Vida

Vida Breve: Primeros recuerdos

A lo largo de mi larga vida he vivido en diferentes paisajes, paises y casas.

Mis primeros recuerdos me llevan a una estación de trenes de una capital europea. Un tren de muchos vagones verdes, junto a un andén.

Yo caminaba corriendo sostenida de los brazos de mis padres, que me animaban diciendo: ?apúrate el tren está para salir?. Subimos a él y entre sus estrechos corredores hubo mucha gente y muchas maletas. Me sentaron junto a una ventanilla y vi que mi padre volvió a bajar del tren para estar despidiéndose de un grupito de amigos. Sentí un miedo atroz que no le volvería a ver, que el tren se iba a marchar, desgarrando nuestra familia y me puse a llorar. Mi madre trataba de tranquilizarme pero esta era mi primera angustia de la que conservo un recuerdo muy claro y desde entonces odio a todos los trenes que llevan a la gente lejos de sus familiares, atravesando sin parar otros andénes solitarios en dirección contraria de sus casas.

Mis próximos recuerdos son los de una niña más pequeña que yo, que me ha sido presentada en nuestro destino, Viena, como primita mía. Hasta entonces, yo había sido la más pequeña y más bonita de la familia. Ahora ella resultó más joven y más guapa, según mis padres que la besaban y admiraban, y encima alguien dijo que ella se parecía más a mi madre que yo. De la indignación me escondí tras un calentador de agua caliente del baño y salí de ahí a la fuerza, cuando aquella niña ya se había marchado.

En nuestra vecindad hubo otra nenita a la que llegué a odiar simplemente porque mi madre me la ponderaba como un ejemplo de niña trabajadora y abnegada. Su madre era muy pobre y la dejaba sola todo el día. Y cuando yo me negaba a comer, mamá decía que le iba a regalar mi comida, puesto que era muy flaca y pálida. También le regalaba los juguetes que ya no cabían en mi cuarto y asi me convirtió en su enemiga, que se negaba a jugar con ella. Me negaba no solo de jugar con ella sino verla como un ejemplo de virtudes puesto que ella lavaba su propia ropa, según contó mi niñera a mi madre.

No recuerdo haber jugado nunca con muñecas. Tenía un caballo de madera sobre el cual me columpiaba, como sobre los caballos de un carrusel. Tenía sobre todo muchos libros de cuentos infantiles con hermosos dibujos de hadas, brujas y animales. Me sabía de memoria algunas estrofas de canciones que cantaban los papagayos y cocodrilos y he leído una y otra vez la historia del gato atado al viejo árbol, que escribió el más grande poeta de Rusia, Pushkin, para los niños.

¿Cuándo deje de ser niña? creo que nunca. En una de nuestras mudanzas los libros infantiles quedaron atrás. Cumplí diez años en una casita de verano, que compró mi padre sobre la isla Ruegen del Mar Báltico. Esta casa -que ya no nos pertenece-, estaba situada entre un trigal con amapolas y el mar.

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