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Guatemala, miércoles 13 de diciembre de 2006

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Opinión

DE MIS NOTAS
La adopción es un rescate

No es epitafio o eslogan de campaña política; es la página que lo confronta a usted, a mí, a todos.
Por: Alfred Kaltschmitt

El niño o la niña tirada en el suelo comiendo basura. Su carita teñida de suciedad y mocos húmedos jugando entre los lloriqueos de otros hermanos, igualmente sumergidos en el cuadro de su paupérrima pobreza.

El padre, tan ausente como la mirada de la madre, concentrada en amamantar a su sexto vástago de 8 meses de edad y la desesperación de saber que está de nuevo embarazada.

Hambre, pobreza, enfermedad, lloriqueos y carencias: ese es el destino de muchos niños semiabandonados en la imposibilidad del buen cuido de sus pobres padres.

Si la sociedad no ventila esa necesidad, y de ella la mano caritativa para resolver el problema no surge, el dolor y la muerte seguirán echando raíces en esta sociedad, que es la suya, la mía, la nuestra.

Abogar por los niños abandonados, los niños no deseados, los niños maltratados, los niños muertos del futuro, los niños de la calle del futuro, los niños maleantes del mañana, los niños prostitutos y prostitutas que ayer fueron eso y hoy son escoria encerrados en Pavones y cárceles de ignominia, no es epitafio o eslogan de campaña política; es la página que lo confronta a usted, a mí, a todos.

¿Seguimos?... Mejor no. Da vergüenza. Y da vergüenza porque frente a mí, en una mesa opuesta en el restaurante del Hotel San Carlos, muy cercano a la embajada estadounidense, en donde se me ocurrió escribir esta columna, está una madre sin vientre propio, sosteniendo a un pequeño entre sus brazos.

Se mece de un lado a otro; su mirada no está perdida, sino totalmente enfocada en el rostro del infante. Su canto de madre adoptiva llega hasta mi mesa, se clava en mi corazón y ya no puedo seguirle el hilo a la reunión de negocios. Pierdo totalmente la concentración y me fijo en el rostro de esa madre, más madre que todas las madres paridas de la tierra.

Esa madre, que ha viajado miles de kilómetros, gastado miles de dólares, tramitado cientos de horas, entrevistado a innumerables burócratas y que hoy sigue tan dispuesta como hace un año, en querer darle la mano del para siempre a uno de esos niños que ayer vivía en ese cuadro que se pinta en todas las regiones del país.

Los dolores de parto no los tuvo unas horas, los ha sufrido durante todos esos meses de ilusiones, de expectativas, de retrasos, de trámites engorrosos y papeleos irreverentes, en donde las contracciones de dolor no venían del útero sino del corazón.

Hoy, sus ojos publican su felicidad. Ha terminado este parto con dolor, creado por la burocracia y la gente bien pensada que con las mejores intenciones genera lo apuesto a lo que apunta. Se lleva al niño a su nuevo hogar.

Un niño es el futuro del planeta. Es una semilla en cuyo gen se encuentran todos los niños del mundo, al infinito. Salvar a un niño es salvar el mundo. A uno solo. Y el amor de una madre y un padre adoptivos puede brillar con igual o más intensidad que los biológicos.

Y si hurgamos más, en la problemática de nuestra realidad tercermundista, la realidad es que la adopción es un rescate. El rescate de un infante condenado a un destino paupérrimo y miserable. Y el encuentro a una dádiva divina de invaluable significado: el amor. El amor de un compromiso de por vida y un destino programado por la mano misma de Dios.

Y por ello, como sociedad, no sólo no debemos impedirlo, sino con agradecimiento favorecer su consumación.

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