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Guatemala, sábado 09 de abril de 2005

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Opinión

ALEPH
Dar vida después de la vida

Podemos levantar una cultura de vida frente a la cultura de muerte.
Por: Carolina Escobar Sarti

En su testamento, usted podría incluir muy fácilmente algo así: “Si muero por paro cardiaco, estoy dispuesto (a) a donar tejidos como hueso, piel, córneas, tendones, válvulas cardiacas, cartílago y vasos sanguíneos arteriales y venosos a quien lo necesite.

Si la mía es una muerte cerebral, estoy también dispuesto (a) a donar mi corazón, pulmón, hígado, riñones, intestino, páncreas y todos los tejidos mencionados anteriormente”.

Aún más fácil sería conversar abiertamente con nuestros familiares más cercanos para expresarles nuestra decisión de donar órganos y tejidos al momento de nuestra muerte, o contactar, por ejemplo, a la Fundación Donaré en Guatemala (www.donare.org.gt) para registrarse y obtener un carné que nos identifique como posibles donadores.

Dependiendo de nuestra legislación nacional al respecto y de nuestras creencias, podemos expresar en vida nuestra voluntad de donar nuestros órganos. Pero llegado el momento, son los familiares quienes deben dar la autorización final.

¿Por qué no? Quizá podemos levantar una cultura de vida frente a la cultura de muerte que hemos conocido y seguimos viviendo tan de cerca. Además, esto de la donación no le plantea a nadie mayores problemas de conciencia, porque prácticamente todas las religiones la reconocen como una decisión individual definida desde la propia conciencia y sustentada en los valores familiares.

Para los creyentes, el cuerpo termina siendo simplemente un traje temporal que el alma deja atrás al momento de la muerte; para los no creyentes, el cuerpo es considerado simplemente materia, tanto en la vida como en la muerte, así que tampoco plantea mayores dificultades.

El deceso de un ser querido es un momento difícil para aquellos que lo echarán de menos. Pero cuando este momento es inevitable, hay algo que puede perdurar, además del recuerdo: una o más partes del cuerpo de ese ser querido en otra persona que las necesita para continuar su vida.

A través de la donación de órganos, una persona puede perpetuar su existencia por medio de un acto de solidaridad humana, posibilitando a otra completar su ciclo vital. Y quizá el hecho de donar los órganos ayude a los familiares del donador a sobrellevar mejor su pena.

Claro que no todos podemos transformarnos en donantes, porque deben darse ciertas circunstancias especiales, que incluyen principalmente el estado denominado “muerte cerebral”.

Este consiste en una total e irreversible muerte a nivel del cerebro y tronco cerebral, comprobada bajo estrictas normas médico-legales, mientras el cuerpo permanece en estado vegetativo, permitiendo extraer numerosos órganos que pueden servir para el trasplante a personas que así lo necesitan.

Indudablemente, todo tiene su lado oscuro; muchas veces la desesperación de familiares de enfermos y/o la existencia de personas oportunistas sin ningún tipo de ética, favorecen el tráfico ilícito con órganos de humanos de una manera despiadada y añadiendo como consecuencia otros tipos de delitos.

Incluso en Guatemala abundaron por un tiempo los rumores de asesinatos y tráfico de personas de todas las edades para obtener órganos. De allí la necesidad de normas y políticas que garanticen y regulen todo el proceso, y de instituciones que acompañen bien cada paso del mismo. Una disposición que a mí me parece central, sería la de prohibir la comercialización y venta de órganos.

En un lado de balanza hay muchas personas que necesitan órganos, del otro, muchas menos que están dispuestas a donarlos. Tal vez es porque algunos esperan retribución económica, o por cuestiones de pensamiento mágico o religioso, por falta de información al respecto, por desconfianza sobre el diagnóstico médico acerca de la muerte cerebral, por el concepto mismo de muerte cerebral, en fin, puede ser por muchas razones.

Pero lo podemos revertir desde nuestra intención de ayudar y dar a otros, de ser útiles, de ser solidarios con el sufrimiento de otras personas, de ser generosos, por pura conciencia social o porque simplemente esos órganos ya no nos van a servir. La posibilidad de dejar el mundo mejor de lo que lo encontramos sigue estando allí.

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