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Guatemala, viernes 08 de junio de 2007

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Opinión

VENTANA
Gente verdadera (II)

“Los lacandones han sido señores de la selva. Vivieron aislados en su espesura. Preservaron una forma de vida ajena a la de Occidente”, afirmó el Clarinero.
Por: Rita Maria Roesch

Cuando algún familiar o un amigo cercano muere, sentimos que una parte nuestra también ha muerto. Lo mismo sucede cuando una cultura languidece, una parte nuestra como país también se muere. Queramos aceptarlo o no, los guatemaltecos somos como una gran familia. Somos como los árboles. Nuestra vida está enlazada. Nuestras raíces se entretejen en la profundidad de la tierra de Guatemala. Por eso la extinción de la cultura lacandona es una pérdida lamentable para todos los guatemaltecos.

La región de Petén ha sido un territorio bendito. Su bosque subtropical cálido ha albergado a una diversidad increíble de plantas y de animales. Durante siglos fue testigo de una de las más brillantes civilizaciones que han existido en la humanidad: la maya. Sin embargo, esa vasta y rica región petenera, desde hace decenas de años, pierde sus recursos naturales (bosque, flora, fauna, agua), a pasos agigantados, y debido a la pobreza, al tráfico de madera, a la cacería, a las compañías de petróleo, a la ganadería, al narcotráfico.

Para colmo de males, la mayoría de los guatemaltecos no nos percatamos de que, hace 30 años, los lacandones, una de las raíces más profundas de la cultura maya y que desde tiempos prehispánicos ocupó todo el norte, el oeste y el suroeste de Petén, huyó de nuestro territorio para establecerse en Nahá y Metzobk, en el sureste de México, en el estado de Chiapas, en la región conocida como Selva Lacandona. Y hoy en día, los menguados asentamientos de lacandones en esa región mexicana también están desapareciendo, de la misma manera que se extinguen el jaguar, la guacamaya, la ceiba. Los guatemaltecos estamos perdiendo nuestros tesoros: nuestros recursos naturales y culturales. Y lo peor de todo es que no logramos detener ese proceso. ¿Por qué?

Para muchos chapines, los lacandones han sido un grupo humano primitivo e ignorante. Sin embargo, y con perdón de mis lectores (as), considero que los ignorantes y primitivos hemos sido nosotros, porque no hemos aprendido a respetar a la naturaleza ni a las culturas que miran el mundo con una luz diferente de la de Occidente, como la lacandona. Porque nunca abrimos nuestro corazón ni nuestra mente para aprender sus grandes y sorprendentes lecciones en el arte de soñar, de cantar, de cultivar la tierra y de vivir en la selva.

Muchas ciudades mayas fueron nombradas por los lacandones. Una anécdota que pocos chapines conocen es la siguiente. En 1848, Modesto Méndez, gobernador y magistrado de Petén durante uno de sus recorridos, visitó unas ruinas extraordinarias. Cerca de esas “ruinas” estaba asentada una comunidad lacandona. Les preguntó a sus habitantes que cómo se llamaba su aldea. Los lacandones respondieron “Tikal”, que significa “lugar donde suenan las voces de los antepasados”. Méndez decidió usar el nombre de esa aldea histórica para “bautizar” el sitio arqueológico que había visitado.

Los lacandones son señores de la selva. “En la selva se encuentran nuestros dioses, están nuestros muertos, viven las plantas que nos curan, el agua y los animales que nos alimentan; por eso, ahí oramos y cantamos todos los días”. Chan´Kin Viejo, hombre sabio y sanador lacandón.

El doctor Joel Palka, durante la conferencia que presentó en el Museo Popol Vuh, sobre los sitios sagrados de los lacandones en Petén y Chiapas, contó la siguiente anécdota: “Cuando los lacandones me llevaron a las casas de sus dioses, que pueden estar en un sitio arqueológico o en una cueva, dijeron: ‘Los dioses viven aquí. Ustedes’ —refiriéndose a nosotros, los extranjeros— ‘ven una ruina o la entrada de una cueva. En cambio, nosotros vemos una casa bien construida y vemos al dios en la puerta saludándonos, diciéndonos hola, para recibirnos. Los dioses están aquí mismo’. Yo nunca había escuchado algo semejante”, manifestó Palka.

Los lacandones conocen las estrellas. Caminan descalzos en la maleza como si tuvieran ojos en las plantas de sus pies. Cantan a la milpa, a los monos, a las culebras… a la vida. No en balde se hacen llamar hach winik, que en lacandón quiere decir “gente verdadera”.

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