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Guatemala, 7 de agosto de 2008

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Economía

Economía y Desarrollo: Del homo economicus al homo sapiens 

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“La ciencia económica usualmente asume que las personas actúan en su mejor interés, siempre y en todos los órdenes de su vida. Sin embargo, la vida real está plagada de ejemplos en los que ese ‘mejor interés’ es algo que no se ve muy claro”.

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En algunas familias, los gastos normales coexisten con los vicios.

Por tomás rosada

Opinión

Hace unos días me compartieron un artículo publicado en la revista The Economist titulado “Do economists need brains?” (¿Necesitan cerebro los economistas?).

El título utiliza un juego de palabras sarcástico para plantear una discusión interesante, que pone sobre el tapete una de las premisas fundamentales de la ciencia económica: ¿somos o no racionales los seres humanos al tomar decisiones?

Una pregunta cuya respuesta no es para nada trivial, sobretodo, en economía, ya que sobre ella descansan buena parte de los supuestos modelos de comportamiento de los agentes económicos (personas, empresas, gobiernos, etc.). En otras palabras, la cuestión central es la siguiente: la ciencia económica usualmente asume que las personas actúan en su mejor interés, siempre y en todos los órdenes de su vida. Sin embargo, la vida real está plagada de ejemplos en los que ese “mejor interés” es algo que no se ve muy claro.

Ya sea porque las personas parecieran no ser consistentes en aplicar una misma regla para todas las decisiones económicas que toman durante su vida. Más bien, pareciera haber una cierta incapacidad innata en los seres humanos de cumplir aquello con lo que nos comprometemos, aún sabiendo que es en nuestro propio beneficio.

Me explico con un par de ejemplos. Hay hogares en los que podemos observar a madres y padres procurar, con gran cuidado, el bienestar de sus familiares, administrando los recursos con prudencia, asignando entre las distintas prioridades típicas de toda familia (salud, educación, vivienda, recreación, etc.). Y sin embargo, esa misma racionalidad de dichos padres y madres, en algunos casos, coexiste con algún vicio como el fumar o el consumo de alcohol en exceso. Esto sucede a pesar de contar con amplia evidencia del efecto pernicioso sobre su propia calidad de vida (bienestar) y, en algunos casos, en la de todos los miembros del hogar. ¿Es esto racional?.

Otro ejemplo lo encontramos en la incapacidad de las personas de ahorrar para contingencias, sean estas esperadas (vejez) o inesperadas (enfermedades).

Todos sabemos que es algo bueno, que es necesario, sobretodo en sociedades como la guatemalteca, donde no hay una red de seguridad social que atienda la tercera edad o las enfermedades. Y sin embargo, la gran mayoría somos incapaces, por nuestros propios medios, de ejercer la suficiente autodisciplina para separar un porcentaje de nuestro ingreso mensual y tenerlo en una cuenta bancaria para ese futuro incierto.

Muchas de estas discusiones comenzaron a formalizarse y sistematizarse durante los años de 1980, en un cuerpo de literatura conocido como “economía conductual” (behavioral economics). Y fue allí donde se tendieron puentes de comunicación, muy productivos, entre economistas y psicólogos. De hecho, el premio Nobel de Economía otorgado en el 2002 al profesor Daniel Kahneman, de la Universidad de Princeton, fue por su contribución a la economía conductual.

Durante los años de 1990 se logró un paso más allá, al comenzar a explorar relaciones entre procesos bioquímicos cerebrales que traten de relacionar el funcionamiento de dicho órgano con nuestro proceso de toma de decisiones económicas (comprar, vender, ahorrar, etc.). Es lo que se llama hoy neuroeconnomía.

El artículo de The Economist cita como ejemplo, de este nuevo campo, la aplicación de procedimientos de “imágenes de resonancia magnética” (magnetic resonance imaging, MRI) a personas que al mismo tiempo son sometidas a preguntas y toma de decisiones de carácter económico. Con eso se ha logrado observar y relacionar el flujo sanguíneo en determinadas partes del cerebro que se asocian con funciones como premiar, castigar, obtener placer, etcétera.

Lo relevante de toda esta discusión estriba en el esfuerzo y cuestionamiento que se hace por comprender mejor la famosa, aunque a veces abstracta, “racionalidad económica”. Reconociendo que los seres humanos no nos podemos desdoblar, siendo por ratos completamente fríos y calculadores para tomar decisiones económicas y, media hora más tarde, volvernos tiernos y solidarios cuando abrazamos a nuestros hijos o nos compadecemos con alguna tragedia ajena.

Como lo ha dicho el mismo profesor Kahneman, no es que la neuroeconomía o la economía conductual traten de demoler los principios fundacionales que a diario utilizamos los economistas, sino más bien “comprender el funcionamiento cerebral podría se de gran utilidad para desarrollar una definición más amplia de lo que hoy entendemos como racionalidad económica”.

Quizás una ventaja tanto o más importante que los hallazgos que se puedan obtener en el futuro, con este relativamente joven campo de estudio, es la provocación que nos hace para integrar equipos de investigación multidisciplinarios, sobretodo en las ciencias sociales.

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