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COLABORACION Inspectores de monumentos históricos
La trágica depredación del patrimonio histórico empezaba a despertar serias preocupaciones.
Por: Sébastien Perrot-Minnot
“Tan numerosos y más variados como los de algunos países vecinos (los monumentos históricos de Francia) no pertenecen solamente a tal o tal fase aislada de la historia, forman una serie completa y sin laguna; desde los druidas y hasta hoy, no existe una sola época memorable del arte y la civilización que no haya dejado en nuestras comarcas monumentos que la representan y la explican”. Así se expresaba, en 1830, François Guizot, ministro del rey de los franceses, Luis Felipe I.
Pocos días antes, la revolución liberal de las “Tres Gloriosas” había derrocado al rey Carlos X, provocando en Francia el noveno cambio de régimen político desde el comienzo de la Revolución Francesa (1789-1799). Como lo reconoció Jean-François-César, barón de Guilhermy: “Las barricadas de 1830 se levantaban en las calles de París, y el gobierno no tenía la libertad de hacer arqueología”.
Sin embargo, la trágica depredación del patrimonio histórico empezaba a despertar serias preocupaciones. Entre 1825 y 1832, el poeta Víctor Hugo redactó virulentos panfletos para declarar la “guerra a los demoledores”.
La situación llevó Guizot a recomendar a Luis Felipe la creación de un puesto de Inspector de Monumentos, encargado de “recorrer todos los departamentos de Francia, asegurarse en cada lugar de la importancia histórica o del mérito artístico de los monumentos, colectar todas las informaciones relacionadas con la dispersión de los títulos o de los objetos que pueden alumbrar el origen, la evolución o la destrucción de cada edificio, aconsejar a los propietarios sobre el interés de los edificios cuya conservación depende de sus cuidados y finalmente estimular, dirigiéndolo, el celo de todos los consejos de departamentos y municipalidades, de manera que ningún monumento de un incontestable mérito pereciera a causa de la ignorancia o la precipitación...”.
Con base en el informe de Guizot, Ludovic Vitet se volvió el primer Inspector de Monumentos Históricos de la época contemporánea. Desde un principio, su labor encontró fuertes resistencias, especialmente de parte de las autoridades locales.
Desesperado, escribió a Guizot: “Imposible de razonarlos, y si no me arma de un pedazo de artículo de ley, en 10 años ya no habrá ni un monumento en Francia”.
En 1833, Vitet solicitó que ciertos edificios fueran declarados “monumentos nacionales”, pero al año siguiente recibió otro cargo, y el joven Prosper Mérimée, reconocido escritor (como Vitet, fue recibido en la Academia Francesa), se convirtió en el nuevo Inspector de Monumentos.
En este puesto, que ocupó hasta 1852, demostró una inagotable energía, luchando contra los destructores y supuestos “restauradores” sin escrúpulos. La revolución industrial y sus consecuencias en el patrimonio complicaron la tarea de Mérimée, que se quejaba de las limitaciones presupuestarias.
Opinaba que un Inspector de Monumentos era una “vox clamantis in deserto”, una voz clamando en el desierto... No obstante, reconociendo su valiosa obra, el Gobierno francés le confirió en 1852 la Legión de Honor.
Las convicciones y las acciones de Vitet y Mérimée merecen ser elogiadas, ya que permitieron preservar tantas bellezas que podemos admirar hoy en Francia, uno de los países más turísticos del mundo.
Más allá, lo que vivieron y expresaron los dos inspectores de Monumentos, hace más de siglo y medio, nos da muchas lecciones para el presente.
Los inspectores de hoy siguen enfrentándose con la indiferencia o la incomprensión, sin embargo, su cargo es de la mayor importancia para la preservación de la riqueza cultural de cada nación y la humanidad entera.
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