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Prensa Libre

24/12/12 - 00:00 Opinión

CATALEJO

Navidad de un año agridulce

CUANDO SE LE MUERE A uno el padre o la madre sobreviviente a la partida definitiva del otro progenitor, uno se convierte en huérfano, sin importar si a quien esto le sucede tiene veinte o sesenta años. En el caso de quien encabeza una generación, es el momento de dar el paso adelante y convertirse en el primero en la línea de sucesión, por decirlo así. El pensamiento más común considera ese liderazgo con la idea de ser el próximo en responder cuando llegue el llamado de la Hermana Muerte, pero ella tiene sus propios planes y no hay en realidad motivo alguno para tener ese pensamiento.

MARIO ANTONIO SANDOVAL

Este año comencé a experimentar el sentimiento de la orfandad, y por eso debo encabezar la mesa navideña en la cual de nuevo nos sentaremos todos.

PERO LA VIDA termina y también comienza, también se anuncia. En esta cena, todos con el tamal navideño —sin limón, por supuesto— nos recordaremos del abuelo y de sus conversaciones de viejos temas familiares, en especial los mencionados en la última Navidad, la del año pasado. En esta noche hay un ambiente tan propicio para recordar a quienes ya no están, pero no por el momento o circunstancias de su partida definitiva, sino por todos los años vividos en su compañía. Por eso las almas de todos ellos se pueden sentir alrededor del nacimiento y del árbol cubierto de luces, pero envuelto en collares de manzanilla, cuyo olor —mezclado con el del aserrín— es característico de la Navidad de los guatemaltecos de buena voluntad.

LA VIDA TAMBIÉN comienza. Y este año comenzó una, anhelada y maravillosa, un milagro conjunto de las vírgenes de Lourdes y de Fátima. Nos emociona desde el momento de enterarnos y cuando llegue en julio a los brazos de todos, en especial sus abuelos, el amor podrá manifestarse en todos los sentidos, pero sobre todo el tacto, al acariciarlo; el oído, al escuchar sus pucheros y llantos; el gusto, al probar el sabor de su piel; el olfato, al poder inhalar su aroma, pero sobre todo la vista, al verlo moverse, dormir, llorar… en suma, vivir. La vida comienza con la ilusión de un milagro, y cuando se materializa, alborota sentimientos y lo obliga a uno a comprender cómo es de imposible negar la intervención divina, si es obvia y completa, como en este caso.

LA NAVIDAD TIENE LA particularidad de permitirle a uno hacer un alto en el camino de la vida, o al menos del año por terminar. Por un lado, puede sacar los vestigios o los yacimientos de actitud positiva, de hermandad. Se acerca la posibilidad del perdón y del olvido, dos factores imposibles de existir separados. No importa si el año anterior talvez hicimos las mismas o muy similares promesas de cambio de vida, o de ver hacia delante, olvidando las heridas —injustas o no— sufridas a lo largo de la existencia. El no haber podido o haber olvidado cumplirlas no es motivo para pensarlo e intentarlo de nuevo, porque como dijo el poeta: “No te sientas vencido, ni aun vencido”. Esa es otra de las razones para vivir: perdonarnos a nosotros mismos.

ESTE ARTÍCULO ESTÁ dedicado, por un lado, a quienes perdieron este año a su padre. Integro con ellos ese doloroso grupo. Por el otro, a quienes este año pudieron besar por última vez a quien los trajo al mundo. Ya el 2013 será otro año, como mañana será otro día. También está dedicado a los bebés en proceso de nacer, sin importar ninguna de las circunstancias causantes de su viaje hacia la vida. Esa dedicatoria incluye a todos los niños, sin importar sus características sociales, económicas, así como a cualquier persona deseosa de vivir de nuevo estas horas de paz y de esperanza, representantes del espíritu iniciado cuando hace dos mil años un joven carpintero y su joven esposa buscaban un lugar donde ella pudiera parir a quien fue el Salvador.

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