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Guatemala, 6 de marzo de 2008

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Goce realmente de un verano inolvidable 

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Por Rina Montalvo

Indudablemente estamos en las puertas de una nueva Semana Mayor.

Esta semana, en la Avenida de las Américas, las acacias y las alfombras naturales de flores color “morado cucurucho” que adornan las calles y arriates me sacaron de la rutina normal y, nuevamente, como todos los años, me cautivaron.

Se respira en el aire ese calor propio de la época, el olor y sabor de las frutas tropicales que, cual arco iris perfecto, son un espectáculo en los canastos del mercado: desde el amarillo intenso de los mangos, hasta el rojo de la sandía, pasando por la piña y el melón con su dulzura inigualable. ¡No cabe duda de que Guatemala es un país de bendición!

Donde usted vaya encontrará mucho movimiento en las tiendas, que ofrecen todo tipo de objetos para gozar de “un verano inolvidable”. Si no compra juguetes de playa para sus hijos, mangueras y muebles para el jardín, calzoneta y sandalias nuevas, o el nuevo paquete para bajar tres tallas antes de Semana Santa, probablemente usted no “vivirá el verano perfecto”, dice la propaganda. ¿Cuántas señoras y señoritas no estarán desde hace meses en regímenes estrictos de dieta y ejercicios para bajar de peso y lucir sus mejores galas en las playas?

¡Cuánto comercio y consumismo! Nos bombardean con propaganda, con canciones tropicales, con modelos perfectas en calzoneta… y, sin darnos cuenta, ¡hemos caído en el juego y perdido el sentido real de la Semana Santa! En vez de ser una época con un significado cristiano profundo, propicia para meditar, para orar y compartir sanamente con la familia, nos volcamos muchas veces en excesos de “querer, tener y placer”, que a menudo pueden tornarse peligrosos, como en el caso de la ingestión irresponsable de alcohol.

Por eso, hoy, queridos amigos, quiero compartir con ustedes un poema para que hagamos un alto de esta vida de agitación y frenesí, y retomemos el verdadero sentido de la época:

“Me arrodillé para orar, pero no por mucho tiempo; tenía mucho por hacer. Tuve que darme prisa e ir a trabajar ya que los cobros muy pronto estarían ante mí. Salté de mis rodillas, y mi deber cristiano estaba concluido. Mi alma pudo entonces descansar plácidamente.

En todo el día no tuve tiempo de lanzar una palabra de aliento ni de hablar de Jesús a mis amigos; se reirían de mí y me daría miedo. No hay tiempo, no hay tiempo. Hay mucho qué hacer. Ese era mi sollozo constante. No hay tiempo para dar a las almas en necesidad, sino hasta la última hora, la hora de morir.

Me paré frente al Señor, vine y permanecí cabizbajo, ya que en SUS manos sostenía un libro; el libro de la vida. Dios echó una mirada a su libro y dijo: ‘No puedo encontrar tu nombre. Una vez estuve a punto de anotarlo, pero nunca encontré el tiempo’”.

Estamos a tiempo, vivamos realmente una Semana Santa inolvidable.

Es decir, unos días verdaderamente cristianos, sin excesos, gozando responsablemente de cada una de las bendiciones que este maravilloso país nos ofrece.

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