Guatemala, 14 de julio de 2008
En el 2007, dos mujeres, una guatemalteca y una hondureña se dirigían a EE. UU., por Tapachula. Allí contactaron a un coyote, quien les exigió un pago de US$1 mil 500 a cada una. El hombre las llevó a un hotel cercano al pueblo, donde pasarían la noche. “Vamos a salir hasta mañana”, afirmó. Casi un año después, la guatemalteca contó a Prensa Libre sobre aquella noche. “Estábamos solas, y el coyote nos ofreció un refresco. Yo no quería, pero nos obligó a tomarlo. Lo bebí, y no recuerdo qué pasó”. Al día siguiente, esta mujer despertó y se dio cuenta de que la habían violado. El individuo las abandonó en el hotel. La guatemalteca concibió una hija esa noche, quien nació hace menos de un mes.
Sergio Morales, procurador de los Derechos Humanos, lamenta el prejuicio que hay contra las migrantes. “Las miran como personas de segunda clase, y piensan que no tienen derechos”. Condenó el comportamiento de autoridades tanto mexicanas como guatemaltecas, quienes, al aprovechar que las mujeres no se atreven a denunciarlas, abusan de ellas. “Los gobiernos deben tomar cartas en el asunto y actuar más”, agregó.
Por M. Fernández
El sueño americano de muchas mujeres se torna en pesadilla cuando, a su paso por la frontera mexicana, son víctimas de vejaciones, tortura psicológica y abusos de todo tipo.
Según el último informe del Foro de Migraciones, elaborado este año, ocho de cada 10 centroamericanas que ingresan por la frontera sur de México, son violadas, sin importar si son niñas, adolescentes o mujeres de edad avanzada. Entre ellas, existe un alto porcentaje de guatemaltecas.
El documento narra cómo los salvadoreños recurren a una estrategia de mayor protección cuando viajan, pues lo hacen en grupo y están más organizados. En el caso de guatemaltecos, casi no tienen recursos y viajan en condiciones deplorables.
Los datos del informe se han obtenido por medio de entrevistas en casas del migrante ubicadas en las fronteras.
Mary Galván, de la casa del migrante Instituto Madre Assunta, manifiesta que los casos de abuso sexual se dan tanto en la frontera norte como en la del sur.
“Las centroamericanas son más vulnerables, porque muchas veces se hacen pasar por esposas de migrantes para poder cruzar, y éstos se aprovechan de ellas”, lamenta Galván.
La trabajadora social comenta que, el año pasado, tres hermanas querían cruzar la frontera, y unos asaltantes las obligaron a desnudarse, pero la hermana menor, por padecer de retraso mental, no lo hizo. Los delincuentes la tomaron del pelo y se la llevaron. Nadie sabe nada de ella.
Galván cuenta que casos como éste ocurren por montón. Y añade que muchas mujeres no se atreven a denunciar, por considerarlo una pérdida de tiempo.
“Hubo una temporada en que las indocumentadas, en vez de pedir ropa o comida, pedían anticonceptivos. Esto denota que están predispuestas y hacen lo que sea, con tal de lograr una mejor oportunidad en EE. UU.”, refiere Galván.
El sacerdote Pedro Pantoja, responsable de la Posada Belén, ubicada en Saltillo, Coahuila, México, contó la historia de Marisa, una centroamericana que fue ultrajada por 12 hombres.
“Luego de haber pasado por Tapachula, debido a la escasez de trenes, tuvo que caminar por el monte, y 12 hombres la asaltaron. Después de robarle todo, los 12 abusaron de ella”. Días antes, un policía también la había abusado.
El mexicano Jorge Bustamante Fernández, relator especial de la Organización de las Naciones Unidas para los Derechos de los Migrantes, declaró al diario El Universal, de México, que los derechos de los migrantes se violan en ese país en proporción mayor a la que sufren los mexicanos en Estados Unidos.
Ana María Méndez, de la Defensoría del Migrante de la Procuraduría de los Derechos Humanos, confirma esta versión, e informa que solo en la última semana han recibido 13 denuncias de personas deportadas y abusadas por policías migratorias del vecino país.
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