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Guatemala, 8 de marzo de 2008

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ALEPHCarolina Escobar SartiLas niñas de Guatemala

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No fueron jamás a la escuela y menos jugaron con muñecas, vistieron de rosado o se mojaron los pies en el mar, pero a los 10 años llevaban ya una nueva vida en su vientre. La noticia se publicó el año pasado en elPeriódico (17-06-07), y hablaba de al menos 76 niñas de Chiquimula que estaban embarazadas y tenían entre 10 y 14 años. En el mismo artículo, las estadísticas señalaban que en ese departamento, solo entre enero y abril del 2007, se contaron 487 adolescentes embarazadas cuyas edades oscilaban entre los 10 y los 19 años.

El entonces director de área del Ministerio de Salud en ese departamento alcanzó a decir que “…lo más triste es que estas niñas ni siquiera saben por qué les crece el estómago y son tan pequeñas que tanto ellas como los bebés corren grandes riesgos”. Y agregó: “Se trata de un fenómeno cultural; algunos padres miran como una solución casar a la niña para salir de la responsabilidad”. Difícil realidad la de miles de niñas guatemaltecas que están sujetas a vivir bajo las reglas de una sociedad patriarcal, donde padres y maridos las intercambian, los primeros para salir del “problema” y los otros para tener quien les proporcione placer y, de paso, los sirva.

Si pensamos que seis de cada 10 mujeres y hombres guatemaltecos viven en el área rural, comprenderemos por qué —por ejemplo— en San Pedro Carchá hay un altísimo índice de mortalidad materna. Esta es la realidad de una mayoría de niñas y jóvenes en el interior del país; la miseria se encarna en los desnutridos cuerpos de las futuras madres, y se cruza con la falta de oportunidades y servicios, hasta ponerlas contra la pared. Sus partos se producen en las condiciones más adversas y, ante cualquier complicación, la consecuencia casi lógica es la muerte. Si sobreviven, su destino es practicar una raquítica maternidad en estado de inconsciencia casi total.

Sin embargo, el fenómeno de las niñas-madres no se circunscribe al área rural. Los embarazos de las niñas de la calle en Guatemala aumentaron en los últimos años, sobre todo cuando comenzó a prosperar el negocio de las adopciones. Por otra parte, la mojigatería, que aún define mucho de la educación guatemalteca, hace que algunas maestras de institutos públicos y colegios privados, así como madres y padres, insistan en no hablarles abiertamente de sexualidad, ya que consideran que es mejor mencionar solo las consecuencias de tener relaciones sexogenitales tempranas, y no hablar de métodos anticonceptivos que lo único que fomentaría, según ellos, es que las niñas hicieran cosas “malas” y perdieran sus valores morales. No confían en que ellas sean capaces de responsabilizarse ni siquiera por su propio cuerpo.

No importa si después deciden abortar clandestinamente, si hacen lo que quieran a escondidas o si su vida peligra; importa más preservar el statu quo y cuidar la reputación. Lo que nadie cuenta es que un alto porcentaje de esas niñas y adolescentes embarazadas están así por una violación, hecho que, por cierto, en la mayoría de los casos se produce dentro de su propia casa.

Detrás del silencio, de los sentimientos de culpa, del secretismo y la vergüenza que acompañan el tema de la sexualidad en Guatemala, se esconde una realidad donde la doble moral y las mentiras construidas a partir de un orden patriarcal son consensuadas y aceptadas como parte normal de la vida cotidiana de nuestra sociedad. ¿Hasta cuándo esa realidad nos seguirá golpeando tan duro en la cara? ¿Qué tan difícil es dar a nuestras niñas educación, salud, oportunidades de desarrollo, atención, protección y ternura? ¿Qué tipo de monstruos (por acción u omisión) son capaces de condenar el futuro de una nación, sacrificando así a sus niñas? A estas mujeres pequeñitas, a estas niñas-madres de Guatemala que se hacen a golpes de cincel y no mueren de amor, como la del poema de Martí, sino de tanto desamor, les debemos la esperanza.

cescobarsarti@gmail.com

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