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Una lucha armada que cambió el rumbo de Guatemala

El atraso social, económico y político de la Guatemala de la segunda mitad del siglo XIX provocó un estallido en el descontento entre los sectores. La situación desembocó en el triunfo de una Revolución el 30 de junio de 1871.

Por Hemeroteca PL

La ciudad de Guatemala vista desde el Cerrito del Carmen. Pintado por Augusto de Succa en 1870. (Foto: Hemeroteca PL)
La ciudad de Guatemala vista desde el Cerrito del Carmen. Pintado por Augusto de Succa en 1870. (Foto: Hemeroteca PL)

Los orígenes del movimiento se enraizan en la precaria situación que las estructuras del Estado presentaban en aquella época. Aún persistían en la sociedad los resabios coloniales.

Después que murió el presidente Rafael Carrera, el pueblo creyó que el nuevo gobierno iba a cambiar las cosas, pero se equivocó. Según el historiador Victor Miguel Díaz, el presidente Vicente Cerna ofreció claramente que iba a continuar con la política de su antecesor. 

Hay que mencionar que Cerna nunca hubiera podido cambiar nada; es cierto que él era un militar de prestigio, había demostrado su valor y pericia en la guerra, pero no era estadista y Guatemala necesitaba un presidente visionario que encaminara los órdenes del país hacia los nuevos rumbos del progreso que experimentaban otras naciones.



Vicente Cerna, presidente de Guatemala de 1865 a 1871. (Foto: Hemeroteca PL)
Vicente Cerna, presidente de Guatemala de 1865 a 1871. (Foto: Hemeroteca PL)


Según el historiador Antonio Batres Jáuregui, Guatemala estaba lejos de un despegue en todos sus aspectos. Cuenta él que en la capital prevalecía un ambiente monacal lleno de curas, frailes, iglesias y feligreses que vivían aterrados ante el poder divino. 

"La educación primaria era nula, cita el doctor Mariano Ospina -político colombiano-. El comercio era raquítico; en la capital apenas había actividad comercial", agrega Batres Jáuregui.

Gobierno ciego y sordo

Por tales cosas, la sociedad quería un cambio, es decir, un paso hacia el progreso. Con el presidente Carrera, la sociedad vivió casi 30 años de conservadurismo y tradición a los viejos esquemas coloniales.

Pero ese clamor no fue escuchado por el presidente Cerna; lo que hizo fue desatar una fuerte represión, amenazas y exilio hacia sus detractores. Así surgieron los grupos que desde la clandestinidad comenzaron a combatirlo con la fuerza de las armas y el intelecto. 

Según el doctor Marco Aurelio Soto, durante la administración de Cerna faltó la paz. Por esa razón surgieron las diversas facciones que protestaron contra él. Sin embargo, la primera insurreción le favoreció porque el principal cabecilla, Serapio Cruz, cayó en combate.



Tropas en el tiempo de Rafael Carrera. (Foto: Hemeroteca PL)
Tropas en el tiempo de Rafael Carrera. (Foto: Hemeroteca PL)


Ante su aparente triunfo, el gobierno mandó a cortarle la cabeza al cadáver de Cruz y la expuso a la vista pública. Durante muchos días, la cabeza de Tata Lapo como le llamaban, permaneció en un punto visible de la capital.

Los hechos dieron pábulo para que las facciones guerrilleras surgieran con más fuerzas en toda la República. No había región del país en donde no se conspirara para encender la chispa que posteriormente prendió formalmente el fogarón de la Revolución de 1871.

Compatriotas...

Una de las primeras acciones fue una proclama de Miguel García Granados. Fechada el 8 de mayo de 1871, en San Salvador, la proclama decía:

"Compatriotas: he sido perseguido ilegalmente por el tirano. Tengo 20 años de combatir en la Cámara esa administración arbitraria y despótica. Mis esfuerzos no han logrado derrocarla, pero al menos han contribuido a dar a conocer sus abusos y crueldades.

Como representante de la República he sido un opositor enérgico, pero legal a los actos de arbitrariedad e injusticia del gobierno. Por mucho tiempo este no se atrevió a intentar nada en contra de mí, pero el día que triunfó sobre el general Cruz, creyó asegurada su dictadura, se quitó la máscara y me encerró en una bartolina del fuerte de San José.

Por esa razón propongo el establecimiento de un gobierno cuya norma sea la justicia, que en vez de atropellar las garantías las acate y respete; que no gobierne según a su capricho e interés privado, simplemente que sea fiel ejecutor de las leyes, sumiso y jamás superior a ellas.

Guatemala necesita una Asamblea que no sea como la presente, un conjunto, con pocas exepciones, de empleados subalternos del gobierno y de seres débiles y egoístas que no miran por el bien del país.

Queremos que haya una prensa libre; sabemos que sin esa institución no hay gobierno bueno. También necesitamos un ejército que no esté basado como el presente en la arbitrariedad y la injusticia. 

Guatemala, necesita una Hacienda Pública adecuada y un sistema de impuestos nuevo; existen contribuciones onerosas que pesan sobre los pobres. Compatriotas: necesitamos un sistema eminentemente legal", concluía la proclama de García Granados.

A la proclama siguió la acción. Miguel García Granados, sabedor de la valentía de Justo Rufino Barrios, pensó en él y posteriormente lo contactó en San Cristóbal Las Casas, México. Allí fue en donde nació formalmente la revolución.

De acuerdo al historiador Antonio Batres Jáuregui, los cabecillas del movimiento comisionaron a Francisco Andreu para que fuera a comprar a Nueva York 300 rifles Remington y otras municiones.



Miguel García Granados y Justo Rufino Barrios, artífices de la Revolución Liberal de 1871. (Foto: Hemeroteca PL)
Miguel García Granados y Justo Rufino Barrios, artífices de la Revolución Liberal de 1871. (Foto: Hemeroteca PL)


Para la compra, Miguel García Granados proporcionó parte del dinero; el resto "lo consiguió entre varias personas de la capital desafectas al presidente", cita el libro Barrios ante la posteridad, página 49. Las armas ingresaron por Villa Hermosa, capital del Estado de Tabasco, México.

"Miguel García Granados se radicó provisionalmente en Comitán y desde ese momento su casa fue el santuario de los revolucionarios", cita el mismo libro.

Después, los guerrilleros se reunieron en la hacienda El Puente, Comitán, México. El 25 de mayo de 1871 varios guerrilleros recibieron sus despachos militares: Coronel Graduado, Justo Rufino Barrios; Comandante Primero, Francisco Ponce, y así como ellos, la historia registra también los nombres de capitanes graduados, subtenientes, clases y tropas.

Justo Rufino Barrios juntó 40 hombres y se fue al lugar llamado "Trampa del Coyote", en San Pedro Sacatepequez, San Marcos, donde organizó su famosa compañía llamada Los Duendes. Cuentan que, de súbito, Los Duendes aparecían en pueblos y caseríos; luego escapaban entre los densos bosques dejando un halo de misterio y miedo.

Mientras eso sucedía en el Occidente, en otras regiones del país también estallaban cruentos combates entre facciosos y fuerzas del gobierno. Poco a poco el ejército de la revolución se acercaba hasta los linderos de la ciudad. El ataque final estaba cercano.

Las columnas guerrilleras llegaron a Patzicía, Chimaltenango. Su consigna era vencer o morir por la causa. Las tropas acamparon; posteriormente, los comandantes dieron a conocer su famosa Acta de Patzicía, en la cual desconocían al gobierno y lo responsabilizaban de los males del país.

Además, en el artículo 2 nombraban Presidente Provisorio de la República de Guatemala al General Miguel García Granados y lo facultaban para reorganizar el país. Justo Rufino Barrios ostentaba el títuto de General de Brigada.

Ese documento circuló en toda la República. La incertidumbre por la suerte del gobierno cundía en los pueblos.

Casi para el amanecer del 29 de junio de 1871, el presidente provisorio Miguel García Granados nombró al capitán Manuel Aguilar Quiroz para que fuera portador de la bandera nacional cuando el ejército ingresara a la capital. Además, le ordenó a sus capitanes que eran los responsables de cuanto desorden pudieran cometer sus soldados.



Conmemoración del centenario del nacimiento de Miguel García Granados en el monumento de la Avenida La Reforma en 1909. (Foto: Hemeroteca PL)
Conmemoración del centenario del nacimiento de Miguel García Granados en el monumento de la Avenida La Reforma en 1909. (Foto: Hemeroteca PL)


Al despuntar el alba

Ese mismo día, el ejército llegó a San Lucas Sacatepéquez. Justo Rufino Barrios y Miguel García Granados discutieron el plan para el ataque final. Su objetivo estaba cercano.

Granados avanzó hasta ver si había peligro. El presidente provisorio se regresó por la cumbre del Manzanilla arriba de Mixco, pero de pronto escuchó varios disparos de cañón.

En otro lado de la loma, Justo Rufino sacó su lente de larga vista, inspeccionó la lejanía y divisó que entre los matorrales venía el propio presidente Cerna con sus tropas. La chispa de la batalla final comenzaba a prenderse en esas cumbres.

La refriega comenzó. El mariscal Cerna y sus tropas se enfrentaron al otro "ejército", pero no pudo resistir el ataque. Fue imposible. El presidente y su tropa se vio copado. Había perdido la batalla. Con semblante sereno, llamó a su corneta y gallardamente le ordenó que ejecutara la fatal señal de retirada. Su gobierno había caído.



Monumento a Justo Rufino Barrios ubicado en la plaza Barrios en la zona 1 de la capital. (Foto: Hemeroteca PL)
Monumento a Justo Rufino Barrios ubicado en la plaza Barrios en la zona 1 de la capital. (Foto: Hemeroteca PL)


La entrada triunfal

Después de la derrota, la noticia circuló como reguero de pólvora. La población estaba conmocionada: algunos soldados vencidos se perdieron en desbandada mientras el pueblo esperaba ansioso a los triunfadores. Atrás, en lo recóndito de las montañas, habían quedado varios cadáveres y sangre de los soldados que no tuvieron suerte. La vida es así.

Del ingreso del ejército a la capital, existen dos versiones. El historiador Víctor Miguel Díaz cuenta que el desfile entró encabezado por el Mariscal José Victor Zavala y Miguel García Granados. La columna caminó por la Calle Real y llegó al palacio de gobierno.

"Un sección de infantería se colocó cerca de la Catedral, el presidente iba a asistir a un Te Deum que le ofrecía el arzobispo Bernardo Piñol", cita el historiador.

Por su lado, el también historiador Antonio Batres Jáuregui, -amigo de Barrios y posteriormente su ministro- menciona que el 30 de junio de 1871 era una mañana gris y lluviosa.

"A las 10 horas -dice- entró a la ciudad el ejército compuesto de 500 hombres. Todo fue júbilo popular. Don Miguel iba sereno, indiferente, con alteza de espartano estoico. Fue llevado en carruaje por algunos de sus admiradores al palacio nacional.

Don Rufino iba montado en su caballo Rocío; llevaba el sombrero limeño hasta los ojos, la barba negra, el continente resuelto y lleno de exube- rante juventud y brios. No atendía los vítores, cuidando activamente del orden", concluye el historiador Batres Jáuregui.

Asi fue como en parte, entre el griterío del pueblo, las dianas de los clarines y el sonar de los tambores, aquel 30 de junio de 1871 concluyó una parte de la historia de Guatemala. Posteriormente, habría de comenzar otro capítulo ,conocido como La Reforma.