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DE MIS NOTAS Socialismo del siglo XXI
Round dos, a favor de Correa: poderes absolutos.
Por:
Alfred Kaltschmitt
Con esa retórica socialista sacada de un menú específico en el cual el término “anti” ha sido el motivo dominante, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, ha logrado obtener en las elecciones la mayoría de los escaños para la asamblea constituyente, que elaborará la nueva Constitución “a su medida”.
El 63 por ciento del pueblo ecuatoriano le ha dado el beneplácito para llevar a cabo los profundos y radicales cambios que propone.
Como siempre, la clase pensante, casi sin excepción la ha llevado la oposición, habida cuenta que lo que pide es derrumbar las –ya de por sí– frágiles estructuras democráticas ecuatorianas, que en la ultima década ha tenido más relevos presidenciales que todos los países de América Latina.
La preocupación no es infundada. Correa ha sido claro en anunciar que su objetivo es acabar con la partidocracia –el poder de los desprestigiados partidos tradicionales, a los que culpa de los problemas ecuatorianos–, nacionalizar el petróleo, fortalecer el rol del Estado en la economía e incorporar en su manejo a los distintos sectores sociales con el esquema de la “economía solidaria”.
Con este logro, Correa avanza hacia la meta central desde que asumió el Gobierno, el 15 de enero pasado, de “refundar la República”, sobre las bases de lo que el visualiza como el “socialismo del siglo XXI”, mediante un férreo control del poder estatal.
No se le puede negar a Correa propósito y enfoque. Desde el inicio dijo que la única manera de cambiar los problemas estructurales de Ecuador era por medio de una reforma de fondo.
Acaso tenga razón en cuanto a las realidades tangibles insastisfechas de los ecuatorianos más desposeídos de Ecuador, siempre a la deriva y en la parte posterior del desarrollo.
El desencanto con los partidos políticos es justificado. No han podido intermediar con la población que los ha elegido una y otra vez, para llevar a cabo sus proyectos políticos.
Consistentemente han fallado en el más elemental de los logros: ponerse de acuerdo por el bien del país.
De esa cuenta es que la población ecuatoriana se ha acostumbrado a plantear sus demandas por la vía de las movilizaciones y paros de toda índole. Hubo años de hasta media docena de paros.
La larga lista de presidentes depuestos atestigua de esta inestabilidad. Desde 1998, con la administración de Jamil Mahuad, declarado inepto por el Congreso, estas movilizaciones han lograd deponer a 4 presidentes.
El 21 de enero del 2000, un golpe de estado liderado por indígenas y militares depuso a Mahuad y entregó el poder al vicepresidente del país, Gustavo Noboa.
Las elecciones presidenciales del 2002 dieron la victoria a Lucio Gutiérrez, ex coronel protagonista del golpe que depuso a Mahuad.
El 20 de abril del 2005, el Congreso destituyó de forma irregular a Gutiérrez por “abandono de cargo” e instaló en la Presidencia al vicepresidente Alfredo Palacio.
El 15 de octubre del 2006 se celebró la primera vuelta de las elecciones presidenciales en la que pasaron a la segunda ronda el multimillonario populista Álvaro Noboa y el izquierdista Rafael Correa.
“El problema no es Correa –decía un ecuatoriano, con cierto dejo de malestar y tristeza al enterarse de los resultados de las elecciones–: “Es la clase política y también nosotros, el pueblo ecuatoriano, que nos hemos dejado manipular, y que no hemos entendido el límite que las movilizaciones deben tener dentro de una democracia”.
Chávez en Venezuela. Evo Morales en Bolivia. Ortega en Nicaragua. El escenario presagia nubarrones en lontananza.
Quizás haciendo un borrón y cuenta nueva, Correa logre lo que no han logrado los últimos cuatro presidentes: la unión del pueblo ecuatoriano.
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