Poetas, por favor, cread un mundo en donde no caben las penas, donde no existe la cita con la muerte. Muchos hombres desaparecen en la cantina donde la pena se volatiliza en beneficio del alcohol. Otros persisten en su condición, cavilando sobre el destino pero sin ganas de trabajar para mejorar su situación. El escritor capta esta botánica del asfalto. El escritor observa el laberinto de la ciudad con sus parados, y sus familias desamparadas.
Huyendo de sus acreedores, el poeta Baudelaire cruzó fronteras, se escondía en los cafés o en reuniones de literatos de París. Se dio el caso de que habitaba a la vez dos domicilios, pero en los días en que la renta o sea el alquiler estaba pendiente pernoctaba con frecuencia en un tercero, con amigos.
Hay diferentes maneras de huir, todos huimos de lo que sea. Un amigo me confesó que le faltaba ?esa pasión o costumbre que puede retenernos contemplando lo que nos fatiga? y se divorció.
Hay mucha gente que viaja para distanciarse de algo o de alguien que fastidia. Viajar es una forma de curar el aburrimiento, de escapar de la rutina, buscar la provocación de lo nuevo, de lo excepcional, es lo que hace que mucha gente no quiera permanecer en un solo lugar, en una inmovilidad viviente. Viajando se sacuden los restos del pasado, no dejan acumularse las ruinas…
Lo mismo se logra mediante la lectura. ¿Qué libro se llevaría usted a una isla desierta?, me preguntó alguien. Le contesté que no me llevaría ningún libro, yo escribiría un libro, un corpulento tomo, sobre mis andanzas en las playas.
Publicar un libro es tedioso. García Márquez, con su novela ?Cien años de soledad?, tenía diez años de enviarla de un editor a otro. Uno de ellos le recomendó sinceramente ?dedicarse a otra cosa y no seguir escribiendo?.
Lo mismo le pasó a Gironella con su famosa trilogía ?Los cipreses creen en Dios?. Nadie creía en su libro, del que mientras tanto se han vendido muchos millones de ejemplares. Nadie quería editar esta obra y fue hasta que un amigo le habló de un editor llamado Lara, quien a veces, ?si estaba de buen humor?, publicaba obras de autores desconocidos. Gironella viajó a Barcelona. Allí, otro amigo le señaló a una dama diciendo: ?¿Por qué no hablas mejor con ella? Es tu vecina del Amprudán y además la esposa del editor Lara?.
Gironella así lo hizo, le habló en catalán y se publicó su obra de 800 folios y realmente buena. El destino cambia de un momento a otro.