Revista D

Claves para "descubrir" a un chapín en el extranjero

El guatemalteco es un conjunto de buenas cualidades y defectos, los cuales se notan fuera del país.

Por Roberto Villalobos Viato

El verdadero guatemalteco ama a su patria ardientemente. "Para él, Guatemala es mejor que París", escribió José Milla y Vidaurre en el libro Cuadros de costumbres

Justo así somos hasta nuestros días: adoramos esta tierra pese a las adversidades.

Por eso, cuando tenemos la oportunidad de ir al extranjero, nos sale a relucir ese fervor patrio. Con todos hablamos sobre las maravillas de nuestra tierra. “Que Guatemala esto, que Guatemala lo otro”.

Claro, al viajar a un país desarrollado por primera vez, suele haber un choque cultural bastante grande.

Y si por casualidad nos encontramos con otro chapín, digamos, en el Viejo Continente, somos capaces de abrazarlo y tomarlo como hermano.

Así que, si usted se va al extranjero, cerca o lejos, tendrá a la mano un amplio catálogo para identificar a un compatriota. Estas situaciones son algunas de ellas.

En otras tierras

Todo empieza en el aeropuerto. Al connacional lo reconocemos no tanto porque sea morenito y bajo de estatura, sino porque a su despedida acude hasta una decena de familiares. Es comprensible, porque muchos viajan a Estados Unidos para trabajar y quién sabe hasta cuándo podrán regresar a ver a la parentela.

Dentro de la maleta lleva algunos tamales, frijoles, tortillas y chile, porque allá, “en el norte”, a veces cuesta conseguirlos. “(Al guatemalteco) le gustan más los tamales que el vol-au-vent (volován), y prefiere un plato de pepián al más suculento roastbeef”, prosigue el texto de Milla y Vidaurre.

Hasta hace algunos años, también era frecuente que lleváramos algunas piezas de ese pollo con fama de tierno, jugoso y crujiente. El sabroso olor se sentía dentro del avión, sobre todo en los que partían hacia Los Ángeles.

Pero, una vez habiendo aterrizado en el extranjero, empieza esa soledad que invade. Somos sensibles hasta en la más mínima cuestión. Milla y Vidaurre escribió una historia alrededor del personaje Cándido Tapalcate, quien se aventuró en un viaje a Londres. “La gente aquí es muy malcriada. Yo saludo a todo el mundo en la calle, en el hotel, en todas partes, y nadie me contesta”, relata don Cándido en una carta.

Pues sí, es que somos tan amables con todos. De hecho, es frecuente que nuestros amigos extranjeros nos describan como “excesivamente protocolarios”, que cuesta que vayamos al grano, tal como lo afirma el fotógrafo peruano Giancarlo Gallardo vía telefónica.

De ahí que surjan frases como: “Disculpe, buenos días. Usted me podría ayudar a encontrar esta dirección, por favor. Disculpe la molestia”.

“En lugares que conoce poco se acrecienta su comportamiento de pena, por lo que pide las cosas disculpándose y agradeciendo exageradamente”, expresa el historiador y antropólogo Alfonso Arrivillaga.

Como en otros países no son como nosotros, puede que lleguemos a sentir que nos están regañando. Pero no; no se lo tome a pecho. Es solo una cuestión cultural.

Luego, subir un autobús por primera vez en países como Estados Unidos o Europa puede llegar a ser confuso y frustrante; claro, después se convierte en una anécdota más. Sucede que llegamos a una esquina cualquiera, identificamos el bus que nos lleva a nuestro destino y “le hacemos la parada”, así, extendiendo el brazo y apuntando hacia el frente con el dedo índice. ¡Pero el bus sigue la marcha!

El guatemalteco primerizo en tierras lejanas quizás no sepa que los autobuses solo se detienen en lugares autorizados, sin excepción. Así que si observa esta situación, no se ría; ayude.

“Ese (”%$#&”

Donde no se habla español, uno llega a cansarse de comunicarse en otro idioma. Así que, cuando escuchamos a alguien que dice algo en la lengua materna, se nos alegra el día. Incluso, somos tan capaces de que si oímos una malcriadez muy chapina, lloramos de la felicidad.

Asimismo, solemos expresarnos con posesivos y diminutivos, expresa la lingüista María del Rosario Molina. “Tenemos un discurso florido”, coincide Arrivillaga. Por eso es normal que digamos “quiero un mi panito y una mi agüita”.

Si usted, que está en Francia, Colombia o Japón, escucha tales frases, tendrá un 90 por ciento de seguridad de que esa persona es guatemalteca. El otro 10 por ciento lo completará si dice: “Será que me regala…”.

Milla y Vidaurre se refirió a esto: “Habla un castellano antiquísimo: vos, tené, andá; y su conversación está salpicada de provincialismos, algunos de ellos tan expresivos como pintorescos”.

A eso, ahora, se le agrega el “pues” y el “cabal”, tan natural en nosotros que ni nos damos cuenta.

Otra experiencia es cuando viajamos en metro en un país con modos tan dispares respecto de los nuestros. En Berlín, Alemania, la gente sube y se limita a leer o consultar el celular. ¡Ah!, pero si ingresa un grupo de latinoamericanos, la cosa es diferente. Hablamos alto, reímos y cantamos, contrario al estereotipado comportamiento alemán, serio e inexpresivo.

Cuando vamos a las tiendas, solemos entrar a las más caras, “las que no hay en Guate”, y tomarnos aunque sea una selfie al lado de un artículo costosísimo.

También ha surgido esa tendencia de acudir a los restaurantes “donde comen” Miley Cyrus, Kim Kardashian o equis personaje famoso.

Si es posible, también pedimos el mismo platillo, solo que con chile cobanero —pero como no hay, aunque sea Tabasco—. Para terminar la velada, nos tomamos una foto para compartirla rápidamente en las redes sociales y así presumir. “Es novelero y se alucina con facilidad”, según Milla y Vidaurre.



Ilustración: Kevin Ramírez
Ilustración: Kevin Ramírez


Malas costumbres

Bastante severo resulta el novelista Arturo Arias, Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2008, quien afirmó en una entrevista que, entre los modelos chapines “desagradables” está “el bolo, ramplón, clasemediero, machista, que siente lástima por sí mismo, pero que no hace mucho por mejorar su situación”.

Otras de las malas costumbres es la clásica “hora chapina”.

Nos podremos comprar un exactísimo reloj suizo, pero quizás solo para lucir, porque puntuales no somos. “No concurre a las citas, y si lo hace, es siempre tarde”, escribió Milla y Vidaurre.

Otros llevan el mal hábito de tirar la basura en la calle, cosa que puede resultar en una multa bastante alta.





De regreso

Después de las peripecias en el extranjero, llega el momento de regresar a la Guatemala de los frijolitos, platanitos y huevitos (sí, en diminutivo), que tanto se extrañan en los desayunos y cenas lejos de casa.

Ese momento es indescriptible porque, como bien decía Milla y Vidaurre, amamos ardientemente nuestra patria. “Está tan adherido a ella, como la tortuga al carapacho que la cubre”.