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Guatemala, miércoles 13 de diciembre de 2006

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Opinión

A CONTRALUZ
El fin del dictador

Pinochet representa un período de oprobio que nunca más debe repetirse.
Por: Haroldo Shetemul

EN OCTUBRE DE 1973, pocos días después del golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende, un escuadrón del Ejército chileno recorrió ese país con una misión muy concreta: exterminar a los opositores. Ese grupo, que recibió el nombre de “Caravana de la muerte”, se movía en helicóptero e iba de prisión en prisión para ejecutar a los prisioneros, a partir del 11 de septiembre de ese año. Las víctimas eran asesinadas y luego enterradas en tumbas sin nombre. Los familiares recuerdan que en la norteña localidad de Calama, por ejemplo, fueron elegidos al azar 26 prisioneros, a quienes torturaron, fusilaron y enterraron en una fosa común. Ese era el sello personal del régimen de terror que instauró Augusto Pinochet y cuyos métodos criminales extendió a Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, a través del Plan Cóndor.

TREINTA AÑOS DESPUÉS, en noviembre de 2003, Pinochet diría: “¿De qué voy a pedir perdón?”. El dictador jamás se arrepintió de sus crímenes, como sí lo hicieran varios militares del Ejército chileno cuando se enteraron de la magnitud de la devastación que ese régimen produjo en su país: tres mil asesinados, 35 mil torturados y 800 mil exiliados. Esa deuda con la justicia le habría jugado una mala pasada con su muerte, ya que ésta ocurrió en el Día internacional de los derechos humanos. En efecto, el tirano logró escabullirse de los tribunales y falleció sin conocer la cárcel que le correspondía. La única vez que la pasó mal fue entre octubre de 1998 y marzo de 2000, cuando estuvo bajo arresto domiciliario en Londres, luego de que el juez Baltasar Garzón pidiera su extradición a España por numerosas acusaciones judiciales.

PERO SI LA IZQUIERDA definía a Pinochet como un criminal, la derecha lo presentaba como un estadista que refundó la República chilena y eliminó el estado de bienestar. La dictadura les permitió a los Chicago Boys aplicar las enseñanzas de Milton Friedman para liberalizar la economía chilena, la cual fue publicitada como el modelo que seguir por las decadentes economías latinoamericanas. Para la derecha, no importaba que esa economía se hubiera levantado sobre los cadáveres de miles de opositores, ni que casi regalaran las empresas estatales. Pinochet era un dios, un intocable, porque hasta entonces navegaba con bandera de haber sido muy honrado.

“ESTE ES UN GOBIERNO honorable. Por eso es que el pueblo chileno nos apoya. Y cuando yo tenga que irme, llegaré hasta la notaría y retiraré mi sobre con mis haberes, nada más. Incluso, a lo mejor me voy con menos de lo que tenía cuando asumí este cargo”, dijo Pinochet, el 13 de septiembre de 1975. Esa imagen incólume, de adalid del anticomunismo y la honradez, se hizo añicos 30 años después. En 2005, un informe de la Subcomisión de Investigaciones del Senado de Estados Unidos reveló que el tirano había abierto 125 cuentas bancarias y depósitos en, al menos, siete bancos norteamericanos para guardar unos US$40 millones. La investigación determinó que el Riggs Bank actuó como banquero personal de Pinochet, y le ayudó a ocultar y trasladar fondos que provenían del Estado chileno. Se descubría públicamente que Pinochet había sido un corrupto que se sirvió de su poder ilimitado para robarle al pueblo chileno.

HOY YA NO EXISTE MÁS. Pinochet ha muerto sin que la justicia lo condenara por sus crímenes ni por su corruptela. Sin embargo, aún queda pendiente definir cuál será el destino de esa inmensa fortuna que amasó y que elegantemente recibiría el nombre de riqueza inexplicable. Ahora, la lucha deberá ir dirigida a que sus familiares no puedan disfrutar de esos fondos provenientes de la corrupción, y que deben ser empleados para resarcir a las víctimas de su tenebroso régimen. Es difícil esperar que descanse en paz; quizá lo mejor sea pedir que sus víctimas descansen en paz, porque ha muerto el victimario.

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