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EDITORIAL Ante el indudable caos vial futuro
Los problemas que como consecuencia del inicio de operaciones del Transmetro sufren los automovilistas y, en general, las personas que deben transportarse diariamente desde la parte sur de la capital y municipios aledaños a esa área, son una muestra de lo que sucederá en toda la ciudad, de continuar inalterable la combinación de un desmedido crecimiento del parque vehicular con una excesivamente escasa construcción de vías de acceso.
Se trata de un problema que trasciende el área capitalina y alcanza a la totalidad del país, y se debe a que simple y sencillamente el número de automotores de toda clase aumenta de manera constante, en una “superpoblación” que ya empezó a provocar el colapso de la posibilidad de transportarse de un lugar a otro en tiempos aceptables.
Los números no dejan mucho a la imaginación. Según la Asociación de Importadores y Distribuidores de Vehículos, entre 2000 y 2006 ingresaron 414 mil vehículos, lo cual hace un promedio de 69 mil anuales, es decir, mil 300 a la semana. El año recién pasado ingresaron casi 120 mil, lo que representa un 76 por ciento más que en 2005 y duplica a los que llegaron en 2000. Si se supone que la cuarta parte de esos carros sustituye a otros que terminaron su tiempo de servicio, se han agregado unos 300 mil. Y en 10 años habrá alrededor de medio millón más.
Es evidente que las nuevas obras para el servicio vehicular ni de lejos alcanzan para absorber este aumento, y que el problema se agudiza en la capital, pero también está presente en todas las ciudades importantes del país. Un ejemplo es Chimaltenango, donde el paso por la ciudad, situada en plena carretera al occidente, ya toma media hora o hasta más durante los fines de semana, al haberse convertido en un cuello de botella que obliga a construir de inmediato un periférico allí.
Para arreglar el problema es necesario construir o ampliar carreteras alternas que descarguen el tránsito, hacer lo mismo con periféricos, y también tomar medidas que regulen el tránsito de las ciudades.
A todas luces es un asunto que no puede ser solucionado por cada municipalidad, como se le vaya ocurriendo a sus autoridades, ni sólo por el Ministerio de Comunicaciones. El trabajo debe ser conjunto, con asesoría nacional e internacional, porque tendrá efectos insospechados en las áreas económicas, sociales e incluso políticas, si continúan los embotellamientos que ahora ya empezaron a manifestarse de manera clara.
Otro factor de igual importancia es la planificación de sistemas de transporte colectivo en realidad masivo. La gente no los utiliza porque tienen demasiados problemas: mal estado de las unidades, inseguridad, y así un largo etcétera.
La Ciudad de Guatemala es la metrópoli del istmo centroamericano y ya manifiesta los problemas de toda ciudad grande, con la complicación adicional de que desde hace décadas, por razones políticas, no fue autorizado el plan regulador. Ahora, todo saldrá más caro, será más complicado, pero es absolutamente inevitable. En cuanto al caos vehicular, el futuro ya ha comenzado.
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