Guatemala, 6 de marzo de 2008

INDEPENDENCIAHambre y sed de justiciaJuan Callejas Vargas

PERSPECTIVASElección superficialRenzo Lautaro Rosal

IDEASIrresponsablesJorge Jacobs A.

ALEPHAsesinos en serieCarolina Escobar Sarti

COLABORACIÓNMuerte igual impunidadFrank La Rue Lewy

PERSISTENCIAMargarita CarreraLa minería “sataniza”
Extraordinarios y dig- nos de dar a conocer son los documentos que el cardenal, monseñor Quezada Toruño, tuvo a bien enviarme junto con una carta en donde revive el espíritu de monseñor Juan Gerardi. En efecto, siento que la palabra de este mártir continúa hoy más viva que nunca, cuando el cardenal alza la voz plena de indignación en contra de la pena de muerte y en contra de la compañía minera Montana Exploradora de Guatemala S. A., que explota la Mina Marlin en San Marcos. A menudo se ha dicho que la Iglesia Católica no ha de ocuparse más que de asuntos espirituales. Es una manera de negar las verdaderas enseñanzas cristianas, que fatídicamente profesan muchos de los que se dicen católicos y cristianos.
Todos los días oigo por la radio anuncios en donde la minería en mención hace propaganda en que intenta convencer de que está haciendo maravillas para los guatemaltecos pobres. Quien lo oiga, ignorante de lo que verdaderamente acontece, se lo creerá. Por eso es necesario escuchar una poderosa voz como la del cardenal, para darse cuenta de lo que está sufriendo nuestro suelo. Al responder a las columnas de Acisclo Valladares, le dice: “No satanizamos la minería; lo contrario, la minería sataniza a quienes en el excesivo afán de lucro pasan por encima de cualquier principio moral”. Porque de eso se trata, de tener principios morales sólidos que nos hagan ir en contra de la pena de muerte y en contra de las transnacionales que nos ven como pendejos y roban a los campesinos pobres de la manera más descarada. A la pregunta: ¿somos un país minero?, monseñor aclara que “(…) nuestro país tiene una vocación forestal y turística”, y exalta a los costarricenses, quienes han sabido aprovechar las bellezas de la naturaleza, fortaleciendo la “promoción ecológica y turística de su país”.
“(…) ¿Ecohisterismo? No, licenciado, sentido común con una buena dosis de amor al país que nos vio nacer (…)”. Además, cita a Juan Pablo II, quien pedía que frente a las injusticias “los obispos fuéramos defensores de los derechos del hombre y que fuéramos voz de quienes no la tienen: “El signo más profundo y grave de las implicaciones morales inherentes a la cuestión ecológica es la falta de respeto a la vida, como se ve en muchos comportamientos contaminantes… Los intereses económicos se anteponen al bien de cada persona, incluso al de poblaciones enteras. En estos casos, la contaminación o destrucción del ambiente son fruto de una visión reductiva y antinatural que configura a veces un verdadero y propio desprecio del hombre” (Pastorem Gregis, 70). El cardenal, además, aclara que los obispos se sienten solidarios con todos los guatemaltecos, “especialmente con los más pobres y abandonados”. Si estuviéramos en la época de la guerra sucia, tales expresiones hubieran sido consideradas como comunistas.
El cardenal nos advierte: “(…) de seguirse el tipo escogido de explotación de metales a cielo abierto, puede abatirse sobre Guatemala una catástrofe ecológica de dimensiones imprevisibles con fatales consecuencias para la vida, la salud y la dignidad de nuestro pueblo (…)”. Hay otras preguntas que se hace: “(…) ¿Cuánto se pagó a los campesinos pobres por sus terrenos en San Marcos? ¿Cuánto dinero se hubiera cancelado a sus propietarios si los terrenos hubieran estado ubicados en elegantes o cercanos a la urbe capitalina? ¿No llora sangre que el mismo ministerio se dedique a otorgar licencias a troche y moche a lo largo y ancho del país, como si fueran propietarios del mismo y que más que un ministerio que vele por los intereses nacionales sus funcionarios asuman funciones de una barata ‘agencia de licencias’ o de ‘oficina de relaciones públicas’? (…)”. “Todas las concesiones han sido legales. De acuerdo. Pero me atrevo a considerarlas inmorales. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que una compañía transnacional de un país rico se lleve millones de quetzales y solo deje aquí el 1 por ciento y un poquito más? (…)”.
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