Guatemala, 23 de abril de 2009
Opine acerca de una investigación que encontró que presidente Álvaro Colom es uno de los mejor pagados de América, solo detrás del de EE. UU.
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PERSISTENCIAEl crimen de monseñorMargarita Carrera

PERSPECTIVASAlcances del acuerdoRenzo Lautaro Rosal

INDEPENDENCIABuena intenciónJuan Callejas Vargas

ALEPHUna reforma con olor a naftalina (2)Carolina Escobar Sarti

REFLEXIONESRacismo y discriminaciónFrank La Rue Lewy

IDEASJorge Jacobs A.Yo, Beretta
Mi vida inició en la fábrica Beretta, en una bella región montañosa del norte de Italia, cerca de Brescia y Milán. Tengo amantes, fanáticos y detractores. Enemigos. Algunas de mis hermanas y primas han salvado muchas vidas, y otras, terminado con ellas. A todas, más de alguna vez nos entra el dilema de si somos nosotras las culpables de tanta desgracia en la humanidad. ¿Se acabarían las muertes violentas si todas nosotras decidiéramos autoinmolarnos y se acabaran las armas en el mundo?
Si alguna de nosotras pudiera tener la respuesta a tal pregunta, debería ser alguna mi pariente cercana, ya que venimos de la empresa con más tradición en el mundo, luego de casi 500 años de operación ininterrumpida, desde que don Bartolomeo empezó a vender armas a ejércitos.
Luego de indagar un poco en la historia, comprendí que esta barbarie de la humanidad empezó mucho antes de que nosotras existiéramos. Miles de años antes, ya los seres humanos se mataban entre sí. No existían pistolas con la gran tecnología que nosotras ahora tenemos, y ya se mataban. Primero utilizaron piedras y palos; luego, arcos y flechas; luego, espadas y lanzas. La tecnología fue cambiando, y las armas se volvieron más sofisticadas; lo único que se mantuvo constante fue la humanidad (aunque ellos también dicen que han avanzado).
En mi propia familia, a muchas de mis parientes las utilizan actualmente las policías y los ejércitos de muchos países, para velar porque se viva civilizadamente y evitar crímenes. Ellas están felices y orgullosas de la labor para la cual las utilizan.
A la gran mayoría de mis familiares la utilizan principalmente para usos deportivos. De hecho, parientes mías han estado en casi todas las entregas de medallas olímpicas de los últimos 50 años. Ellas también viven felices y orgullosas.
Pero, por otro lado, también tengo muchas parientes a quienes utilizan para cometer crímenes, robar, secuestrar y matar a personas. Ellas no están muy felices ni orgullosas de ello, pero me dicen: ¿y yo qué puedo hacer?
Mi propia historia es muy ilustrativa de esto. De la fábrica me enviaron a Guatemala. Allí me compró mi amo, a quien le guardo mucho aprecio. Me llevaba a todas partes. Era una persona muy correcta, honrada y trabajadora. Conforme fue teniendo éxito, se volvió una potencial víctima de los criminales, y de allí fue que tomó la decisión de armarse.
Recuerdo bien aquel trágico día. Una banda de secuestradores intentó llevarse al hijo menor de mi amo. Éste lo defendió tan bien, que hirió a un par de secuestradores. Lamentablemente, en el intercambio, mi amo quedó herido de muerte. Salvó a su hijo, pero a un gran costo: su vida. A mí me llevaron como evidencia.
Estuve un tiempo en algún depósito, pero pronto un policía me sacó y me vendió a unos delincuentes. Así empezó mi vida del otro lado de la ley. Me utilizaron para varios robos y secuestros, hasta que un día, huyendo de la Policía, me tiraron a un río, en cuyo fondo estoy ahora, esperando que alguien me encuentre.
He tenido mucho tiempo para reflexionar sobre mi vida, la de mis congéneres y esa relación de amor/odio que tenemos con la humanidad. A la conclusión que he llegado es que para ellos simplemente somos una herramienta. Unos nos usan para bien, otros para mal. Pero aún si nosotras desapareciésemos de la faz de la tierra, los humanos encontrarían la forma de seguirse matando entre ellos. No, el problema no somos nosotras.
jjacobs@libertopolis.com
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