Doña Juanita se levantaba a las cinco, oía misa devotamente, porque era cumplidora y católica de las de antes, conservando en buen uso muchas de las buenas costumbres. Después de misa, se dirigía a una céntrica calle, donde estaba encargada en aquel ?Centro Histórico? de la limpieza de los apartamentos de tres respetables caballeros y de una dama. Se ocupaba también de sus ropas, las lavaba, cosía y planchaba.
Con el dinero que su quehacer le daban doña Juanita tenía bastante para sus necesidades y mantenía incluso a ?Rosito? un viejo gato perezoso, que se pasaba la vida acurrucado en un cartón de su dormitorio y a veces sobre el balcón a la calle. En su cuartito todo era limpio y hasta confortable. Media pared la ocupaba ?La última cena?, un cuadro que le costó una buena cantidad de sus ahorros.
Una vez, uno de sus clientes, dio orden a doña Juanita de tirar a la basura algunas de sus plantas. Así empezó la cosa. Doña Juanita se llevó las macetas y las dejó bien pertrechadas en su balconcito donde ellas se multiplicaron con el tiempo bajo un buen sol y sobre todo gracias a su cuidado pues se preocupaba de removerles la tierra y de plantar nuevos hierbajos. Al año el balcón era una hermosura.
Algunas ramas subían hasta enredar sus tallos en la baranda; otros se descolgaban en forma de cascada umbría y temblorosa. Varias se atrevieron a florecer. Primero era unos botoncitos tímidos, luego se abrieron como estrellas. El rosal también apuntó unos capullos y los geranios se cuajaron de flores rosadas. La vida de doña Juanita se completó con esta invasión de la naturaleza.
?Da gloria ver su balcón?, le decía el sastre de enfrente. De balcón a balcón la saludaban otras gentes diciéndole una viejecita ?que hermoso ver su balcón, doña Juanita?. ?Da ahí al paraíso?, decía el lechero, y hasta el portero se enamoró del vergel y empezó a mirar, con muy buenos ojos los cincuenta años limpios y bien conservados de doña Juanita, pero ella solo tenía ojos para sus flores y su gato y regaba su ?jardín?. ?Hasta aquí llega el olor de sus jazmines?, le aseguraba su vecino de balcón cuando tuvieron una hermosa primavera todo el año.
Una noche se le fue la mano a doña Juanita en el riego de sus plantas en el preciso momento en que a un señor, quisquilloso, que ni siquiera era del barrio, se le ocurrió pasar por debajo de su balcón. Le regó Juanita y hubo gritos de protesta y amenazas de llamar a la autoridad. Acudió un policía. Salieron de sus casas los vecinos, que le decían al señor agente, que doña Juanita era un ejemplo que todos los vecinos deberíamos copiar y la Municipalidad, que da premios o medallas por cosas de poca substancia, la tendrían que premiar a Juanita que, por propia iniciativa, sin ayuda ni subvención, ha conseguido crear en el barrio la única zona verde…