Vida

Vida breve: Un verano en La Magdalena

Por estar muchas horas bajo el sol casi todos los estudiantes parecían cangrejos cocidos

Me gusta de vez en cuando mirar algunos grupos inmovilizados en una foto.

En esta fotografía de un verano en La Magdalena todos estamos jóvenes, parados en la escalinata del Palacio de Santander, cedido por los Reyes de España a la universidad. Todos en esta foto consabida estamos vestidos de verano, las chicas sin mangas y los chicos en camisa, menos Manuel Fraga, que como dirigía el curso se veía obligado a llevar chaqueta y corbata. Cuando miro este grupo, reconstruyo con nostalgia aquellos días, con voces y risas de sobremesa en el salón de música, donde un hombrecito pálido tocaba en el piano ?Claro de luna? de Debussy, o entonaba viejos romances con su voz pastosa, Luis Rosales, que entonces todavía no era el mejor poeta de España, ni Manuel Fraga ministro y luego el presidente casi vitalicio de Galicia.

Luis Rosales y Leopoldo Panero, dos poetas grandes, ya se han muerto, tal vez de tanto sentir y rimar lo poético. Todos vivíamos en La Magdalena ese verano fantástico.

Por las noches, junto al acantilado del mar, los poetas recitaban versos o nos íbamos a cenar en el viejo Santander. Comíamos sardinas asadas o los chiles rellenos del Riojano. Las noches en los salones grandes de La Magdalena eran de desbordada alegría, contábamos cosas simpáticas, tomábamos vino y cantábamos o bailoteábamos ?pasodobles? con el cuerpo de profesores.

Algunos chicos estaban en su fase instintiva, y otros en su fase mística, e iban predicándonos con el pecho hinchado de fe, para salvarnos el alma. El resto cantaba o bailaba sobre la terraza hasta muy altas horas de la noche. A veces nos interrumpía el portero gritando que no dejábamos dormir a nadie.

?¿Quién es nadie – le preguntaban los estudiantes- si nadie está en los dormitorios y todos estamos aquí?? y seguía la juerga. Hubo ese verano muchas chicas francesas que estudiaban el idioma español y vivían en las Llamas o en las Caballerizas del Palacio junto a la playa Bikini-Beach. Las noches de las francesas era otras, y según las malas lenguas, ?comparado con aquello, una orgía romana era una casta bacanal?. Hubo de todo, bueno y malo. Los chicos de mi foto de dispensaron con los años. Hoy, al cabo de varios decenios, algunos son académicos, otros han escrito libros y han estrenado obras de teatro. Todos han envejecido, algunos de manera inverosímil, como si por cada año hubiese vivido diez, pero todos, no cabe duda, se acuerdan con amor de aquel verano de La Magdalena.

Estaban allí también entre la ?Juventud creadora?, José Nieto y Manolo Sánchez Camargo, un famoso crítico de arte, al que lo único que le importaba era Madrid. El se sentía feliz allí, en la taberna del ex-toreo Antonio Sánchez y en todas las tascas de la Plaza Mayor y de la Cava Baja, como el Mesón del Segoviano. Andar por el Madrid antiguo era para Manolo mejor que caminar por los Campos Eliseos, todos los canales de Venecia o por la Quinta Avenida de Nueva York. Después, cuando salió al extranjero por primera vez como diplomático, regresó muy pronto a España, para ?purificarse? en las tascas, oir cante jondo, ver bailar alas flamencas y asistir a bodas de gitanos. De vez en cuando le seguía viendo durante mis viajes.

Hasta nos queríamos un poco. Manolo se suicidó. Madrid le consumió y al final acabó con su vida. Y sin él la ciudad ya no es la misma de alguna manera.

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