Este mister, John Reynolds, era un inglés legítimo. Llevaba entonces, en 1942, ya cuarenta años en ?Santa Rosita? y estaba feliz de poder hablar con alguien en inglés después de una larga serie de años y gracias a mí pudo destapar una botella de buen whisky, dijo el amigo. Nuestra conversación giraba en torno a la existencia de hule en aquella zona, pero pronto tal vez gracias al ?Scotch? mister Reynolds me contó la historia de su vida diciendo: ?Hace muchos años, pueden ser cuarenta o sesenta, ya no me importan cuántos sean, vivía yo con mis padres en Londres.
?Ellos eran de la nobleza británica y me educaron para una vida de muchos compromisos sociales, pero yo he tenido espíritu libre y aventurero, soñaba con grandes travesías por el mundo y aquí en la selva encontré un gran amor, del que no quería separarme. Esta mujer por no ser de mi clase, no sería del agrado de mi familia. Isabel, que así se llamaba ella, me hizo muy feliz. Era india, la he hecho madre por más de diez veces, y el cariño por mis hijos e hijas me ha hecho entregarme plenamente a ellos y a ella. Aquí he vivido y aquí moriré y nada ni nadie me sacará de estos lugares pues he regado con mi sangre y mi sudor esta selva para mi tan querida. El inglés se sirvió más whisky y seguía contando su historia: hace cosa de doce años en una tarde como la de hoy, vino un hombre de Inglaterra para comunicarme la muerte de mis padres, lo cual hizo renacer en mi el amor filial casi olvidado, y trajo una serie de recuerdos.
?Ese hombre, un abogado, venía a participarme que era heredero de varios millones de libras esterlinas y muchos bienes. Él me había traído el testamento en que yo era heredero de aquella fortuna a condiciones del algo decepcionante, debería separarme de mi antigua vida familiar en esta selva… El dinero para mí ya no representa lo que significa para la mayoría de la humanidad. No quería cometer la felonía de abandonarlos por el dinero, y como hablamos en inglés ni mi mujer ni mis hijos se enteraron de nuestra conversación con aquel abogado británico, quien partió llamándome ?idiota? por no aceptar la herencia. Pero yo aquí vivo feliz, sin calendario y no soy esclavo del reloj, sin importame ni el día ni la hora, así como no me importará el día de mi muerte ni la hora en que llegue, pues moriré en medio de todo para mí tan querido?. Se acabaron de beber la botella y el inglés hizo traer un licor hecho del fermento de palmeras.
?Y también me mostró aquel testamento guardado en un viejo cofre que olía a humedad. Luego Reynolds cayó en una especie de sopor y agotamiento, evidentemente en estos momentos vivía mentalmente en Londres. Tal vez pensaba que allí sus hijas procreadas por una india maya sería las ?ladys Reynolds?, y en lugar del rústico piso de su rancho caminarían sobre el mármol de su gran mansión. Al día siguiente me despedí del hombre tragado por la selva y que no había querido abandonar a la mujer con la que estaba conviviendo, y que tenía todo su aprecio por haber compartido sus penas y alegrías, que ha sido una madre abnegada de sus hijos, y le había cuidado a él durante sus enfermedades, y de la que no ha logrado separarle un testamento legítimo, guardado en un rústico cofre en medio de la selva?.