Guatemala, 7 de octubre de 2008

HOMO ECONOMICUSLa seguridad, rehénJosé Raúl González Merlo

MIRADORPolicíaPedro Trujillo

PUNTO DE ENCUENTROHacia la Integración (II)Marielos Monzón

WACHIK’AJGuerra narcoMartín Rodríguez

SIEMBRAApretón de cinchoCarlos Enrique Zúñiga Fumagalli

DE MIS NOTASAlfred KaltschmittLa historia en el 12 de octubre
Como si fuera ciclo natural anual, el resentimiento aflora como volcán reprimido cada 12 de octubre. Una semana entera confabulada para la protesta iracunda y el grito contestatario. ¿Cuál es el odio, se preguntan muchos, para que se sigan lamiendo las heridas de un pasado tan pasado que ya es historia inmutable?
Si los invasores conquistaron para sí las tierras, arrebatándoselas a los naturales. Si saquearon por la fuerza sus riquezas. Si esclavizaron a los habitantes para su propio servicio. Si se repartieron sus dominios hasta que la vista se perdiera en horizontes lejanos de Mesoamérica y luego Suramérica. Si tomaron a sus mujeres, derribaron sus templos y trajeron sus propios dioses, en lo único que se diferencian de los cientos de batallas y conquistas anteriores peleadas entre sí por los mismos indígenas de Mesoamérica es que los españoles vinieron del viejo mundo.
Toltecas, Olmecas, Chichimecas, Aztecas, Mayas, todos se invadieron, saquearon y se esclavizaron mutua y cruelmente durante siglos, hasta que la historia perdió su rastro y el registro desapareció en los anales del tiempo. Cada uno derribó sus templos y destruyó las efigies de los dioses invadidos. Y dejaron tan abundantes rastros arqueológicos que la evidencia es irrefutable.
¿Acaso no ha sido ésta la regla histórica en todos los mundos y en todas las historias del planeta Tierra? Conquistadores y conquistados. Por la fuerza y por las armas. Por el acaparamiento y manipulación del conocimiento sobre las masas. Armas, Gérmenes y Hierro, titula Jared Diamond su libro sobre la historia de la humanidad. Las últimas invasiones son tan recientes como Georgia, Afganistán e Iraq.
La maldición anual el 12 de octubre contra Cristóbal Colón y la conquista española no tiene más sentido que el subtexto político que quieren darle algunas asociaciones indígenas contestatarias, dominadas por el mismo liderazgo que ha dominado también a las organizaciones sindicales desde hace décadas.
El grado de representatividad es casi nulo, pero son los que hacen bulla, vocalizan las demandas, generan comunicados y manifiestan en las calles. La relación con cualquier indígena del altiplano es como el primo lejano que vive en Siberia. Y sin embargo desfilan por él. Hablan por él y firman acuerdos por él. En su nombre despotrican contra el TLC, el neoliberalismo, y ahora que se cayó la bolsa en Wall Street, contra todo lo que huela a capitalismo.
El desplome ha sido la mejor noticia que pudo darles Maximón a los seudos representantes indígenas. Comprueba que el mercado no es sino un monstruo de mil cabezas al que hay que aplicarle la guillotina. Que se muera el inventor. Que desaparezca el emprendedor. Que nadie tome riesgos. Que no se abran negocios. Que se acaben los bancos. Que la regulación aprisione para siempre la ambición de ganar dinero y el deseo de generar empleo e invertir en algo. Que todo sea del Estado y que la palabra capitalismo desaparezca del diccionario para siempre.
Para ampliar el rango de las protestas ahora se han unido también al movimiento antiminería. Como si la explotación minera no pudiese llevarse a cabo de ninguna otra manera sino de forma dañina y negativa.
Parece que no hay una sola mina en el mundo que esté siendo explotada técnica y ambientalmente bien. Una sola. Si se aceptase que puede ser correctamente explotada “una sola”, sin causar daño al entorno ecológico, se legitimaría la posibilidad de la minería de cielos abiertos, y eso es inaceptable, pues.
Regresemos a los trastos de barro, mandemos al carajo el aluminio. Maldigamos al hierro, durmamos en camas de piedra y que nadie ose andar en vehículos que no sean de plástico. Y también tiremos los billetes y volvamos a comerciar con cacao.
alfredkalt@gmail.com
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