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Guatemala, 25 de enero de 2008

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Por Margarita Carrera

Era el 2 de junio de 2007. En la Feria del Libro, que se celebraba en Madrid, en el paseo El Retiro, tuve el placer de conocer a un poeta caribeño: Carlos Roberto Gómez Beras. La mañana era magnífica: el cielo nítidamente azul, hacía parecer más bello aquel lugar.

Carlos Roberto, uno de esos seres que ama los libros y la poesía, me fue presentado por dos jóvenes editores: Santiago Tobón y Elena Martínez, quienes habían llegado por mí al hotel para enseñarme el estante de su casa editora Sexto piso. Raúl Figueroa (de F&G editores) les había enviado conmigo un regalo desde Guatemala. Carlos Roberto Gómez Beras iba con ellos, también dueño de Isla Negra Editores.

Me confesó que, además de editor, era poeta y me obsequió, en excelente edición, su libro: Aún (1992-1989), que recoge cuatro poemarios: Animal de sombras, Poesía sin palabras, La paloma de la plusvalía y Viaje a la noche. Del primero, leamos Pedido de sombras: “Mujer/ libera ya/ el atardecer de tu pelo./ Deja que un velo de temores/ caiga sobre mis ojos,/ deja que una espesa sombra/ arrope mi corazón insepulto/ madurándolo/ y lo que una vez fue de la noche/ a ella regrese.” Un erotismo refinado que se continúa en todo el poemario, acechado por El animal de sombras: “Entre sombra y sombra/ sucede en un instante/ la historia de tu boca./ Porque el tiempo no es ya/ un río de Efeso/ y un beso tuyo dura apenas/ lo que una cicatriz/ sobre la piel del agua”. En el poema Bajo los robles, habla de “la sombra de un silencio” bajo la que escribe poesía. Sin duda, Gómez ama a Homero; una muestra: Patroclea: “Como a una mujer muerta,/ bajo el paraguas de la noche,/ llora Aquiles a Patroclo(…)”. La oscuridad creadora domina al poeta, quien no duda en citar a Rafael Alberti: “Empiezo a ver./ Me acompaña/ tan sólo la oscuridad./ La más viva oscuridad”. Desde las sombras, la poesía y el amor lo visitan: “La sombra de mi mano/ recorre tu callado cuerpo”. En la oscuridad más profunda, el tacto se convierte en sabor a piel; el oído se afina y el gusto saborea los recónditos de la sexualidad; se acrecenta el olfato: “El olor de la rosa en el poema”, y “El rostro que cegó a Borges para siempre”. ¿Es posible la Poesía sin palabras?. Gómez llama así a otro de sus poemarios, con un epígrafe de Vicente Aleixandre: “Ay, si las palabras fuesen/ sólo un suave sonido/ y cerrando los ojos/ se le pudiera escuchar/ en un sueño…”. Encontramos Ítaca, un extenso poema surrealista: “bebo de cierta mujer como de un ánfora griega” y se lamenta que haya “tantos caminos para llegar a un beso”. Paloma de la plusvalía, poemario que se inicia con cita de Neruda: “Ya no es posible, a veces,/ ganar sino cayendo…”. El influjo de Homero continúa, en El lamento de Ulises, una queja por la lejanía de la amada: “Sin saber apenas si existes/ si te alimentas de luz o de sombra (…)”. Viaje a la noche, iniciado con poema de Rosario Castellanos: “Todos los seres aman su destino./ Nuestro destino es padecer la noche”. Tres poemas para la melancolía: “sólo penas y viejas fotos/ para contestar tu idioma de labios”. Por fin, cierra tan excelente poemario y dice “Adiós/ a tu pequeña boca rebelde(…)”; asimismo, “Adiós también/ al color imposible/ de tu pelo sublevado(…)”. Ésta, una pequeña muestra para saborear a un poeta (y editor) que ya forma parte de la poesía latinoamericana, sobre quien caen, como estrellas fugaces, dos influjos extremos: el clásico y el surrealista.

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