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COLABORACIÓN Graves consecuencias
Guatemala sólo puede mejorar si seguimos las reglas de recto y honrado proceder.
Por:
Jose Miguel Argueta
La muerte de un piloto del transporte urbano esta semana, las extorsiones que diariamente enfrentan pequeños comerciantes, negocios, pequeños productores, el espectáculo que vemos de personas abandonando sus viviendas, silenciando su voz ante una impotente autoridad que ha perdido el rumbo que como país debemos llevar.
Semianalfabetos, sin educación formal en la productividad, muchos de mis paisanos andan en busca de poder hacer las cosas bien y, más que buscando misericordia y buena voluntad, andan tras la búsqueda de una sociedad estable y productiva. Las graves consecuencias de políticas realizadas por gobernantes muy ligados a intereses de particulares, cabildeando conforme avanza el proceso electoral sin una clara conciencia de lo que nos pasa y el papel se verán reflejadas a largo plazo en aquellos a los que realmente nos interesa proteger: nuestros hijos, nuestros nietos, nuestro futuro.
Cuando nos enfrentamos a un comportamiento hostil, no podemos sustraernos de ciertos patrones generales, como es el reconocimiento de la autoridad. Si ahora reconocemos al guardia de seguridad que hace su trabajo con responsabilidad y permite la convivencia pacífica de los que allí habitan, no sería lo mismo que reconociéramos legítimamente la autoridad de los que gobiernan el país.
El reconocimiento de todos aquellos que interactúan con nuestro propio crecimiento social y económico, cultural, educativo que figuran en un cargo público es un camino de dos vías. El primero, por ejemplo, el magistrado de la Corte Suprema, de la Corte de Constitucionalidad, del Tribunal Electoral, sabe (y sé que lo sabe muy bien) que debe someterse a la ley que ha jurado defender y que obliga la construcción de un mejor país. Ese magistrado entiende y reconoce las graves consecuencias de obrar conforme a interés viciado o particular.
El ciudadano que ignora la ley, que —usando artimañas para intereses mezquinos— está condenando a que sus hijos y familia desestimen lo preciado que es el sometimiento a normar, que regulan nuestro propio proceder y que, de no cumplirlas, acarreamos graves consecuencias sobre ellos.
Lo bueno, y soy optimista en decirlo, es que esta circunstancia puede cambiar. Y cambiará si el delincuente, el corrupto, el trabajador honrado, el funcionario público, el industrial, el militar, entienden que Guatemala sólo puede mejorar para todos si seguimos las reglas de recto y honrado proceder que, a largo plazo, nuestros hijos cosecharán en un país altamente productivo y competitivo.
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