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Guatemala, 6 de marzo de 2008

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INDEPENDENCIAJuan Callejas VargasHambre y sed de justicia

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Escrito está: “Bienaven-turados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. Es decir, Dios bendice al ser humano que anhela, busca, se esfuerza y lucha por vivir en el equilibrio de la justicia que permite tener como fruto la paz. La paz es fruto de la justicia y nada más que de la justicia.

Meses atrás, escribí sobre la justicia de la siguiente manera: “Apreciados lectores, permítanme expresar mi confianza sobre la idea de que en Guatemala estemos persuadidos de la paz como fruto de la justicia. Debe haber confianza en la familia guatemalteca, de que somos más los que queremos vivir bien y en paz que aquellos que quieren vivir como delincuentes y en permanente zozobra.

Esta mayoría moral demanda en silencio seguridad, justicia y paz. Esta mayoría debe buscar canales de expresión efectivos para exigir que todo tipo de delincuente, los letrados y egresados de universidades como aquellos ignorantes y analfabetos, paguen por sus crímenes. La cobardía y falta de atributos de nuestras marionetas presidentes de los últimos períodos no deben poner los parámetros para que criminales juzgados por todas las instancias legales no sean sometidos a las penas impuestas”.

Como ciudadanos y tributarios que sostenemos económicamente el régimen, ¿qué podemos esperar cuando los actos delincuenciales más notables y alevosos vienen desde las cumbres del poder político que hemos electo? Más importante aún, ¿qué podemos hacer para darle vida a la Constitución Política que define el poder soberano en nosotros? ¿Cómo hacer valer las leyes vigentes y que nuestros jueces cumplan con el propósito final de impartir justicia?

No es posible que sigamos tolerando la irresponsable actuación de criminales que, llamándose empresarios del transporte, hacen funcionar servicios que históricamente han mostrado ser carrozas fúnebres. Menos aún hemos de tolerar que criminales, disfrazados de funcionarios a cargo de la aplicación de normas y reglamentos vigentes, sigan impunes frente a la falta de un buen desempeño en lo que supone ser su más clara obligación en el cargo que se les ha confiado. ¡Justicia!

No es posible seguir tolerando que continúen dándose las estafas más grandes en la ejecución de carreteras y obra pública, por las que se cobran cifras multimillonarias, pero que ahora duran meses en buen estado y luego se convierten en calvario de quienes transitan sobre ellas. Todo esto, producto del contubernio entre otros que se llaman empresarios y otros que se disfrazan por algún tiempo de funcionarios, ambos delincuentes y hasta el momento, impunes. ¡Queremos justicia!

No debemos seguir tolerando que el servicio en la administración pública, otrora digno de respeto, sea convertido en guarida de maleantes, ladrones, criminales y narcotraficantes que, paradójicamente, han encontrado en las leyes el refugio más propio para cometer fechorías más grandes y por las cuales tengamos que pagar las cuentas las actuales y futuras generaciones.

“¡No, por favor, no!”, gritan nuestros hijos y nietos. Alguna generación debe tomar la decisión de asumir la responsabilidad de barrer la casa y terminar con el abuso, el latrocinio y los crímenes de cuello blanco que terminan con más vidas que las maras mismas. Atrévase; así, otra Guatemala es posible.

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