Guatemala, 8 de mayo de 2008
Vida Breve
Por Irina Darlée
Para la mayoría de la gente la felicidad reside en el cumplimiento total de los deseos. Es por esto que le conceden tanta importancia a la sexualidad, a la intensidad erótica de la existencia.
Otros sueñan con el amor que los funde en un solo ser con su pareja (y para que la pasión se inflame de nuevo utilizan a varios seres humanos). También existen escritores para los que el amor es la prueba radical de que estamos en el mundo. El anhelo de vivir y amar inspira sus obras. Los escritores estamos cercanos a nuestros lectores cuando estos nos acompañan en nuestras alegrías y tristezas, pues todos suspiramos y nos reímos como si fuésemos uno. Las circunstancias individuales del escritor o del poeta reflejan un sentimiento universal y así el escritor y el lector se identifican como mirándose en un espejo o formando un abanico con las mismas significaciones del texto. Es así, como hablando consigo mismos, los escritores tendemos la mano a nuestros lectores por medio de las palabras, unas veces obsesionadas por algún recuerdo nostálgico y otra veces por lograr plenitud de la vida.
Todos tenemos mucho en común. Día a día se muere y se nace. Por esto hay que vivir cada día como si fuera el último, sabiendo que todos nos vamos a morir. En distinto grado morimos efectivamente todos los días para algunos deseos, para alguna ilusión. El otoño devora sus hojas… Nuestra enfermedad mortal es el tiempo. Con el tiempo envejece el rostro, nos cubre una mascara de arrugas y canas. Terminamos por no gustarnos a nosotros mismos, no queda tiempo o ganas de vivir intensos placeres, pasiones o amores. Nos volvemos ancianas o ancianos incapaces hasta de leer nuestra propia esquela. El corazón se desgasta y se asfixia ante la vecindad de la muerte y es imposible que florezcan las piedras. Todos morimos por primera vez y para este trance no nos sirve ninguna de nuestras experiencias. Así la muerte evidentemente no se conoce, nadie sabe morir.
Y también nada puede la inteligencia que se inquieta y hace preguntas sobre el destino. El destino nos dirige como quiere. Tal vez nadie quiere ver felices a los otros. La historia nunca repara en el mal personal que causan guerras, revoluciones, el terrorismo, las venganzas que se desencadenan, fuerzas incontrolables que resultan de consecuencias imprevisibles.
Vivo con poco de mí misma y me arde el recuerdo como una herida. A veces a las cosas vividas no les falta el sentido, lo tienen, sólo que yo ya no formo parte de ellas. Al recuerdo y al olvido se superponen las sensaciones y pensamientos de “ahora”, como una flor de apenas aroma. ¿Soy yo o eres tú? mi lector. Al hablar con nosotros mismos, los escritores tendemos la mano a nuestros lectores, personajes de la ciudad o del campo, dependientes del tiempo y del amor, que es como un péndulo que oscila entre el siempre y el nunca. Y por si mañana no despierto, no hay entonces tiempo que perder.
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