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¡AY, ay, Parque...!
No había tantos taxis, existía todavía el Pitas, mi abuelita estaba viva
Por:
Juan Carlos Lemus
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| En “el peladero”, como le decían al Parque Centenario, los hombres de negocios eran los lustradores, los vendedores de helados y algún novedoso chiclero indígena ambulante, descalzo. |
En 1980, el pueblo desunido fue vencido. Igual en el 2000.
En aquel año, era presidente el general Fernando Romeo Lucas García, estaban de moda los pantalones Fiorucci, los cantantes más cotizados eran Andy Gibb y Camilo Sesto; Nixon García era el portero favorito de la Selección Nacional de Fútbol, e ir a McDonalds era una experiencia religiosa, una petulancia de los “wanabí”.
Entendamos por wanabí (deformación del inglés: “Want to be” = “W'anna be”: “Querer ser”) a todos aquellos que quieren aparentar que son de un estatus social más elevado que el resto de la chusma.
(Usémoslo también como arribistas).
En “el peladero”, como le decían al Parque Centenario -me cuenta un señor lustrador que trabaja allí desde hace 40 años-, se sentaban los viejitos a conversar, toda la mañana; los hombres de negocios eran los lustradores, los vendedores de helados y algún novedoso chiclero indígena ambulante, descalzo, que llevaba chicles Bomba, chicles Cádilac o cigarros Casino a 4 por 5 centavos.
Ahora vengámonos hacia el terror, perdón, hacia el presente; nos encontramos en “el peladero” transformado un centro informal de conversiones cristianas y de ruido.
No lleve un libro. Si se sienta a charlar, tendrá que buscar el sitio menos orinado porque algunos varones y también mujeres aún lo hacen como los perros en los postes o en los rincones.
Cualquier domingo veremos a una tres mil personas, lindas todas, alegres, honradas, de arriba para abajo, comiéndose un helado o un elote asado; pesándose por Q1; o tomándose la foto frente a la Catedral Metropolitana o frente al Palacio Nacional de La Cultura. Los soldados, descansando el cuerpo sobre una pierna, se comen con la mirada a las patojas.
El fotógrafo hace lo que puede para reunir palomas con el viejo truco del maicillo, y bien que caen unas cuatro o cinco flacas en lo que él toma la foto de dos señoritas abrazadas, son de San Pedro Palopó.
Sobre la 6a. Av. y 7a. calle, a la orilla del Centenario, un señor vende libros viejos (o si no los vende, por lo menos los tiene a la venta); cerca de él, frente a la Concha Acústica, hay tahúres falsos, un señor con altoparlante vende cápsulas “revestidas de ginseng”; una señora sopla debajo de una ollona de café; hay champas que huelen a tostadas, atol de elote arroz en leche que va a querer, pase adelante joven.
Gracias, le digo, feliz.
Volvamos a 1980. Dios era 23 años más joven que hoy. Mi abuela Fina estaba viva, y no nos salgamos del tema.
Las calles no estaban congestionadas por tanto vehículo, siguen circulando las mismas camionetas, sólo que 23 años más viejas; hay carros de todas marcas, algunos tipo narco, otros, tipo La Terminal con palangana para 30 redes de fruta. Sumemos a ello los metrobuses y los gusanos, que echan más humo que el Pacaya. En 1980 no había tantos taxis como ahora y, por lo tanto, no tantos taxistas que nomás ven a una pareja le ofrecen, con disimulo, llevarla a un hotelito.
El dulce sol de 1980 era el mismo, pero no había paz entonces, ni la hay ahora. El terror era distinto. En aquellos años había judiciales (los “Orejas”) metidos hasta en las cajas de lustre. Así que, aclaremos: aquellos años 80, con sus viejitos platicando y todo, eran tiempos espantosos en los que la gente tenía miedo por tanto crimen. Un día de aquel año, a las 9:35 de la mañana del 5 septiembre de 1980, un viernes, estalló una bomba en la 6a. avenida y 6a. calle de la zona 1.
De éste y de otros datos no menos interesantes hablaremos el próximo domingo, cuando seguiremos dando y finalizando nuestro paseíto.
Pero, antes, le adelantamos una noticia exclusiva para quienes no visitan el Parque desde hace 20 años: sigue vivo el Chino Rockola; y anda por ahí todavía Isabel de los Ángeles Ruano, aquella poeta que usa corbata y traje de hombre. Pero ya falleció el más famoso retratista que ha tenido el Parque Central: el maestro Pitas, aquel pintor de boina que cobraba, hace 40 años, 5 centavos por retrato, después, Q5, luego, Q20, y así sucesivamente...
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