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Estado, Empresa y Sociedad: Transporte colectivo y vehículos particulares
Por:
José Alejandro Arévalo Alburez
Opinión
Sólo el año pasado el parque vehicular aumentó en 222 mil 204 vehículos (20.6 por ciento), para totalizar un millón 302 mil 272 vehículos. En cuatro años habremos duplicado la cantidad de vehículos en circulación.
Esto explica por qué las calles ya no se dan abasto para absorber tanto vehículo y nos encontramos atascados a todas horas y en casi cualquier punto de la capital y sus accesos.
No importa cuantos pasos a desnivel se construyan o el esfuerzo de los policías municipales de Tránsito, o el uso de semáforos (tontos, inteligentes, satelitales o lo que sea), la realidad es que en las calles de la ciudad ya no caben más vehículos. No nos engañemos.
Así como lastimosamente conocemos varias experiencias ingratas de pésimos servicios públicos prestados por el Gobierno, en la ciudad el transporte colectivo es la peor expresión de un servicio privado, porque los dueños de los buses urbanos son particulares.
Desde hace años la autoridad municipal y el Gobierno parecieran haber abdicado a ordenar y mejorar este servicio privado de transporte público o colectivo.
Hemos sido testigos que los dueños de los buses han tenido el “sartén por el mango” porque, cada vez que se ha intentado ordenar o liberar el mercado o revisar los precios del transporte público, el resultado han sido cruentas manifestaciones por la resistencia de los usuarios a pagar más.
El subsidio fiscal es una especie de extorsión de parte de quienes controlan la oferta y que, por otro lado, tampoco pueden sincerar sus costos ni elevar los precios.
Inseguridad, obsolescencia, contaminación, peligrosidad, suciedad y pésima atención a los usuarios de este servicio privado de transporte colectivo han hecho que adquirir un “pichirilo” usado sea una de las aspiraciones de la mayoría de familias guatemaltecas.
Ante la ausencia de un sistema de transporte colectivo de calidad, dos de cada tres carros que se agregan al parque vehicular corresponde a automores usados, rodados.
Según las encuestas, aunque 48 por ciento de las familias metropolitanas posee vehículo, 75 por ciento utiliza cotidianamente las camionetas.
Ante este panorama, el gobierno municipal decidió poner en práctica el establecimiento de un sistema metropolitano de servicio público de transporte masivo o colectivo, llamado Transmetro, mediante autobuses articulados que, con uso de vías exclusivas, trasladan a miles de personas desde las entradas de la ciudad hasta el Centro Cívico.
El primer ramal, el del sur, diseñado por la administración anterior, fue puesto en operaciones recientemente.
Pareciera que las circunstancias obligaron a ponerlo en operación antes de estar totalmente terminado y aplicar aquél refrán de que: “en el camino se arreglan las cargas que llevan las carretas”.
Esto ha dado imagen de improvisación que no es lo característico del alcalde capitalino, quien siempre ha demostrado coraje y decisión inquebrantable en todos sus programas de proyección social, aunque al principio haya sido incomprendido y vilipendiado pero, al final, el tiempo le ha dado la razón.
Las críticas de los automovilistas que representamos el restante 25 por ciento, que usamos vehículos particulares para movilizarnos, nos sentimos afectados porque las vías exclusivas del Transmetro reducen un carril de las sobrecargadas calles de la capital.
Pero si el Transmetro logra sobrevivir a la crítica y mejora las falencias de principiante, será un cambio radical para la transportación masiva urbana.
Mientras tanto, pareciera haber aflorado el conflicto subyacente entre la mayoría peatonal que debe usar el transporte colectivo, y quienes poseemos vehículo propio que celebramos cada vez que construyen un paso a desnivel; pero ahora despotricamos contra las vías exclusivas del Transmetro.
El verdadero desafío de las autoridades municipales es lograr satisfacer los intereses de ambos sectores, sin menoscabo de uno ni otro.
Solidaridad y egoísmo contrastan, sin percatarnos que todos perderemos si no vemos el problema desde una perspectiva integral.
Si sólo criticamos destructivamente y no encontramos soluciones, al final todos podemos terminar siendo peatones.
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