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Guatemala, 02 de Marzo de 2003

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Opinión

LA BUENA NOTICIA
A vino nuevo, odres nuevos

El Papa Juan Pablo II nos llama a los católicos para que el próximo miércoles de Cuaresma lo vivamos como día de ayuno para orar por la paz del mundo
Por: Gonzalo de Villa

La presencia de Jesús en la Palestina de su época contiene tanto profundas continuidades con las escrituras del Antiguo Testamento, como novedades radicales que escandalizan a muchos de sus contemporáneos.

El pasaje del Evangelio de hoy nos presenta precisamente algunos de estos elementos de novedad.

El ayuno constituía en la religión judaica una práctica común que se relacionaba en unos casos con prácticas de duelo y en otros, con la preparación para algún acontecimiento relevante que se sabía estaba próximo.

El ayuno se ritualizaba y en algunos casos terminaba siendo una formalidad desprovista de significado para el que lo celebraba o lo aparentaba.

A Jesús se acercan algunos escandalizados, porque sus discípulos no ayunaban como sí lo hacían otros en Israel. Esperaban sin duda que Jesús los regañara.

Pero, por el contrario, el Señor va a justificar la actuación de sus discípulos. Va a considerar Jesús que el tiempo en que El está presente resulta no adecuado para practicar el ayuno.

El tiempo de la fiesta no es el tiempo del ayuno. Jesús, sin embargo, no considera inválido el ayuno por sí mismo. Podemos recordar ese otro pasaje en que anuncia que hay demonios que sólo pueden ser expulsados con ayuno y oración.

En este pasaje afirma también Nuestro Señor que vendrán días en que El no estará y el ayuno adquirirá entonces pleno significado.

Por ello, el Papa Juan Pablo II nos llama a los católicos para que el próximo miércoles de Cuaresma lo vivamos como un día de ayuno para orar por la paz del mundo, especialmente en la tierra de los profetas.

La segunda reflexión que nos aporta Jesús en este pasaje es la que da título a este artículo. Para su audiencia era perfectamente entendible y familiar el dicho sobre el vino nuevo y los odres nuevos.

Si el vino nuevo se depositaba en odres viejos, éstos lo corrompían. La enseñanza de Jesús con ello es clara.

Su mensaje contiene novedades que deben ser vividas como tales y una propuesta de vida que tiene novedades que así han de ser vividas. Si el mensaje de Jesús se rutiniza deja de ser auténtico.

Por ello, en nuestros días el reto mayor que tenemos los cristianos es asumir esa condición, expresándola y adaptándola a las novedades del mundo.

No estamos llamados a replegarnos del mundo o a encerrarnos en prácticas obsoletas, sino a ser sal y luz que ilumine y discierna las novedades que en el mundo se nos presentan.

No se trata de ser acomodaticios o vergonzantes, dos tentaciones en que podemos caer con facilidad, sino ser iluminadores ante un mundo para el que Jesús sigue siendo relevante.

 

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