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Guatemala, viernes 02 de junio de 2006

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Opinión

EDITORIAL
El alto costo de la mediocridad

Los esfuerzos de Guatemala para logar un espacio en el disputado campo de la competencia universal, y al mismo tiempo sus limitados avances al respecto, apuntan a la penosa realidad de un país cuyo modelo de educación y de valores ha carecido del propósito de superar la mediocridad.

La globalización y los diversos fenómenos atinentes a la nueva dinámica económica han tomado al país de sorpresa, pues no está preparado en infinidad de campos, como la certeza jurídica, la seguridad ciudadana, la infraestructura y el nivel de ética pública para competir con otras naciones que, gracias a haber superado hace mucho tiempo esos escollos, atraen en la actualidad la inversión extranjera y otros productos de la relación entre naciones que representan beneficios socioeconómicos.

Indudablemente, Guatemala paga ahora los frutos de la mediocridad ancestral, pues la conducta social, casi sin excepciones, ha girado en torno del cortoplacismo, del trabajo al desgano, de la superficialidad y, ante todo, del temor al cambio, porque nadie consideró el costo a futuro de consumir la existencia de la nación en la improductividad y el ocio.

Aún hoy, frente a la disyuntiva patria de desesperezarse o morir, el aparato responsable de hacerla diferente ante el mundo camina, indolente, a paso de tortuga, y parece estar sujeto a un lastre que no le permite apresurar el paso.

Por ejemplo, los diputados conocen la urgencia de emitir las leyes relacionadas con la seguridad pública y carcelaria, el comercio exterior y la transparencia en el pago de impuestos y, sin embargo, se mantienen enfrascados en discusiones estériles, mientras los países vecinos acaparan las inversiones.

Con su mal desempleo, jueces, fiscales, policías y la burocracia en general parecen estar confabulados para consolidar el fracaso, en tanto los políticos son incapaces de articular una visión común de la nación anhelada, de manera que todos caminen hacia ese mismo derrotero, indistintamente de quién se encuentre en el control del Gobierno.

Con sus características naturales y socioculturales únicas en el mundo, Guatemala no se merece este derrotero en que la tiene sumida la indolencia. Ante su potencial resulta un acierto lo expresado alguna vez por el escritor británico Chesterton, de que la mediocridad consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta de ella.

Seguramente nada cambiará en tanto los guatemaltecos no se decidan a ser diferentes, exigentes, disciplinados; a tener sueños y a luchar por alcanzarlos, a proponerse la excelencia como forma de vida, para hacer las cosas bien, tanto en cantidad como en calidad, y para cobrar característica de liderazgo.

Hay en el mundo suficientes modelos de eficiencia, y su experiencia es gratuita. Imitarlos no deshonra, sino enaltece, porque como se estila decir, no hay mayor pecado en este mundo que conocer al líder y no seguirlo ni imitarlo.

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