese es el sueño. Aunque no se cure completamente el alzhéimer, si logramos una terapia que agregue 10 años de memoria, 10 años de vida útil, sería un avance enorme. Si a alguien le va a dar alzhéimer a los 65 y viviría hasta los 80, son 15 años difíciles para esa persona y su familia. Si logramos que los efectos no empiecen hasta los 75, esos 15 años se reducen a cinco. Creemos que agregar ese tiempo de salud es una meta más alcanzable que curar la enfermedad por completo, y es donde nos estamos enfocando.
Estamos probando las mismas proteínas ligadas al ejercicio en modelos animales de alzhéimer y también en neuronas creadas a partir de células de piel de personas mayores, para ver si el efecto se repite en tejido humano. La idea final es que alguien pueda ir al médico, que le tomen una muestra de sangre, vean que hay inflamación o que la memoria no está funcionando bien, y reciba una prescripción que tome en casa y que tenga ese efecto.
Lo otro que me importa es el acceso. Muchas veces los medicamentos que se desarrollan primero son los que más dinero generan, pero para mí, que crecí como crecí, el acceso es enormemente importante. El primer reto es desarrollar la terapia; el segundo es asegurarse de que llegue a todos, no solo a quienes tienen los recursos para pagarla.

Sobre Saúl Villeda
Neurocientífico de origen guatemalteco especializado en el estudio del envejecimiento cerebral. Actualmente desarrolla su carrera académica y de investigación en la Universidad de California, San Francisco (UCSF).
- Es doctor en Neurociencia por la Universidad de Stanford y licenciado en Ciencias Fisiológicas por la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA).
- Director del Bakar Aging Research Institute, centro dedicado a la investigación sobre el envejecimiento.
- Lidera un equipo de investigación enfocado en comprender los mecanismos biológicos del envejecimiento y el deterioro cognitivo.


