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Guatemala, jueves 09 de agosto de 2007

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Opinión

ALEPH
La novela del siglo

Los dos agentes detenidos, al igual que los cuatro que fueron degollados en El Boquerón, tienen tres roscas de seguridad protegiéndolos.
Por: Carolina Escobar Sarti

Cada siglo y cada país tienen sus crímenes memorables. No me cabe la menor duda de que el asesinato de los tres diputados salvadoreños y su piloto-guardaespaldas, ocurrido en Guatemala en febrero de este año, marcó ya nuestro siglo XXI.

Un carro incendiado en una finca situada en las cercanías de la capital guatemalteca y cuatro cadáveres calcinados con perforaciones de bala son los hechos que inicialmente definen este oscuro suceso. Una escena de la película El Padrino, sin más ni más.

Informaciones posteriores comienzan a darle cierta forma a este hecho de violencia que aún está por resolverse. Los diputados representaban a la derecha salvadoreña en el Parlamento Centroamericano (Parlacen); uno de ellos era hijo del fundador del partido Arena, quien, en su momento, respaldó también la formación de los escuadrones de la muerte en ese país. Por cierto, el asesinato se produce en la fecha de aniversario de fundación del mencionado partido, sólo que, coyunturalmente, en un país vecino.

Posteriores declaraciones de investigadores salvadoreños complicaron aún más las cosas. Éstas insinuaron que en el doble fondo del baúl del carro incinerado habían escondido una cantidad millonaria de dólares en efectivo.

Por supuesto, esta versión fue desvaneciéndose poco a poco, hasta que nadie la volvió a mencionar; incluso llegó a ser desmentida por quien entonces fuera nuestro ministro de Gobernación. Pero ya nadie podía quitarse de la cabeza que el escabroso suceso estaba, de alguna manera, relacionado con el narcotráfico y el crimen organizado.

A los pocos días, y gracias a las presiones internacionales, principalmente (porque nuestro Ministerio Público nunca ha resuelto ni el 5 por ciento de los casos que tiene que investigar), atraparon a los cuatro supuestos autores materiales del asesinato.

Eran cuatro policías, y fueron llevados a la cárcel de El Boquerón, bajo extremas medidas de seguridad que, al final, no sirvieron de nada; todos fueron degollados y baleados en sus celdas, de acuerdo con un informe de los bomberos. “Aquí ha corrido mucho dinero. Detrás del crimen hay más que un ataque de mareros”, dijo el ministro de Gobernación. Los reclusos contaron que un comando armado había ingresado en la cárcel a la hora de la visita del domingo, con permiso de los guardias. Lo demás es historia.

Después de ese suceso, las cosas se enmarañaron de verdad. Surgieron los datos de investigaciones que descubrieron los nexos de la banda de Jalpatagua con distintos carteles de la droga que operan en el país, y se comenzó a atar cabos sobre la infiltración del narcotráfico en diferentes instancias del Estado.

Se barajan también los nombres de diputados y candidatos a alcaldes vinculados a los narcos, y llegamos al punto actual, que sitúa en la cárcel a dos agentes de la Dirección de Investigaciones Criminológicas (Dinc), por considerarlos autores intelectuales del crimen. Una cosa va hilvanando la otra, y parece que esto toca círculos muy altos de poder en la región centroamericana.

Los dos agentes detenidos, al igual que los cuatro que fueron degollados en El Boquerón, tienen tres roscas de seguridad protegiéndolos. A éstos los pusieron en la cárcel de mujeres, con todos los riesgos que esto representa para ellas.

Allí, se detectó que dos mujeres se hicieron apresar recientemente para determinar cuál es la ubicación precisa de los agentes; además, se produjo un apagón de luz hace pocos días, que algunos consideran un ensayo para determinar cómo vulnerar el sistema de seguridad de esa cárcel.

Así que no sólo ponen a las mujeres en una situación de inseguridad por cuidar a estos dos posibles informantes, sino que al sumar las evidencias, parece que no los quieren dejar hablar.

Es de imaginarse hasta dónde ha tendido sus tentáculos el poder paralelo cuando se escuchan declaraciones como la que dio uno de los degollados antes de morir: “Prefiero el suicidio antes que hablar; si no, me matan”. De todas maneras lo mataron, y la novela continúa...

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