Guatemala, 7 de febrero de 2008

PERSISTENCIALinaje y racismoPor Margarita Carrera

INDEPENDENCIADeliberando sobre empresa y valoresPor Juan Callejas Vargas

PERSPECTIVASCohesión social (II)Por Renzo Lautaro Rosal

IDEASSoluciones al calentamientoPor Jorge Jacobs A.

ALEPHElecciones 2011 a la puertaPor Carolina Escobar Sarti

COLABORACIÓNNoticias de la selva lacandonaPor Sébastien Perrot-Minnot
Emprender el largo viaje de la Ciudad de Guatemala hasta la Sierra del Lacandón, ubicada en los confines del noreste de la República, resulta ser una experiencia inolvidable. Casi nos transportamos a otro mundo. De hecho, entre La Libertad y El Naranjo Frontera rebasamos un rótulo que marca un límite muy simbólico: el km 600…
El Parque Nacional Sierra del Lacandón, que forma parte de la Reserva de la Biosfera Maya, cubre un territorio de cerca de 200 mil hectáreas y es el joyero de una deslumbrante riqueza natural y cultural. La densa selva ofrece un refugio para docenas de especies de aves, mamíferos, reptiles y anfibios, mientras que una gran diversidad de peces puebla el gran río Usumacinta. Al otro lado del río, en el territorio mexicano, se puede seguir admirando la selva lacandona, protegida dentro de los límites de la Reserva de la Biosfera Montes Azules, de 331 mil 200 hectáreas.
La expresión maya Lakam Tum significa “piedra grande”. En la zona yacen numerosas ruinas, mudos testigos del esplendor de la época prehispánica.
Desde hace siglos, las extensiones boscosas sirven de refugio a los lacandones. Como tampoco lo es para la selva, el río Usumacinta nunca constituyó una verdadera frontera para estos indígenas que se autodenominan hach winik (“hombres verdaderos”). Pero en Guatemala, la aceleración de la colonización de Petén, a partir de la década de 1960, obligó a los lacandones a dejar progresivamente el territorio nacional. Hoy en día, en el norteño departamento, el recuerdo de los hach winik permanece vivo y reviste un carácter casi mítico.
En las tres últimas décadas, por la acción humana, la Sierra del Lacandón ha afrontado un grave deterioro. No obstante, buenas noticias llegaron hace pocos días de la selva lacandona mexicana. Tras pacientes negociaciones, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales logró que 95 familias tzeltales devolvieran dos mil 330 hectáreas de terreno a los lacandones, considerados desde 1972 como los propietarios legítimos del área. Por otra parte, las autoridades del país azteca iniciarán, con el apoyo de los hach winik, un ambicioso programa de restauración y protección de la zona.
La Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas de México destacó que la selva lacandona es una zona “de importancia internacional”. Ojalá se incremente la cooperación entre Guatemala y México para mejorar la suerte de esta área. Un interesante ejemplo de cooperación binacional para la preservación de una reserva lo constituye el Parque La Amistad, administrado por Costa Rica y Panamá.
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