Era hija de Manuel de Portugal y de María de Castilla, hija de los Reyes Católicos. Se casó en 1526 con su primo Carlos V, quien tenía un temperamento vital, sensual, apasionado por la guerra, por el amor, por la buena mesa.
El Imperio que había reunido bajo su cetro eran los reinos de España, Flandes, Borgoña, Nápoles, el Milanesado, Cerdeña, el Nuevo Continente y parte de Africa. ¿Qué quedó de todo esto, y de la Reina que gobernó con admirable tino y perfecto aplomo, a pesar de su juventud, el Reino de España en ausencia del Emperador?.
Sólo queda su extraordinaria belleza en su retrato pintado por Tiziano y la dramática historia del secreto amor del marqués de Lombay, duque de Gandía, convertido a la santidad por la emoción recibida al abrir el imperial ataúd a su llegada a Granada, para su identificación, y ver a la muerta hirviendo en gusanos.
De ahí quedaron las patéticas palabras del duque de Rivas: ?No más abrasarse el alma – con sol que apagarse puede. No más servir a señores que en gusanos se convierten?. Aquel hecho le hizo renunciar a todas las glorias y a todos los goces de la vida. Ingresó a la Compañía de Jesús, donde se le venera bajo el nombre de San Francisco de Borja.
He admirado el fastuoso retrato de Isabel de Portugal en el Museo del Prado cada vez que iba a Madrid. Aunque auténtico de Tiziano Vecellio, no fue pintado directamente ante la hermosa Reina. Carlos V le envió a Venecia varias pinturas de su esposa -a quien no olvidaba en medio de sus devaneos- ocho años después de su viudez y a la que recordaba en medio de sus padecimientos en la soledad del claustro del Monasterio de Yuste, el padre de Felipe II.
Hay historiadores que sostienen que en realidad no hubo tal soledad del claustro, que recibía allí a quienes se le antojaba, a pesar de su justificado cansancio. ¿Qué recuerdos no asaltarían la mente del hombre que hizo prisionero hasta al Pontífice, aliado de Francisco I, el enemigo acérrimo del Emperador?
Este hermoso retrato de Isabel y el busto de Séneca en el museo de Berlín se habían grabado para siempre en mi memoria. El Séneca gordo de Berlín, es el busto de un hombre adiposo, popular. Robusto para la vida y para el pensamiento, podía ser un capataz de Carmona, o un ganadero de Entreríos, o un cafetero de Manizales.
Podía estar meditando una revolución o un golpe de Estado. El fue quien dijo a Nerón en su último coloquio, que no había más que dos partidos en Roma, ?el partido de la virtud? y ?el partido de los peores?. Nerón fingió aceptarlo y le dio muchos besos. Séneca salió secándose sus mejillas campesinas de la baba del tirano y comprendió que había firmado su sentencia de muerte.
El estoicismo en Séneca, bien distinto del de Epicentro y otros, dista mucho de ser una forma de convencional inhumanidad. El senequismo es un humanismo controlado. Como Job, es el doctor de la paciencia; pero es un paciente que empieza por quejarse, gritar y maldecir el día en que nació.
Séneca, en su destierro de Córcega dijo, poniendo el dedo en la llaga: ?No es la violencia de la tempestad tu peligro, sino la propia náusea de tu mareo?. La ?náusea? fue la palabra que pronunció posteriormente Sartre, el existencialista francés, en su novela.
Séneca el casi-cristiano, como Tertuliano le llamó; es el filósofo del sosiego y dominio de las pasiones, pero al maldecir su suerte nos describe un Córcega repulsiva y apestosa, donde las abejas fabrican la miel amarga de tomillo corso. Nunca se declara un superhombre dominador de sus pasiones; declara mil veces que su filosofía es superior a su pensamiento, que filosofa de un modo y cena de otro.
Que canta la pobreza y mantiene latifundios. Que predica el régimen vegetariano y tiene gallineros. Séneca en el museo de Berlín e Isabel en el Prado de Madrid, dos personalidades diferentes que encontré en mis viajes y que me acompañan en mis memorias y mis pensamientos. Y como Salomón lo es de la sabiduría teórica, Séneca lo es de la sabiduría práctica. Por algo Santa Teresa llamaba a San Juan de la Cruz, por su corta talla y larga ciencia, ?su Senequita?.