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TIEMPO Y DESTINO Tiempo de paz
En Guatemala es posible todo lo que parecía imposible.
Por:
Luis Morales Chúa
Asistí el jueves pasado al homenaje rendido por el Gobierno de la República a los guatemaltecos que participamos en las negociaciones que culminaron con el Acuerdo de Paz Firme y Duradera, firmado en diciembre de 1996.
El acto se desarrolló en el Palacio Nacional de la Cultura, y tuve la oportunidad de saludar a algunos de los amigos y conocidos que hicieron posible ese acontecimiento nacional que, como he dicho en otras oportunidades, no es solamente el cierre de un ciclo de treinta y seis años de enfrentamiento armado, sino también el principio de otro período durante el cual debemos sustituir la mentalidad de dominio opresivo, por una concienciación acerca de los beneficios inmensos de la paz sin injusticias.
¿Qué sucedió el jueves en el Palacio Nacional de la Cultura? Hubo un encuentro civilizado y cordial entre los que en el pasado combatieron con las armas en la mano, bajo el alero de ideologías y propósitos contrapuestos, y de quienes por medios políticos y pacíficos ayudamos a poner fin a esa lucha, cuyos efectos han cambiado a Guatemala.
El general Otto Pérez Molina, por ejemplo, ahora candidato a presidente -y, por cierto, muy amigo del presidente de Venezuela, Hugo Chávez-, y otros militares más, departieron con los ex comandantes de la URNG; dirigentes indígenas, funcionarios públicos encabezados por el vicepresidente de la República, en funciones presidenciales transitorias, Eduardo Stein; embajadores, representantes de organismos internacionales, y todos los que respondimos a la invitación. Muchos, por cierto, pues el Patio de la Paz estaba totalmente lleno.
Es el mismo lugar donde hace poco más de diez años fue firmado el histórico acuerdo final, en presencia del secretario general de las Naciones Unidas y de otras personas, con funciones de alto rango, que hicieron posible la fructificación de las negociaciones.
Esa reunión -a la cual afluyeron distintas formas de pensar acerca de la patria- me afirma en la creencia de que en nuestro país es viable establecer una unidad nacional de nuevo estilo, que podría terminar con siglos de dominio de una parte minoritaria de la población, contra la inmensa mayoría, para que Guatemala sea patrimonio de todos y no finca de unos cuantos; y poner fin al desequilibro social existente, la discriminación, el racismo, la exclusión, el analfabetismo y la pobreza que afecta al 80 por ciento de la población y erradicar la pobreza extrema que gravita sobre millones de guatemaltecos. Y para lograr esto es necesario entender que es indispensable un esfuerzo de todos para eliminar las causas que dieron origen al conflicto armado.
¿Cómo se podría lograr eso? Siguiendo los caminos señalados por los Acuerdos de Paz, que son una agenda nacional elaborada pacientemente por todos los sectores de la sociedad, con la cooperación amistosa de la comunidad internacional y de algunos países en particular, como España, cuyo aporte a las negociaciones de paz debe ser estimado en su verdadera dimensión y justamente valorado.
Para mí fue agradable ver de nuevo -y estrechar sus manos- al ex embajador español Juan Pablo De Laiglesia y a Yago Pico de Coaña quienes, por muchos motivos, están ligados a la historia de nuestro país.
Ahora mismo han venido para participar en el Seminario Misión de Paz, Visión del Futuro, organizado por el vicepresidente de la República, como parte de las celebraciones del décimo aniversario de la firma del Acuerdo de Paz Firme y Duradera; seminario que terminó ayer en la Antigua Guatemala, con un discurso de Rigoberta Menchú, cuya naciente candidatura presidencial ha causado un estremecimiento cardíaco en el esquema político nacional y concitado el interés del mundo.
Ella fortalece la idea de que en Guatemala es posible todo lo que hasta hace poco parecía imposible. Y si no tuviésemos otros motivos para entender que de los celebrados acuerdos está surgiendo una nueva nación, esa candidatura es más que suficiente.
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