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Guatemala, 30 de abril de 2008

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CARA PARENSLucrecia MéndezCorrupción/impunidad

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Los lobos vernáculos supera- ron el doble discurso y no se esfuerzan por cubrirse con piel de oveja. La rapacidad por el poder atraviesa todos los estratos sociales. Algunos venden títulos como zapatos a la medida, dando cuerina por piel; otros, capos perdonavidas y apocalípticos profetas; hay quienes cobran a fin de mes sin el menor esfuerzo ni de trabajo ni de conciencia; mediocres alardean de su improvisación; algunos se rasgan las vestiduras y reproducen con su arrogancia vicios de virrey o virreina; otros se golpean el pecho en público, pero abofetean en privado; los desmemoriados que reniegan del protector que hasta ayer adulaban. Hay una patética ansia de espectacularidad de poder: mientras más escuálido el personaje, más busca el reflector.

Este vicio necesita de dos: hechor y consentidor. Y quizás tres: el auditorio masoquista ávido de tragicomedias nacionales de tintes fuertes. La corrupción se va cultivando. Es terca semillita empeñada en ver la luz. Florece si alguien la riega y no la arranca de raíz, convirtiéndose en una planta frondosa que poco a poco oscurecerá el jardín. La metáfora es banalísima, pero ilustrativa.

La tolerancia —complicidad abierta o sesgada— con la corrupción desemboca en la impunidad. La ley y las buenas intenciones, letra muerta. Nadie rinde cuentas de nada. Ni de niños dados en adopciones dudosas, de partidas de gastos que se evaporan, de sanguinarios ajustes de cuentas, secuestros para todo público. Al desamparo brotan paranoia, escapismo y derrotismo.

Se conforma un círculo perverso: corrupción/impunidad/corrupción. Surgen figuras como la del sinvergüenza jactancioso de sus fechorías o el cínico que se frota las manos y encoge de hombros, botín en mano. Cuentan con la complacencia de quien debería poner límites a su descaro. En una sociedad deslumbrada e insensibilizada por el consumo, resultan menos problemáticos esos rutilantes héroes del éxito fácil. El nuevo evangelio titila en las varias pantallas: promesas de fulminantes entradas en el paraíso de este y otro mundos. Mientras sea fácil, digerible y desechable. Como la comida chatarra.

La burla de los corruptos es torpe: presupone poca inteligencia en el otro. Como si fuera tan difícil descifrar su retórica barata. El cinismo descarado mina la credibilidad en instituciones y personas: es un crimen contra el futuro. No se trata de cerrar los ojos ingenuamente a la realidad imperfecta de la naturaleza humana, desconocer la memoria histórica de un país, lamentarse y cruzarse de brazos, y menos ante soluciones light que hay en el mercado.

El paso al escepticismo es casi inevitable. Entendido como base del razonamiento crítico, es ejercicio saludable de libertad. Dudar, cuestionar, indagar, discutir: todo puede y debe ponerse en tela de juicio. Pero puede convertirse en actitud existencial en un contexto de impunidad donde cualquier fin siempre justifica cualquier medio. Se fomenta progresivamente la desconfianza y la insensibilidad hacia el tejido social perforado. El camino hacia el pragmatismo, el pesimismo y la desesperanza es corto. Ver normal la injusticia, anestesiar la conciencia y considerar quimérica la posibilidad al cambio; significa ceder a los canallas el derecho a la convivencia y a la utopía. Que es precisamente lo que ellos desearían.

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