Guatemala, 13 de abril de 2008

COLABORACIÓNSe agrava el escenario nacionalMario Mérida

COLABORACIÓNEn su honor, a seguir adelanteAdela De Torrebiarte

SENTIDO COMUN Precios y petróleosManuel F. Ayau Cordón

ESCENARIO DE VIDA¡No meta ganado en Petén!Vida Amor de Paz

TIEMPO Y DESTINO Seguridad pública y política internaLuis Morales Chúa

LA BUENA NOTICIAVíctor Hugo Palma Paul Seguir al Buen Pastor
“Ninguna figura de Cristo en el curso de los siglos ha sido tan amada por los cristianos como aquella del Buen Pastor”, afirmaba en los años 1960 A. J. Simonis, en su monumental estudio bíblico sobre el capítulo 10 de San Juan. En efecto: en el ámbito de “imágenes religiosas”, salvo el Crucifijo o Niño en el Pesebre, un número enorme de representaciones corresponde al Buen Pastor, especialmente cuando carga sobre sus hombros a “la oveja perdida”. Hoy, sin embargo, cabe preguntarse: ¿se comprende aún que Cristo sea el “pastor” que busca, encuentra, consuela, pero sobre todo “guía” a sus creyentes?
Un primer obstáculo para entender al Buen Pastor es connatural a los cambios culturales: a no ser por la televisión o las ilustraciones de las Biblias, ¿quién ve hoy a diario pastores y ovejas y comprende y saborea la relación íntima que se daba entre ellos en los tiempos de Jesús? Peor aún, la postura antropológica y existencial del hombre y la mujer actuales son tan autárquicas que eso de “ser llevado como una oveja” parece la antípoda neta al espíritu democrático y libertario, cuando cada día se escriben 10 libros sobre “liderazgo comercial” y ninguno sobre “seguimiento de la verdad”.
Así, cabe sonreír cuando en muchas películas se ven funerales donde se recita “por estética o tradición” el Salmo 23 (“El Señor es mi pastor”) en exequias de alguien que toda su vida hizo su voluntad y siguió de todo, menos a Jesucristo como guía cotidiano de su existencia. Y es claro que algunas verdades fundamentales de “seguir al Buen Pastor” hoy son extrañas a nuestro modo de pensar: que el pastor y el rebaño sean “uno” y no una multiplicidad (“Yo soy el Buen Pastor”… un rebaño, un pastor… en “singular”), en la actualidad que aplaude la “diversidad” y la atomización social, ideológica o religiosa; o que haya que “escucharlo” cuando el hombre y mujer, el niño y el joven del siglo XXI sufren de una clara “sordera subjetivista” o incapacidad de ir más allá de las emociones, los sentimientos y los gustos. Que haya, en fin, que “seguirlo” orientando la vida en todos sus detalles, según la novedad que Él propone: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”… es decir, sus seguidores no pueden participar de una “cultura de la muerte” —que va desde la promoción del aborto, pasando por la eutanasia, hasta el escabroso tema de la pena de muerte— precisamente porque se dicen “discípulos” del que ha venido a crear “la cultura de la vida plena y abundante” más allá de las culpas del hombre.
Ser oveja del Buen Pastor es hoy más que nunca un desafío a la fe y al espíritu. Quizás vuelva a estimular el seguimiento pleno de Cristo ese “desengaño” fatal de aquellos que como mercenarios (=del latín mercedes= “pago material”, “provecho económico”) han aprovechado las ilusiones de tantas ovejas para hacer del nombre de Él un modus vivendi. Quizás —y mejor, “sin duda”—, como lo afirmaba el recordado siervo de Dios Juan Pablo II, “aún resuene en el espíritu humano” una voz, la de la conciencia moral, que reaccione y, apostando por la vida, inicie el seguimiento del Buen Pastor, única esperanza de vida, acreditada en este tiempo de Pascua por su victoria sobre la muerte.
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