|
ALEPH Se murió la niña
En Guatemala había hace cuatro años casi un millón de niñas, niños y adolescentes trabajadores dentro de la población económicamente activa.
Por:
Carolina Escobar Sarti
Se murió la niña, y no precisamente de amor, como la del poema La Niña de Guatemala de José Martí. Esta niña se llamaba Dora Noemí Cotzojay Canel, y murió hace pocos días debido a las quemaduras que se extendían por casi todo su pequeño cuerpo.
Ella, como tantos otros niños y niñas, engrosaba las estadísticas que definen la situación del trabajo infantil en Guatemala, y lo hacía desde la cohetería clandestina que funcionaba en su casa.
Antes de ella, también hubo otras que murieron inútilmente y seguramente habrá muchas más, mientras la niñez guatemalteca no ocupe en nuestra sociedad el lugar que merece todo ser humano que está formándose para la vida.
En el periódico El Quetzalteco (12-9-2002), aparece la noticia de otra niña de 11 años que falleció por inhalar plaguicida en una siembra de Concepción Chiquirichapa, mientras trabajaba. Otros informes sobre la situación de la niñez en Guatemala, hablan también de pequeñas víctimas soterradas mientras ayudaban a su madre en la extracción de arena o muertas en accidentes al caer de los picops que las transportaban a las fincas donde trabajaban.
También hablan de empleadas domésticas menores de edad trabajando en condiciones realmente denigrantes; de niñas, niños y adolescentes picando piedra sin ninguna protección; de pequeños y pequeñas trabajando en ladrilleras donde el horneado es a altas temperaturas o acarreando cal entre las 2 y las 4 de la madrugada.
¿Y qué decir de aquellos menores que son retenidos en forma ilegal en bartolinas y obligados a mendigar o a vender productos en las calles? ¿O de los que son considerados mercancía sin derechos para la explotación sexual? Sus edades generalmente oscilan entre los 3 y los 14 ó 15 años.
Cuando recuerdo la reciente tragedia en la escuela rusa, donde tantos infantes murieron sin una razón más que la estupidez humana, pienso en lo vulnerables que son los niños y niñas, y en los múltiples rostros que puede tener un terrorismo que los relega a vivir situaciones inhumanas.
Según la Encuesta Nacional sobre Condiciones de Vida (ENCOVI-2000), en Guatemala había hace cuatro años casi un millón de niñas, niños y adolescentes trabajadores dentro de la población económicamente activa. Esto representa casi un 10 por ciento de la población total del país, y hoy seguramente serán muchos más.
Por eso, a aquellos que ahora defienden no abrir los archivos contables del Ejército so pretexto de violentar la Constitución Política de la República de Guatemala, habría que recordarles que el Arto. 51 de la misma señala que “El Estado protegerá la salud física, mental y moral de los menores de edad.
Les garantizará su derecho a la alimentación, salud, educación, seguridad y previsión social”. El trabajo de menores de 14 años de edad está prohibido por ley, con algunas excepciones, y también en estos casos hay estrictas regulaciones para ello. Así que si tan sistemáticamente se ha violado nuestra sagrada Constitución, qué más da hacerlo “sólo una vez más” para darnos cuenta que muchos de esos millones transados de forma tan oscura y corrupta, pudieron haberse invertido en la niñez de este país, en su presente, en su futuro, en nuestra esperanza.
Se dice que basta ver cómo trata la sociedad a sus niñas y niños para saber cómo es realmente esa sociedad y qué esperar de ella. Quienes se dedican a la fabricación clandestina de cohetes, por ejemplo, dicen que las manos pequeñas montan más rápido una ametralladora, que las manos adultas.
Y entre más pequeñas, mejores para manipular la pólvora, el papel y la mecha. Pero esas manos, como las que se deshacen picando piedra o se abren por tanta cal, estarían mejor escribiendo, acariciando y jugando. Pero ¿qué hace una familia pobre, sin educación, sin oportunidades, sin nada?
Las maras sólo son la expresión de una sociedad enferma, que trata a sus niñas y niños peor que a las mascotas de casa grande. Eso lo saben bien ¿Qué queremos que nos devuelvan de adultos? Se murió una niña trabajadora, porque un Estado no tenía dinero para ella, pero sí para el Ejército, para los políticos corruptos, y para otras cosas como esas, realmente importantes.
|