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Vida breve: Amar es un verbo irregular
De mi media naranja han hecho una naranjada y no la encontré
Por:
Irina Darlée
Confieso que nunca tuve prisa de encontrarla y ahora ya se me ha pasado el tiempo de casarme.
Se casa siempre para algo, generalmente por la trampa que nos pone la naturaleza para multiplicarse.
La culpa la tienen las hormonas y las desarmonias conducen a un triste final de lo que comienza con una boda y sigue por rutina.
No en vano dicen que la diferencia entre la esposa y la amante, son 30 kilos.
Pero con una superabundancia de carne o con el esqueleto de las modelos, el amor se transforma y las naranjas se pudren.
Se puede engañar a otros, pero no a si misma y una sabe perfectamente cuando ha dejado de amar.
Como escritora observo la vida propia y la de otra gente. La mayoría no se aman sino se necesitan, como el carnicero necesita a su mujer pues ella es la que vende la carne en su carnicería, así ellos se complementan, tienen las mismas ambiciones y son inseparables hasta que la muerte los separa.
Si tienen hijos, quieren que sean carniceros también para seguir vendiendo las salchichas que aprendieron a elaborar al lado de su padre, del que son el motivo de su orgullo.
Si en lugar de una tienda tienen varias, la felicidad es completa. La mujer se puede permitir el lujo de envejecer y engordar y los hijos heredan el negocio.
El problema surge si los hijos del carnicero no quieren convertirse en carniceros sino en filósofos.
Conocí un caso donde un matrimonio horrorizado que su hijo no quería ofrecer chuletas, estaba empeñado en estudiar filosofía.
Le llevaron a un psicólogo y aprendieron a su pesar que el muchacho no estaba loco sino pensativo.
Seguros que se moriría de hambre si no estaría vendiendo carne, sus padres le dieron dinero para que viajara, pero volvió queriendo ser filósofo.
"Mejor te casas y te vuelves un padre de familia responsable". El hijo no quería una familia, ni unos hijos que iban a parecerse en lo físico a él y en lo espiritual a su madrecita.
Al final no supe que final tuvo el filósofo que debía ser carnicero y no ha querido serlo.
Yo, según mi madre, debía ser independiente, pues sólo así me casaría por un gran amor.
Ella me hizo aprender idiomas y escribir a máquina. Lo aprendí pero no me independice de mi madre, la que me guiaba. La gente pocas veces se casa, creo, por un gran amor.
Lo hacen para no estar solas y para tener hijos o para luchar juntos, como lo hizo el carnicero con su mujer, despachando carne de res y de marrano en su tienda sin cansarse de hacer dinero.
Yo no me casé para no tener que divorciarme. Ahora soy "soltera de vocación". Hay quien se enorgullece de ser madre soltera, pero no me gustaría ser madre de hijos sin padre.
Algún día ellos me lo podrían haber reclamado. Con el tiempo me quedé solita.
Murieron mis padres y no hay otros, ellos sí son nuestros amores únicos e irremplazables.
Los hijos dejan a una y se van y hay que dejarles ir, pues no nos pertenece su vida, aunque se la hemos dado.
Un día, en España, un condiscípulo mío de filosofía se enamoró perdidamente de una amiga mía, una alemanita, rubia como el trigo y de ojos azules como el mar, interesada en aprender español. El la llevó a una discoteca. Era una noche de luna llena y le declaró su amor.
Pero ella sólo le preguntó si "amar" era verbo regular o irregular, lo que decepcionó totalmente al muchacho.
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