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Por Anibal Chajón El santo guatemalteco Cuando se cumple el XXI aniversario de beatificación del Hermano Pedro, una nueva noticia viene a sacudir a sus devotos seguidores: la canonización del beato es un hecho pues, en once meses, a más tardar, será elevado al título de santo.
Finalmente la orden franciscana concluyó el arduo, costoso y oneroso proceso de recopilación de pruebas para demostrar un milagro debido a la intercesión del Hermano Pedro. Si bien este acaeció recientemente (1985) no es considerado en sí un milagro sino una curación extraordinaria, la cual, de todas maneras, le ha valido su ingreso en el santoral. Culminará, pues, en breve, el largo proceso que se inició hace ya 333 años en Antigua Guatemala, cuando el capitán José Aguilar y Rebolledo expusiera ante el ayuntamiento el inicio de diligencias encaminadas a recoger todos los datos posibles sobre la vida de este apóstol atendiendo a que "hay informaciones de la vida de tan virtuoso varón y de los casos raros que en su vida le sucedieron, que fueron indicios de su santidad, para que conste en todo tiempo, o para los efectos que convengan". El franciscano Edwin Alvarado, responsable del proceso de canonización del Hermano Pedro en Guatemala, proporcionó a Prensa Libre un extracto de la tesis doctoral de fray Damián Muratori en la que se incluyen todos los escritos relacionados con el beato. Gracias al trabajo de Muratori se sacan a luz todas las vicisitudes que ha tenido el proceso de canonización de Pedro de Betancur.
Un siglo de milagros y espera Aunque el Hermano Pedro de San José de Betancur nació en Tenerife, una de las Islas Canarias, su labor en servicio de los desvalidos la realizó en la ciudad de Santiago de Guatemala, hoy Antigua. Por eso y por el amor que le han profesado millares de guatemaltecos por más de tres siglos, se le considera el santo nacional.
La admiración por las virtudes de Betancur la recibió en vida, gracias a su trabajo en favor de los enfermos y pobres de la ciudad de Santiago. Al ver la necesidad de numerosas personas logró la fundación del primer hospital de convalecientes y una de las primeras instituciones de alfabetización en la ciudad. Además, para el funcionamiento de su obra, organizó la primera orden religiosa establecida en las Indias Occidentales o América. Después de su muerte, las personas que admiraban su labor iniciaron las gestiones para que su memoria no quedara olvidada. A los pocos meses de su fallecimiento, su confesor, el jesuita Manuel Lobo, escribió un libro que fue impreso en 1667, titulado Relación de la vida y virtudes del venerable Hermano Pedro de San José de Betancur de la Tercera Orden de penitencia de nuestro seráfico padre San Francisco. Según el cronista franciscano Francisco Vásquez, era un libro de 76 hojas, terminado a los cuatro meses de muerto el beato. Al año siguiente, el Alcalde Ordinario de Santiago de Guatemala, José de Aguilar y Rebolledo, solicitó que se acumularan informaciones sobre su vida. El obispo de la ciudad, Juan de Santo Matía Sáenz de Mañozca y Murillo, hizo ver que las causas "según las leyes canónicas no se podían empezar hasta que transcurriesen veinte años de su muerte". Sin embargo, el sucesor de Betancur, Rodrigo de la Cruz, entre 1667 y 1670, recogió unos cincuenta testimonios extrajuiciales entre las personas más cercanas al Hermano Pedro o que, después de su muerte, habían recibido algún favor. El interés por la vida de Betancur continuó. En 1685, dos funcionarios del Ayuntamiento, José Agustín de Estrada y Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, recibieron el encargo de reunir los datos de la vida del beato, tarea que finalizaron 1691. El mismo año en que los betlemitas le hicieron a Fuentes la misma solicitud, para que, en 1693, el Ayuntamiento iniciara el proceso ordinario de beatificación del Hermano Pedro ante el obispo, Andrés de las Navas y Quevedo.
Fue hasta 1698 cuando los betlemitas iniciaron las informaciones canónicas y el obispo constituyó el tribunal diocesano para que llevase adelante las informaciones sobre la vida, muerte y virtudes del Hermano Pedro. Entre 1703 y 1704 se realizaron exámenes a 57 testigos, entre ellos el ex obispo de Guatemala y, luego, Arzobispo de México, Payo de Rivera, quien había conocido a Betancur durante su estancia en Guatemala y quien se hizo célebre por la introducción de la imprenta en la ciudad que serviría después para publicar el libro de la vida del Hermano Pedro. Una vez preparada la documentación, fue enviada a Roma en 1705, pero se perdió a causa del apresamiento del barco entre los puertos de Veracruz y Habana, según la documentación recopilada por Muratori. En 1707 se envió una segunda copia, incluyendo las declaraciones de los testigos canarios. En 1709, el proceso ya se había introducido en la causa en la Congregación de Ritos, en Roma, pero fue considerado insuficiente el número de testigos. Por lo que el proceso continuó recolectando otros testimonios y el análisis de los documentos conservados en el archivo betlemita y franciscano de Guatemala, para enviarse de nuevo a Roma en 1726. Tres años más tarde, el Papa promulgó que nada era un obstáculo que pudiera ser impedimento más adelante en el decreto introductorio de la causa. Así, el 20 de agosto de 1729 se enviaron las Cartas Remissoriales al obispo de Guatemala, que llegaron el 15 de agosto del año siguiente y contenían las instrucciones para el obispo, Juan Gómez de Parada, para que formase un tribunal que "A discreción del promotor, averigüe si la reputación de santidad se ha mantenido en este periodo de tiempo; analice vida, virtudes, milagros en general y en particular; reconozca la tumba, cuerpo y reliquias del Hermano Pedro".
Seis de los volúmenes, con millares de folios referentes a las informaciones recabadas por Gómez de Parada, pueden verse en el Archivo Arquidiocesano Francisco de Paula García Peláez, en el interior del Palacio Arzobispal de la ciudad de Guatemala. El nuevo interrogatorio se realizó entre 1730 y 1733, en el cual fueron entrevistados 49 testigos. La documentación se envió a Roma en 1733 y el 31 de enero de 1739 se decretó la fama de santidad "in genere". Después de esa fase, se prosiguó el segundo proceso apostólico, "in specie". El 1 de febrero de 1739 se enviaron las Segundas Remissoriales y las Compulsoriales para el interrogatorio sobre virtudes "in specie", realizándose éste de 1740 a 1741, en el que se examinó a otros 19 testigos. Exhibida la última documentación en la Sagrada Congregación de Ritos, los Postuladores solicitaron la apertura para su examen, en 1746. Cuatro años más tarde, el Promotor de la fe dio juicio de valor favorable a los procesos presentados y a las declaraciones de los testigos y también el Papa dio su "placet" al veredicto, después de haberse hecho las objeciones de rigor a todas las pruebas presentadas. Además se pidió al Papa que reconociera la santidad de Betancur. Nuevas evaluaciones se realizaron en 1767 y 1770, por lo que el Papa Clemente XIV, el 25 de julio de 1771, promulgó el decreto de Venerable. A partir de entonces, se esperó la documentación de un milagro para acceder a la beatificación.
Tiempos de letargo Sin embargo, la supresión de la Orden Betlemita, en 1820, la falta de dinero y la ausencia de milagros testificados por médicos y testigos presenciales hicieron que la causa se detuviera. En 1835, restaurada la Orden en Perú se prosiguió el proceso, por lo que el Procurador de la causa escribió al arzobispo de Guatemala, Francisco de Paula García Peláez, pidiéndole hiciese averiguaciones sobre si por intercesión del Hermano Pedro hubiese ocurrido algún milagro, atestiguado por médicos y testigos. Por lo que, en 1854, el arzobispo publicó un edicto en que dio a conocer a los fieles que era permitido invocar al Hermano Pedro en oraciones privadas, lo que se vio incrementado, en 1857, con ocasión de una epidemia de cólera morbus.
A pesar de que el arzobispo abanderó la causa, el milagro esperado no llegó a documentarse, pero esa sugerencia episcopal favoreció el crecimiento de la devoción entre los fieles. Por ello, el proceso quedó inconcluso. Fue en 1960 cuando el arzobispo de Guatemala, Mario Casariego; el vicepostulador, Miguel Angel Murcia, y el seglar José García Bauer, reactivaron la causa, en la que obispos, religiosos y jefes de estado de América Central y casi un millón de fieles firmaron la súplica al Papa para que beatificara al Hermano Pedro. En ese entonces, el presidente de Guatemala era el general Miguel Ydígoras Fuentes, quien colaboró en las obras de reconstrucción del templo de San Francisco, en Antigua Guatemala, junto al franciscano Murcia. Por eso, en 1974, se presentó al Papa Pablo VI la solicitud para que beatificara a cinco venerables, entre ellos al Hermano Pedro, en via excepcional por "fama miraculorum". Cuatro años más tarde, Juan Pablo I se declaró de acuerdo con el modus procedendi de la causa, indicado por Pablo VI. Igualmente Juan Pablo II se declaró favorable a las disposiciones de sus predecesores y, el 22 de junio de 1980, declaró beato al Hermano Pedro, en procedimiento extraordinario. La beatificación fue recibida con júbilo por los pueblos guatemalteco y canario. Las transmisiones de televisión mantuvieron a los creyentes en contacto directo con la ceremonia que tuvo lugar en Roma.
El milagro mejor documentado Para lograr que el Hermano Pedro fuera elevado a los altares, se hacía indispensable la comprobación documentada y certificada científicamente de un milagro. En esas circunstancias, ocurrió algo inesperado. En 1985, un niño de cinco años afecto de linfoma linfoblástico difuso, de variedad Burkitt, fue curado por intercesión del beato. Esto sirvió a la causa que sigue en Roma el Postulador General, el franciscano Lucca de la Rosa, y el Vicepostulador Damián Muratori. Así lo narra el franciscano Edwin Alvarado, encargado del proceso de canonización en Guatemala.
De acuerdo con Alvarado, De la Rosa ha promovido otros procesos de beatificación tales como el del Papa Juan XXIII y 13 franciscanos de Shangai. El niño curado es Adalberto González Hernández quien, el 29 de marzo de 1985, fue llevado a un hospital de Tenerife por una gastronteritis y fue ingresado. En esa oportunidad se le identificó una masa anómala en el área cervical, comenta Alvarado. La reciente beatificación del terciario motivó a que la comunidad donde vivía el niño, encabezada por la familia, el párroco, sus profesores y compañeros, iniciara una novena para encomendar la salud del pequeño al Hermano Pedro, cuyo aniversario se celebra el 25 de abril. Por escuchar el nombre del beato, el niño pidió a su familia que pusieran flores en La Cueva, como se le conoce al lugar donde Pedro llevaba a las ovejas mientras fue pastor y donde hay una efigie del beato. A partir del rezo de la novena, el niño empezó a sentir mejoría. Además, una religiosa betlemita le visitaba y le ponía una reliquia en el área donde sufría dolores y, en el momento de colocársela encima, el niño sentía un alivio del dolor. El 30 de abril se inició la terapia del pequeño y el 24 de julio se notó la mejoría hasta sanar completamente, narra Alvarado. En vista de esta sanación fuera de lo común, entre 1988 y 1996 en la diócesis de San Cristóbal de La Laguna, Tenerife, se instruyó el proceso sobre el milagro para solicitar la canonización del Hermano Pedro. En la evaluación del proceso se solicitó el testimonio de muchas personas, los médicos, familiares, enfermeras, amigos y otros, incluido el obispo del lugar. El 11 de abril de 1996 la Consulta Médica Pontificia reconoció que la curación del niño se había verificado por una causa extramédica. La Comisión Teológica, por el contrario, considerando que la curación del niño no había sido instantánea, no la reconoció como milagro, sino "duradera y perdurable". En vista de todo ello, la Comisión Cardenalicia aprobó la solicitud para que se procediera a la canonización del Hermano Pedro, en mayo de 2001. El Decreto de Canonización aún no ha sido publicado, pero en septiembre u octubre se vuelve a reunir y fijará la fecha, que se estima ocurrirá en 2002, comenta Alvarado.
Un proceso de canonización Con el nombre de santos, la comunidad de creyentes o Iglesia
conoce a personas cuya vida se propone como modelo a imitar. Originalmente
eran designados por aclamación popular, sobre todo aquellas personas
que morían durante las persecuciones en el Imperio romano.
En 993, Ulric de Ausburg fue declarado santo en la primera canonización aprobada directamente por un Papa, Juan XV. Gregorio IX formalizó el proceso y en 1234 las canonizaciones se reservaron sólo al Papa. En 1588 el Papa Sixto V puso el proceso en manos de la Congregación para las Causas de los Santos y del Santo Padre. En la actualidad, hay tres pasos en el proceso oficial de la causa de los santos. Primero se le declara como venerable, título con el cual se reconoce que la persona vivió virtudes heroicas. Después de continuar el proceso en el Vaticano, se le declara beato. Para recibir la beatificación se requiere un milagro obtenido a través de la intercesión del siervo o sierva de Dios y verificado después de su muerte. El milagro requerido debe ser probado a través de un proceso especial, que incluye tanto el parecer de un comité de médicos, algunos de ellos no creyentes, y de teólogos. El milagro no es requerido si la persona ha sido reconocida mártir. Por último está la canonización, por la que se declara a la persona como santa. Para ello hace falta otro milagro atribuido a la intercesión del beato y ocurrido después de su beatificación. Las modalidades de verificación del milagro son iguales a las seguidas en la beatificación. Mediante la canonización se concede el culto público en la Iglesia universal. Se le asigna un dia de fiesta y se le pueden dedicar iglesias y santuarios. inicio | biografía | recorrido | obras | árbol
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