|
PERSISTENCIA Castillo Armas, en “El Sumario...” (II)
Las autoridades tomaron como chivo expiatorio a un soldado solitario, a quien acusaban de ser admirador del comunismo internacional.
Por:
Margarita Carrera
El 26 de julio de 1957, cuando parecía que el nuevo régimen anticomunista se había fortalecido, salió una noticia en primera plana de todos los periódicos: Castillo Armas había sido asesinado en la Casa Presidencial, lo que hizo que la vida se paralizara de la noche a la mañana.
El féretro estaba en el Palacio y la gente hacía colas inmensas para despedirlo. Lo tuvieron dos o tres días, para que todos pudieran visitarlo. Después, se llevó a cabo un cortejo fúnebre suntuoso, como si fuera el presidente de los Estados Unidos.
Yo no podía creer cómo el pueblo guatemalteco lloraba a mares la muerte de aquel vendepatria.
Me parecía imposible que los humildes le demostraran tanto cariño. Pero aquel militar impuesto por el Gobierno de los Estados Unidos era amado por las turbas hundidas, como siempre, en el fanatismo y la ignorancia. ¿Las mismas que años atrás habían vitoreado a Arévalo? No lo creo.
El original de mi libro El sumario del recuerdo ampliaba más este relato. He aquí una de las tantas partes borradas de mi obra.
Sobre quién o quiénes habían ordenado el asesinato de Castillo Armas, se rumoraba que terratenientes, que lo habían apoyado en contra de Árbenz, lo habían mandado a matar. Castillo Armas los había enfrentado días antes, exigiéndoles mejor trato a los campesinos; también los había amenazado con separarlos de su gabinete y en su lugar nombrar a gente de la oposición si no mejoraban las prestaciones de los trabajadores.
La respuesta no se hizo esperar. Antes de poner en práctica sus amenazas, lo mataron en la Casa Presidencial, sin saberse jamás quién o quiénes fueron los culpables.
Las autoridades trataron de distraer la atención tomando como chivo expiatorio a un soldado solitario, a quien se acusaba de ser admirador del comunismo internacional. Como era de esperarse, este soldado fue asesinado inmediatamente. (La historia inventada sobre este soldado fue exactamente la misma que se inventó años más tarde, cuando se tomó como chivo expiatorio a un hombre que amaba la Unión Soviética, culpándolo del asesinato de John Kennedy. También a este chivo expiatorio se le dio muerte de inmediato).
Alejandro Maldonado Aguirre, en su libro Testigo de los testigos, relata lo acontecido el 10 de junio de 1957, cuando Castillo Armas daba a conocer a los periodistas Clemente Marroquín Rojas, Pedro Julio García y Manuel María Ávila Ayala una ley inquietante: por la plusvalía, había acordado imponer a los empresarios un alto impuesto a las exportaciones de café.
Según Maldonado Aguirre, al oír la crítica que Marroquín Rojas hacía de dicha ley, Castillo Armas respondió con un alegato en favor de los campesinos guatemaltecos: estas habrían sido sus palabras, según Maldonado: “¿Quiénes son los que políticamente se oponen a esta ley? ¿Serán los tres millones de guatemaltecos que no tienen un real entre la bolsa, o serán los 20 mil que tienen algo?... Lo que a mí más me interesa es hacer frente a las responsabilidades que tenemos con el pueblo.
¿En los bolsillos de quién están esos 14 millones (incremento al precio del café)? ¿Eso está en el bolsillo de los caficultores y del Estado por el cobro de sus impuestos? ¡Pero el Estado hasta disminuyó el impuesto pasado! Nuestra política no se encamina a que ellos no perciban los 14 millones. Ojalá fueran 50 más.
Lo que perseguimos es que esa utilidad se distribuya equitativamente, que de los 14 millones, se hubieran quedado con 10 y repartido cuatro entre los trabajadores”.
Asimismo, puede que los Estados Unidos hayan defendido algunas instituciones y leyes revolucionarias frente a los liberacionistas, cuya mentalidad era casi medieval. Porque al Imperio le convenía que Guatemala progresara y hubiera un mínimo de justicia social, sin caer necesariamente en el comunismo.
|