Juan Carlos es un poeta telúrico, habla de dos costados de su alma: el espiritual y el carnal. Narra en muy pocas palabras sus sentimientos de abismo y de vértigo, su amor por las mujeres, cita nombres ¿reales o de fantasía?
Pinta todo un mundo de fertilidad destructiva, es incapaz de ser sólo celebración. No hay ?fiesta? en sus rimas ni paisajes de climas ardientes. No reclama en su poesía realismo ni orden ni lógica. Reelabora recuerdos de algo que una vez han sido hechos. La intensa realidad de su mundo autobiográfico traiciona la realidad, dialoga consigo mismo. Juan Carlos aplica a cada estrofa de su poesía su vigoroso tono vital. Entre lo que se dice y quién lo dice, el lenguaje se revela como esa única morada del poeta donde el mundo y el hombre son una misma cosa, donde se fusionan el universo y la conciencia.
En la poesía el tema es menos importante que el ritmo. Juan Carlos tiene su propio abismo de palabras, sus finales sorprendentes de un hombre irónico o tal vez sólo fatigado de sus selvas y las salas de espera del tiempo. Fatiga que trata de atenuar con un poco de escepticismo. La presencia esencial la tiene el amor, en el que aparentemente no cree.
Su poesía escandaliza a los hombres recatados por la fogosidad insaciable de este hombre en la intensa exploración de su desesperanza, de sus amores idos, borrados del mapa, pero anclados en la memoria. Deslealtades, carne, sexo, deseo, violencia, vida. No es una poesía con pomposidad de bombín y corbata en este colorido mundo de loras, ni poesía de euforia ni de folclor. Es la desolada historia de pasiones carnales, que también tienen lazos con la poesía. El poeta escribe para nada y para nadie. Anda a sus anchas por sus rimas, condena, blasfema, insulta, cuenta el esplendor y la caída de los hombres o de un sólo hombre atípico -gótico y tropical- infectado por la poesía, como tantos otros cómplices.
Sus versos son los fragmentos desperdigados de sus vivencias entre dos mares, el Pacífico y el Atlántico. Pero la errancia de sus recuerdos es un tapiz abigarrado de sentimientos y no de paisajes disímiles de tierras altas y tierras bajas. Tierra caliente de cópulas frenéticas, con aldeas ?donde el musgo cobija las paredes?, como dijo otro poeta. Juan Carlos no nos habla del ?óxido de olvidadas criaturas? que habitan las provincias ni de ríos que arrastran consigo montañas. No le interesan en su obra ?Yo Fauno? las selvas lluviosas del trópico ni los misterios de los mayas ni Antigua con su matiz de ruina ni las extensiones inmensas y solitarias de América. La naturaleza no es telón de fondo en su poesía, sino su propio bramar y a ratos una ebriedad insana ante una realidad compleja. Una poesía dolorosa y estimulante sin ríos torrentosos y volcanes, pero sí el mundo sofocante de los trópicos, transformado en sentimiento destructor con su impronta de angustia e ironía.