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LA BUENA NOTICIA Un nuevo modelo de cristiano
Ser cristiano no es una carga, sino un don (DA 28).
Por:
Víctor M. Ruano
“La vida de nuestros pueblos hoy” es el título de la primera parte del Documento de Aparecida. Los obispos, al desarrollar el primer capítulo, definen la identidad de los seguidores de Cristo bajo la inspiración de un nuevo paradigma denominado “discípulo misionero”, el cual es portador de una gozosa experiencia de Dios, de una nueva imagen de Iglesia, de un estilo distinto de ver la realidad y de una forma diversa de comprometerse en su transformación. Un creyente de ese talante vive inmerso en la realidad sociocultural de los pueblos compartiendo sus valores y limitaciones, sus angustias y esperanzas.
Ahora bien, ¿dónde radica la originalidad de los discípulos misioneros? En el encuentro personal y comunitario con Jesucristo, contemplado y asumido existencialmente como Camino, Verdad y Vida. Ese es el secreto que llena “de luz, de fuerza y de esperanza” (21) a toda persona que se abre el don de su presencia, que vive inmersa en la realidad cada vez más compleja, desafiante, y en una Iglesia que necesita renovarse mediante la conversión pastoral.
El encuentro con Cristo fue la clave más importante y decisiva de los primeros seguidores de Jesús que se sintieron “atraídos por la sabiduría de sus palabras, por la bondad de su trato, por el poder de sus milagros y por el asombro inusitado que despertaba su persona”. Esa experiencia hizo que sus vidas adquirieran “una plenitud extraordinaria” como nunca antes la habían vivido (21).
Hacia esa realidad existencial vamos los cristianos y nuestras comunidades hoy iluminados por las orientaciones pastorales de Aparecida, sobre todo cuando tenemos el reto de hacer creíble el evangelio en la sociedad posmoderna, de tal modo que sus valores fecunden las culturas; también cuando sentimos el deber de contribuir a la humanización del mundo y ser testigos de una vida más auténtica que supera la ruptura entre fe y cultura.
Ciertamente los grandes cambios que acontecen en nuestro mundo “nos afligen, pero no nos desconciertan”, porque “hemos recibido dones inapreciables” (20) que nos permiten otear el futuro con esperanza y vivir con pasión el presente. Esos dones vienen del Padre que nos ama, del Espíritu que nos fortalece y de la presencia del Reino actuante en la historia.
Los tiempos nuevos de hoy exigen un nuevo modelo de cristiano que, al haber hecho la experiencia de encuentro con Cristo, hace de su vida un canto de “acción de gracias a Dios”, (23-27), una sinfonía de alegría desbordante (28-29) y un compromiso permanente por la evangelización. (30-32) Bendecidos por Dios y agradecidos con Él, alegres con sus semejantes y comprometidos con la evangelización y la transformación del mundo, son los criterios que van perfilando esa nueva forma de ser cristianos en medio de “un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio” (29).
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