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Niños trabajadores
El balón y las muñecas, los libros y las aulas, los amigos, el estudio y las relaciones interpersonales quedan guardados en el baúl de una infancia perdida
Por:
Claudia Munaíz
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| El trabajo infantil en sus peores formas tiene efectos dramáticos en el desarrollo integral de los menores que lo realizan-. Foto Prensa Libre: Emerson Díaz. |
En la zona 9 de la capital, a las 9 horas del sábado, Juan-, de 10 años, se levanta, se calza sus tenis nuevos y se va al campo de fútbol a jugar con sus amigos.
En el cantón Siglo Primero, Retalhuleu, Fermina-, de 11 años, se despierta con el canto del gallo, toma el martillo y camina descalza para picar piedra. Son dos realidades en un mismo país.
Una triste obligación
El Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil, de la Organización Internacional del Trabajo (IPEC-OIT), estima que en el país 940 mil menores de edad, entre los 9 y 17 años, laboran en las peores condiciones.
A los 10 años no se elige picar la piedra o cortar café. El trabajo infantil forma parte de una necesidad de sobrevivencia familiar, sobre todo en el sector informal.
Por eso, cientos de niños y adolescentes se incorporan de manera muy temprana al mundo laboral, lejos de las escuelas.
“Después de picar piedra tengo que ayudar a mi mamá en la casa”, dice Angélica-, de 11 años.
Además de interrumpir el desarrollo integral del niño, el trabajo infantil conlleva infinidad de peligros para la salud y la integridad física de los pequeños que participan en él.
Entre las ocupaciones que encierran mayores riesgos para los menores se encuentran el trabajo en minas y canteras, en la construcción y elaboración de ladrillos, y en la producción de vidrio y cohetes.
La manipulación de pólvora se ha convertido en una de las actividades con mayores riesgos.
El mes pasado, Néstor Julián Sacul, de 14 años, falleció a causa de las quemaduras sufridas luego de la explosión en una cohetería en Alta Verapaz.
Asimismo, el trabajo doméstico, la agricultura o la prostitución infantil dejan huellas en los cuerpos y en las mentes de los más pequeños.
Futuro hipotecado
Pero uno de los principales problemas que subyacen es que los menores que trabajan no tienen acceso a la educación y viven en condiciones sociales pésimas.
De acuerdo con estudios del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), “existe una fuerte correlación entre las carencias de educación y pobreza, ya que las personas que terminan la secundaria tienen la posibilidad de obtener ingresos 178 por ciento superiores a los que sólo terminan primaria o no la terminan”.
Ajenos a esta exclusión educativa, los pequeños no son conscientes de que aprender a leer y escribir les abriría muchas puertas en el futuro.
“De mayor quiero ser doctora, para ayudar a la gente enferma”, manifiesta Ofelia-, de 9 años, mientras come una naranja en el relleno sanitario de la zona 3, de la capital.
Ella nunca ha oído hablar de la Convención de los Derechos del Niño, ratificada por Guatemala en 1990, ni de la Ley de Protección Integral de la Niñez y la Adolescencia, que indica en su artículo 51:
“Los niños, las niñas y los adolescentes tienen derecho a ser protegidos contra cualquier trabajo que pueda ser peligroso para su salud física y mental o que impida su acceso a la educación”.
Pero ¿qué ocurre cuando son los padres los que ignoran los derechos de sus hijos?
Políticas de protección
“Deben crearse políticas que protejan a las familias con alternativas de empleo. Aunque hayan aumentado las denuncias por explotación infantil, lo difícil es que en muchas ocasiones son los padres los que obligan a sus hijos a trabajar”, explica Nidia Aguilar, defensora de la Niñez de la Procuradoría de los Derechos Humanos (PDH).
Muchas de las consecuencias del trabajo infantil a largo plazo no están definidas. No existe un estudio de mortalidad juvenil que relacione causa y efecto.
Por ejemplo, la inhalación de productos tóxicos puede ocasionar enfermedades irreversibles e incluso mortales.
Existen soluciones para luchar contra estas formas laborales. “Es una realidad social que se debe cambiar no sólo con la educación, sino desde todas las áreas”, expresa Claudia Anleu, coordinadora de proyectos de la Liga Guatemalteca de Higiene Mental.
“No hay pobreza que justifique”
Las autoridades deben prohibir las actividades con altísimo riesgo para los pequeños y crear instancias locales que velen por sus derechos. Asimismo, descentralizar las actividades económicas, aumentar el importe de las becas escolares y coordinar esfuerzos entre los ministerios de Salud, Educación y Trabajo.
Con los menores de 14 años no se pueden hacer concesiones. “No hay pobreza que justifique este tipo de trabajos”, añade Aguilar.
Son las tareas de aquellos que cambiaron los lapiceros por las herramientas de labranza, el sonido de la música por el de los cohetes, sus camas para hacer las de otros y su par de zapatos para lustrar los de los demás. En fin, su infancia por una vida de adulto anticipada y un futuro hipotecado que nunca eligieron.
-Nombres ficticios y fotografías tomadas con consentimiento de los padres de los niños.
Sin derechos
La niñez es vulnerable:
¿Qué es el trabajo infantil? Trabajo o actividad económica que realizan niños y niñas menores de 14 años.
Según la OIT, el 26 por ciento de trabajadores son niños; el 14 por ciento, niñas.
Las peores formas de trabajo infantil incluyen servidumbre, niños en conflicto armado, prostitución, pornografía y actividades ilícitas.
Los Derechos Humanos de la Niñez y la Juventud se violan constantemente: ocho de cada 10 niños están desnutridos; cerca de 500 mil niños y jóvenes de entre 10 y 17 años trabajan (el 16 por ciento de la fuerza de trabajo son menores de 18 años). Hay 92 mil 800 niñas que trabajan como domésticas.
El 70 por ciento de los niños entre 7 y 12 años cursa primaria.
Jornadas de trabajo: “No voy a la escuela”
Claudia Pérez Quiche, de 13 años, no sabe que el trabajo que realiza implica grandes riesgos para su salud física y sicológica.
Desde que se levanta, hasta las 17 horas, trabaja picando piedra al borde de la carretera que lleva a Retalhuleu.
Camina junto a su madre y sus tres hermanas desde la aldea Cantón Siglo Primero, para tratar de ganar Q30 diarios, si la venta va bien. “Me tardo un día en hacer un montoncito de piedra, y el brazo me duele”, afirma Claudia.
Sin ningún tipo de protección en sus diminutas manos, golpea el piedrín con fuerza.
Su brazo derecho ha desarrollado más músculo que el izquierdo y tiene heridas por todo el cuerpo.
Tampoco se protegen los ojos y, en ocasiones, los trozos de piedra les lastiman.
“Mi madre dice que no hay otra opción, que hay que ayudar a traer dinero a casa porque somos pobres”.
La familia Pérez labora de lunes a sábado, de 6 a 17 horas. Para Claudia y los demás niños no queda tiempo para asistir a la escuela. “No puedo ir a estudiar porque tengo que ayudar en la casa”, se lamenta.
Por suerte, su madre, Sara Pérez, de 33 años, le dedica un tiempo para enseñarle a leer y escribir en las noches.
Los peligros y riesgos a los que están sometidos los menores que pican piedra son: golpes en extremidades, lesiones cortopunzantes, daños en brazos y manos, polvo y astillamiento en cuerpo y ojos, caída de piedra e inhalación de polvo.
Las peores formas: Las voces de los niños
La mayoría de los niños que se ocupan en las peores formas de trabajo catalogadas por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), no pueden asistir a la escuela.
Además del daño físico y sicológico al que se ven sometidos a diario, los pequeños tienen hipotecado su futuro.
Obligados a trabajar para ayudar económicamente a sus familias, la escuela y los juegos no encuentran lugar en sus vidas.
Juan-, de 14 años, es ayudante de albañil en una construcción en Suchitepéquez. Lleva ocho meses trabajando más de nueve horas diarias por un salario de Q40. Sólo descansa los domingos. “Estudié hasta cuarto grado”, cuenta.
Allí, Juan mezcla cemento. Al ver al ingeniero, se esconde por temor a que lo despidan.
Pero él no es el único que sufre explotación laboral.
En el relleno sanitario de la zona 3 de la capital, Pedro*, de 12 años, dice: “No existe ningún futuro para nosotros”.
Ana-, de 8 años, vende junto a su madre en un puesto de Santa Lucía Cotzumalguapa, Escuintla. “No tenemos dinero para estudiar”, afirma.
Julia-, de 13 años, es de Retalhuleu. Tiene que cuidar a su hermana mientras su madre pica piedra. “Después me dedico a hacer los oficios en la casa, barrer, hacer las camas, lavar la ropa, etc”, refiere.
No le queda tiempo para jugar. Tampoco a Juan, a Ana, a Julia, ni a ninguno de estos niños sin presente y sin futuro.
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