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VIDA BREVE La fascinación telefónica
Por:
Irina Darlée
Hay días en los que no queda otro remedio que encaminarse a un centro comercial. En casi todos ellos sucede lo mismo. La empleada de la tienda telefonea con tenacidad y al cliente no le queda más remedio que esperarla y no desesperarse.
La joven dependiente del teléfono repite tres veces “entonces, venga por mí a las seis; a las seis te espero; oyes a las seis nos podremos ir” y esto lo vuelve a repetir otras tres veces.
Estoy tentada de decirle que está hablando con un cretino al que tantas veces hay que repetir lo mismo. Parece que no capta, tampoco capta ella que los clientes suelen tener prisa, que les están cobrando el parqueo y, como si yo fuera una nonagenaria ya me hubiera desmayado de estar tanto tiempo de pie esperándola, mientras dice y vuelve a decir lo mismo y se empeña en no soltar el teléfono, pues sigue hablando de la última Navidad y sus próximas vacaciones que por lo visto añora.
Sigo caminando a lo largo de las tiendas, tratando de entrar a algún almacén cuya empleada no estuviera hablando por teléfono. Encuentro un comercio donde tres vendedoras alegres están hablando en un rincón. En vano espero que se venga alguna. Siguen hablando con firmeza y “delicadeza”.
“Señoritas, ¿tendrían ustedes la gentileza de atenderme?”, las interrumpo y lentamente se me acerca una mal encarada para después decirme “no hay” a todo lo que hubiera querido comprar.
Evidentemente lo hace para librarse de mí y por fin me asegura que lo que necesito habrá en otra tienda, la de enfrente. Allí también me dijeron “no hay”, para no perder su tiempo y recuperar su libertad para seguir hablando con unas amigas.
Sigo andando y trato de excavar, en esta triste encrucijada existencial quién quisiera atenderme.
En este mundo hay que tener paciencia, mucha paciencia. Aristóteles me sirve de guía y, a veces, Platón en mis relaciones sociales con las que tienen la manía telefónica en todas las ventanillas de los cajeros del Estado, manía que ha de ser prenatal de los genes de los funcionarios que no funcionan y no necesitan apurarse para ser felices y vivir dichosos con el teléfono celular en la mano.
También los conductores de los automóviles los usan con deleite en plena marcha y en las curvas. Sobre todo son las mujeres las que telefonean sobre ruedas y probablemente preguntan a la niñera, si su niño todavía sigue vivo y coleando tomando la pacha, y así controlar si esa hembra está pendiente del niño y no del teléfono, pues también llama a su casa.
Proveniente de la misma perniciosa costumbre de hacer llamadas a sus amigas comentando que “la hija de una familia distinguida puso la nota discordante al quedar embarazada, por lo cual la tía casada con el padre de su cuñada, le contó aquello que tú ya sabes”, etc.
Es difícil comprender lo no susceptible de ser entendido racionalmente, para qué conservar esté tipo de empleados que tanto hablan sin decir nada, y no ameritan su sueldo, si tienen esta fascinación telefónica procedente de sus genes.
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