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Guatemala, lunes 06 de marzo de 2006

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Cultura

Cabalgalibros: Lo más reciente en poesía
Los magos del crepúsculo, de Wingston González
Por: Juan Carlos Lemus

Muchos poemarios recientes de escritores nacionales tienen que ser leídos con dos dedos sobre la nariz, pues a pesar de que han sido calificados de “geniales”, en realidad agobian. No es el caso, afortunadamente, de Los magos del crepúsculo [y blues otra vez], de Wingston González (Livingston, Izabal, 1986).

Se trata de un libro cuya forma y contenido están muy por encima de la poesía corrientemente hallada en los anaqueles nacionales.

Aclaremos -a quienes gustan de leer sólo poemas escritos por viejitos (de flores, terruños y paisajes)- que se trata de un libro en el que hay gusanos, cadáveres y otras sales infernales, pero tales bichos bailan bien y estrujan la imagen con la fuerza que se exige al buen poeta.

Wingston González habla desde adentro, con honestidad, desde eso que los asiáticos llaman plexo y los occidentales corazón. Y si algo exigimos a la poesía es autenticidad, tal como la trasluce WG. De manera que podríamos exclamar: Ha nacido un Monstruo.

Su libro es sorprendentemente grato y rítmico, pero, ojo, nuestro poeta empieza a quedarse varado por el canto de Sirenas después de setenta páginas (el libro tiene noventa y ocho).

A dicha altura se queda enamorado de su fluir de conciencia, se autocomplace hasta el hartazgo con su posible bestialidad que poco a poco lo acerca a los Dadás y demás muertos.

Van apareciendo gráficas y otros toques formales “revolucionarios” que se usaron hace mucho.

Recordemos el poema Fmsbw del vienés Raoul Hausmann (1886-1971) y su introducción al terreno literario del “irracionalismo más absoluto”; o el Poema fónico mudo de Man Ray, aparecido en 1924, o las jitanjáforas, las cuales practica en alguna parte WG.

Está bien, hemos asistido al nacimiento de nuevos versos, pero después ya nos adentramos en las cavernas de un “Jesús con un ramo de piedras negras”, en un “besar las puertas de los indigentes” y otras alucinaciones tan fantásticas como esas escritas por WG y que fueron las trampas favoritas de los siglos XIX y principios del XX (Buenos días, estamos en el XXI).

Tales trucos no son dignos de figurar en Los Magos del crepúsculo, como tampoco lo es esta línea tan espeluznante: “guardemosesteamorparanosotrossolitos”. Avanzamos y siguen apareciendo acuchillados emocionales y desvaríos alucinantes.

Digamos que el poeta sufrió de ambición cuantitativa.

En consecuencia, quedan al descubierto los desvelos y aparecen poemas cada vez más ojerosos.

En su “Tagore tralengueteando el noble Nobel” WG se anima con las jitanjáforas y más adelante viola la ortografía. Bien por él, mal por el poemario.

El autor tendrá que descubrir por sí solo que su libro no necesita de trucos para ser feliz.

Tampoco es necesario escribir al revés, como lo hace: “orberec ut ed odnagloc”.

Esos enredos fueron diseñados, en su momento, con una filosofía que los avaló, pero en este siglo son utilizados como cuñas para poemarios tontos, y WG no necesita llenar de ruido una página pues tiene toda la madera que requiere un buen poeta.

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