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Guatemala, 6 de marzo de 2008

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Por Irina Darlée

Cuando le preguntaron a un gran poeta español ¿qué considera usted lo más humano en esta vida? respondió aquel viejo amigo mío: La Risa. Así habló Luis Rosales, al que tuve la dicha de conocer y con él que hemos reído juntos en Madrid y en El Salvador, donde apareció con otros grandes poetas españoles: Agustín de Foxá, Vivanco y Leopoldo Panero para dar conferencias y recitales.

Luis Rosales era sabio, poeta y anciano. Ahora ya está muerto. Todas sus respuestas eran profundas y, generalmente, él las acompañaba con un vaso de vino tinto en la mano. Antes de responder se tomaba unos traguitos. ¿Qué es lo profundamente humano, lo exactamente humano de verdad? Y contestó: La Risa. Qué palabra podría resumir mejor toda la plenitud de amor. Reírse es una palabra sagrada y, como casi nunca nos reímos, quiere decir también que es un milagro. Lo más profundo posiblemente sean las lágrimas, pero lo milagroso sólo alcanza a serlo la risa.

Trabajar, ser feliz trabajando, es un don. Cantar es una fiesta. Llorar es una resonancia. Pero reír es algo infinitamente más serio: es un milagro, dijo aquel poeta andaluz y los andaluces son una vieja y sabia raza mora. “Reír es un milagro porque contiene siquiera por un instante a la inocencia”, afirma Rosales. Reír, es un regreso al paraíso perdido, es un instante durante el cual nos hemos librado de la historia, de la angustia y de la finitud. Nos hemos librado por un instante incluso de nosotros mismos. Este instante es el sagrado y la poesía nos enseña a preguntar. Leer poesía, ya lo sabemos, consiste en hacer preguntas sobre la verdad pura y la pura verdad.

Yo me he reído mucho en mi vida y también he hecho reír.

Nada menos que ayer me contó el poeta guatemalteco Francisco Morales Santos, director de la Editorial Cultura —quien me ha publicado mi último libro Memorias de un vago ayer—, que alguien le preguntó si tenían un libro titulado Memoria de un vago de ayer, y también en Antigua cuando pregunte si tenían mi libro, el vendedor preguntó si tenían las memorias de un vago a la cajera. Estos pequeños cambios de un título de la autobiografía me han causado risa.

La razón última de la literatura es vincular lo que cura con lo que hiere, y encaminarse hacia estrategias narrativas que provocan esa conexión. Muchos se ríen con los ojos cerrados, un cerrar de ojos momentáneo es la única manera en la que se puede reír a veces con la capacidad de aceptar la tragedia y comedia de la vida, es decir, la capacidad de vincular “lo que hiere con lo que cura” y requiere de los escritores una mayor intensidad emocional al unir en el bosquejo irónico de la escritura los cabos sueltos en las disfuncionales familias. La búsqueda del amor es un largo camino de aceptación de la soledad. Las relaciones interpersonales suelen ser minúsculos pozos oscuros y nada hay tan importante en la vida como lo minúsculo. Hay que conectar lo dramático con lo humorístico, con un sonriente guiño al destino del hombre, que sufre y sueña a diario en la comedia social, en la que no hay tragedia. Reír es no sentir angustia, ni rencor, ni odio, ni nostalgia. Pueblos realmente civilizados saben reír de sí mismos. Los que se toman demasiado en serio, son acomplejados. Hay que tener sentido del humor, puesto que humor es cuando uno sabe reírse “a pesar de todo”. La risa ha echado raíces en mi corazón y hasta un corazón vagamente viejo y desangrado se “rebombina” con la risa.

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