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Guatemala, sábado 23 de diciembre de 2006

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Opinión

ALEPH
Los mercados

Allí están los mil colores, sabores, olores y texturas de nuestro paisaje y de nuestras culturas.
Por: Carolina Escobar Sarti

Dicen que para saber por dónde va un país, hay que hacer dos cosas: prender la televisión e ir a sus mercados. Conjugar ambas lecturas, nos dará un panorama más o menos confiable de lo que pasa por allí.

En el caso de los mercados guatemaltecos, tan distintos de los europeos, sudamericanos o norteamericanos, y más parecidos a los mexicanos, encontramos los populares como el de La Terminal, los menos populares como el de la Villa de Guadalupe y los turísticos, como el Mercado de Artesanías, cercano al aeropuerto.

Estos centros vivos de cultura son muchas veces más valorados por los turistas que por los mismos guatemaltecos.

Quizá no son lo limpios o seguros que quisiéramos, pero son evidencia real de lo que somos.

Cuando el escritor peruano Santiago Roncagliolo vino al país hace algunos meses, escribió un texto al que llamó “El mercado de la esperanza”.

Cito algunos fragmentos del mismo: “El Mercado Central de Guatemala es, como todo mercado, una radiografía de los intereses de sus consumidores. Naturalmente, el primero de ellos es la comida: hay dulces de miel con almendras y chiles rellenos de carne, y frutas rojas y peludas. Hay puestos de verduras frescas y latas de picante. Hasta aquí, nada fuera de lo normal. Lo curioso es que, tras un rápido vistazo, la segunda necesidad básica guatemalteca parece ser el matrimonio. En efecto, buena parte de las tiendas están dedicadas a la decoración nupcial: grandes alas blancas de tecnopor, fotos de parejas tomadas de revistas glamorosas, pasteles de fantasía y muñecos de plástico en traje de boda constituyen un importante porcentaje de la mercadería expuesta”.

Y continúa: “El notable interés por casarse de los guatemaltecos es uno de los fenómenos más tiernos que he observado en mi viaje, pero no está aislado. En realidad, este país parece consumir grandes dosis de esperanza. En uno de los locales del Mercado Central, por ejemplo, hay una gruta dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, como si fuese una tienda más. La gente pasa, deja un donativo y reza un poco, y luego sigue comprando chiles rellenos. Y es que el tercer producto más vendido del mercado –tras la comida y los matrimonios– es la suerte”.

En numerosas tiendas a lo largo del mercado encuentra uno velas, inciensos y estampas de San Simón, entre otras imágenes divinas.

Sin embargo, lo más particular de la mercadería es que la suerte está asociada a la higiene personal. La mayoría de los productos son jabones, polvos y lociones.

Según los vendedores, la buenaventura se solicita en el baño. Compro el jabón Ven Dinero, para empezar. Es una pastilla ordinaria pero en la caja aparece una chica que recibe sonriente varios billetes de dólar.

Al abrirlo encuentro el manual de instrucciones, donde explica que “el jabón espiritual no es un amuleto, talismán ni objeto mágico, es un punto de apoyo personal para que adquieras autoconfianza personal; con este criterio aceptado, es un punto de apoyo mental para llevarte hacia arriba”.

Lugares de alimento, de pociones, de artesanías y cultura son los mercados. Actualmente, hay una hibridación técnica artesanal que ha desembocado en nuevas y hermosas creaciones, pero la madera y los tejidos siguen siendo los grandes preferidos.

Lamentablemente, los artesanos permanecen invisibles, porque la cara que vemos es la de los vendedores. Pero allí están los mil colores, sabores, olores y texturas de nuestro paisaje y de nuestras culturas, con toda su diversidad.

En la época navideña, los mercados son lugares obligados de paso que expelen el olor que brota de las tiras de manzanilla, las redes de pino o las coronas de pinabete.

Allí las manos recorren la textura rugosa de las ovejas de tuza y los venados hechos de ramas, mientras los ojos se abren a los colores encendidos de los gallitos, las chichitas y los sacos que desbordan aserrín.

Están las imperfectas, y por eso hermosas figuras de barro para los nacimientos, y los ranchitos para el Niño Dios. Todo está a pocos pasos de las carambolas y los aguacates, de los caites de cuero, las gallinas criollas y las bolsas típicas.

Una nación permanece viva sólo si su cultura permanece viva, y nuestros mercados son indudablemente espacios donde bullen la cultura y la vida.

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